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Investigan en Navarra cómo engordar cultivos de algas para producir biodiésel

Los centros tecnológicos CENER y AIN en Navarra participan en un proyecto de investigación de la UE entre regiones limítrofes

LG'  EN EL LABORATORIO DE CENER EN AOIZ.  El proyecto transfronterizo Ciclalg, financiado con fondos de la Unión Europea, implica a investigadores de Navarra, País Vasco, y la región francesa de Aquitania. La aportación navarra procede de la ingeniería de AIN y el laboratorio de biomasa del CENER en Aoiz. De izquierda a derecha, son José Luis Zabaleta Navarro (químico, de Tudela, 50 años) gestor de proyectos de ingeniería en AIN; David Sánchez González (ingeniero agrónomo, 44 años, natural de Zaragoza y vecino de Iragi) es jefe del Servicio de Biomasa de CENER. Detrás, los trabajadores del laboratorio de Aoiz: Íñigo Apezetxea Iparagirre, técnico de ensayos (31 años, natural de Arantza y residente en Aoiz); Mercedes Munárriz San Nicolás (41 años, pamplonesa, bióloga y responsable del proyecto en Aoiz). En el grupo de la derecha, Aitor Rubio Idiazabal (técnico de ensayos, de Sangüesa, 38 años); Sergio Marín Tejada (técnico de laboratorio, Marcilla, 30 años) y Eduardo Otazu Vidart (pamplonés, 46 años, ingeniero agrónomo).

EL EQUIPO NAVARRO DEL PROYECTO 'CICLALG' EN EL LABORATORIO DE CENER EN AOIZ. El proyecto transfronterizo Ciclalg, financiado con fondos de la Unión Europea, implica a investigadores de Navarra, País Vasco, y la región francesa de Aquitania. La aportación navarra procede de la ingeniería de AIN y el laboratorio de biomasa del CENER en Aoiz. De izquierda a derecha, son José Luis Zabaleta Navarro (químico, de Tudela, 50 años) gestor de proyectos de ingeniería en AIN; David Sánchez González (ingeniero agrónomo, 44 años, natural de Zaragoza y vecino de Iragi) es jefe del Servicio de Biomasa de CENER. Detrás, los trabajadores del laboratorio de Aoiz: Íñigo Apezetxea Iparagirre, técnico de ensayos (31 años, natural de Arantza y residente en Aoiz); Mercedes Munárriz San Nicolás (41 años, pamplonesa, bióloga y responsable del proyecto en Aoiz). En el grupo de la derecha, Aitor Rubio Idiazabal (técnico de ensayos, de Sangüesa, 38 años); Sergio Marín Tejada (técnico de laboratorio, Marcilla, 30 años) y Eduardo Otazu Vidart (pamplonés, 46 años, ingeniero agrónomo).

Actualizada 24/01/2018 a las 13:29

Una cepa de clorera (un tipo de microalga) en una placa de laboratorio y un protocolo para hacerla crecer de forma que produzca, sobre todo, lípidos (grasas). Es lo que recibió, pasado el verano de 2016, el laboratorio que el Centro Nacional de Energías Renovables (CENER) tiene en Aoiz. Procedía del instituto vasco de innovación y desarrollo agrario Neiker, donde habían seleccionado previamente esa microalga.

 

Neiker es el socio líder del proyecto Ciclalg, un proyecto de investigación europeo que pretende demostrar la viabilidad de fabricar combustible de origen renovable -biodiésel- a partir de microalgas. El Ciclalg es uno de los proyectos acogidos dentro del programa europeo de cooperación territorial Poctefa (sucesor del Interreg).

 

El Poctefa financia a cada socio el 65% de la inversión con sus cuantiosos fondos de apoyo a la investigación para el periodo 2014-2020: 71 millones de euros para 62 proyectos. Lo gestiona la Comunidad de Trabajo de los Pirineos, un órgano que agrupa a las regiones francesas de Aquitaine, Midi-Pyrénées y Languedoc-Roussillon, las comunidades autónomas españolas de Cataluña, Aragón, Navarra y Euskadi, y el Principado de Andorra. Y busca implicar a centros de investigación, instituciones y asociaciones estas regiones fronterizas en el desarrollo de proyectos conjuntos innovadores y sostenibles en sus respectivos territorios.

 

Además de CENER y Neiker, en el proyecto Ciclalg hay otros cuatro socios implicados: el centro agrotecnológico Catar-Critt de Toulouse; la agencia medioambiental de Aquitania; el centro de I+D privado Tecnalia, en Derio (Vizcaya) y la Asociación de la Industria Navarra (AIN) en Cordovilla. Con un presupuesto de 1,4 millones de euros, que aportan los socios, la investigación se extiende desde junio de 2016 a junio de 2019, y la Unión Europea les subvenciona 920.173€ en ayudas a través de sus fondos para el desarrollo.

 

Investigan en Navarra cómo engordar cultivos de algas para producir biodiésel

ACEITE COMO LA ACEITUNA

La participación de CENER es clave. Es el único laboratorio en España y uno de los pocos de Europa que puede hacer el ‘escalado’ del cultivo. Se dedica a ‘engordar’ el microorganismo a base de aportes de glucosa sintética y de sucesivos trasvases a un recipiente cada vez mayor en lo que se llama ‘un tren de inóculos’. Así, de una placa que cabe en la palma de una mano, recrecen el alga hasta llenar un matraz. De la botella lo ‘escalan’ hasta llenar un reactor con hasta 5 litros de capacidad. Y desde ahí, a otro de 100 litros. Este último ‘engorde’ lo ensayarán a partir de enero, culminando así lo que se llama la prueba piloto de laboratorio.

 

Hasta ahora, de los cultivos preliminares, y una vez centrifugada la biomasa de alga resultante, CENER ha obtenido 12 kilos de biomasa húmeda de alga. Visualmente, una pasta de textura y color similar a la margarina. Se la remitieron al socio francés Catar-Critt, quien se encargó de extraer el aceite -1,7 kilos de lípidos- y devolvérselo al CENER para que destile el biodiésel como haría una biorrefinería cualquiera. CENER mandó analizar luego ese biodiésel a una ingeniería especializada en renovables, con sede en Navarra: Solartia. El biodiésel de microalga resulta producto extremadamente bueno para este sector, les dijeron. En cambio, la industria cosmética se lo rifa.

 

“Después de años oyendo hablar de las microalgas y nosotros investigando con ellas desde 2008 y 2009, recibir este encargo y sacar aceite a nivel de kilos de microalgas, cuando antes nadie te daba ni esto (hace pinza con los dedos índice y pulgar) es una pasada. Nunca antes se había producido”, afirma orgullosa Mercedes Munárriz, técnica de CENER responsable del proyecto Ciclalg en Aoiz. “En términos de biomasa seca, que es como se mide el rendimiento, que el 50% de la alga sea lípidos es hablar de la productividad de una aceituna”, compara.

 

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LA DIMENSIÓN INDUSTRIAL

Pero el proyecto no se acaba aquí. Más tarde, finalizada la prueba piloto, CENER procederá a ensayar el cultivo de la microalga a escala industrial, en un fermentador de un metro cúbico: 1.000 litros de capacidad. En esta fase del proyecto se hacen cálculos propios de un proceso productivo: consumo energético, rendimientos, etc. En definitiva, se trata de ver “si salen los números” para fabricarlo.


El de metro cúbico es el más pequeño de los tres fermentadores de biomasa de que dispone el laboratorio de Aoiz para hacer demostraciones a nivel industrial. Alineados como muchas rusas, al de 1.000 litros, le siguen otros dos depósitos para 3.000 y de 6.000 litros de capacidad, respectivamente. “Igual que hemos hecho para Neiker, hay otras empresas privadas o spinf-off de universidades que han identificado microorganismos que pueden dar bioproductos de interés. Pero, una vez saben cómo cultivarlos, necesitan hacerlos crecer a una escala mayor para verificar que es viable y hacer un plan económico sustentado en datos más reales. Nosotros hacemos ese escalado, no solo con proyectos subvencionados, sino también con clientes particulares”, aprovecha David Sánchez, jefe de biomasa de CENER, para promocionar los servicios del laboratorio.

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ECONOMÍA CIRCULAR

El otro socio navarro del proyecto, la AIN, entra en juego en esta fase preindustrial, dando ese enfoque de economía circular que reviste todo el proyecto. “La idea es dar salida a todos los residuos de esta biomasa de alga como materia prima del biodiésel y otros procesos”, explica José Luis Zabaleta, técnico de la AIN en el proyecto. “De la biomasa de alga se puede extraer lípidos, que Catar extrae para el aceite para biocombustibles. Pero también proteína y azúcar para bioproductos. Neiker se encargará de la hidrólisis de ambos procesos”, explica. El papel de esta asociación privada navarra es buscar empresas reales que puedan adoptar estas posibles aplicaciones convirtiéndose en suministradores, productores o clientes cuando el proceso se transfiera a la industria. “Por ejemplo, usar la glicerina como adhesivo para suela de calzados, papel que recae en Tecnalia, o la parte proteica como pienso para peces, o fertilizantes, o biomoléculas para cosmética”.

 

De hecho, prevén convertir en circular hasta el propio ‘engorde’ de la microalga alimentándola, en lugar de con glucosa sintética, con residuos procedentes de la industria alimentaria, ricos en azúcares. En concreto, la asociación aquitana estudia hacerlo con residuos de ciruelas, abundantes en su zona. Barajan, incluso, la reutilización de la propia biomasa del alga desengrasa (residuo tras la extracción de aceite) como nutriente de futuras microalgas.


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