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Emprendedores

Xabier Pelegrín, el retorno con voz propia del aprendiz de joyero

Este pamplonés de 31 años se instala por su cuenta como diseñador de joyas minimalista

Xabier Pelegrín, en el taller de joyería trabajando en uno de los anillos de su colección.
Xabier Pelegrín, en el taller de joyería trabajando en uno de los anillos de su colección.
Actualizada 31/05/2018 a las 17:05

Nació predestinado. Hijo del joyero pamplonés homónimo que en 2014 aceptó el encargo de dar forma a la última mitra de San Fermín. Fue su padre, quien le animó al oficio abriéndole un verano el taller de su joyería en Iturrama. Le bastó pisar el sancta sanctorum del joyero para cursar un Grado Superior en Joyería, en la politécnica de Easo. Pero “un título no da un oficio”. Y él ansiaba aprenderlo todo de esa profesión milenaria. Su primer “maestro” fue el padre. Ocho años estuvo de “aprendiz” como orfebre en su taller. Le enseñó todo lo que sabía. Pero el hijo quería buscar más. Conocer qué se hacía fuera de aquí: qué tendencias, qué otras formas de trabajar.


Sabía por dónde empezar. Dos años atrás, visitó a un amigo en Edimburgo (Escocia) y descubrió una ciudad “bonita, donde se vivía bien y llena de oportunidades”, en cuya escuela de arte se impartía este arte. Repasó su inglés y el 15 de junio de 2014 aterrizó en la capital escocesa, con una maleta; un book cargado de diseños y una gran dosis de ilusión. “Fueron semanas de búsqueda; paseos infinitos bajo la lluvia: joyerías, escaparates y muchos ‘no, gracias”.


Mientras, sobrevivía a ese verano escocés con los ahorros y fregando platos en el Ryan’s Bar. “Insistía porque tenía la sensación de que habría un ‘sí’, algún joyero que me estaba esperando” relata. “Muchos joyeros de Edimburgo me invitaban a probar en Glasgow, una ciudad financiera, más poblada, más moderna”.


Un día cogió el tren y retomó allí el reparto de currículos. Era final de agosto. Ya tenía el billete de vuelta a Pamplona comprado cuando un joyero de Glasgow le dijo que, no entonces, pero que en octubre necesitaría un ayudante. Era Kevan Scott, joyero desde 1985, y establecido por su cuenta desde 1999. Se convirtió en su segundo maestro. “Estaba especializado en joyería de diseño. Incluso tenía dos diseñadoras trabajando para él”. Se le considera uno de los fabricantes de joyas más creativos e innovadores de Escocia, cuyo diseño ha sido premiado en varias ocasiones por la industria de bodas escocesa.


Fue mi mentor. Mi inspiración”, precisa. “Yo trabajaba en el taller, como orfebre. Durante año y medio aprendí nuevas técnicas y conocí nuevos materiales: los toqué, lo trabajé, los transformé. También me enseñó a engastar piedras”.


En este punto del relato, Xabier Pelegrín hace una acotación. “No todos los joyeros son orfebres, ni todos los orfebres son engastadores, aunque todos los engastadores y los orfebres son joyeros”. Tampoco todos los joyeros son diseñadores. Simplificando, el joyero vende joyas; el diseñador las crea; el orfebre trabaja los metales (oro y plata) y el engastador monta la gema o la perla en la pieza con su propio metal”.


Cuando se sintió más hecho como joyero, y capaz de diseñar, regresó a Pamplona y inició los trámites para instalarse por su cuenta. Tenía el colchón del negocio paterno. Pero el quería “algo propio”. Emprender, no estar bajo cobijo del padre. “Demostrar que vales”.

 

REGRESO Y APUESTA PERSONAL


El joyero que volvió “no tenía nada que ver” con el que se fue, relata, en lo que parece un remedo de El Médico, el best seller de Noah Gordon publicado en 1986, cuando él ni había nacido. Ir en pos del conocimiento ahí donde estuviera para regresar al lugar de origen y aplicarlo. Define su estilo como “joyería minimalista”. Una tendencia más “fresca y sencilla” para mujeres jóvenes “que quieren ver algo ligero y distinto a los anillos y pendientes que han visto a su madre o su abuela en los últimos 20 años”. Pero “no algo que haya inventado yo”, precisa enseguida. “Se podría decir que lo he traído a Pamplona. El sector aquí es de joyero más clásico”.


Explica que sus colecciones “resultan más asequibles” que otras joyas (el precio oscila “entre los 23€ y los 200€” cada una) “al ser piezas más ligeras y en oro de 9 quilates” cuando lo habitual es usar 18. Este mayor nivel de pureza lo reserva para “encargos” como alianzas y anillos de compromiso. Es decir, cuando se trata de tallar “piezas únicas” de diseño exclusivo . Aunque también ofrece la opción de recuperar y transformar joyas heredadas “fundiéndolas para crear algo nuevo”, reconoce.


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