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Dos jóvenes de Lesaka toman el relevo en la veterinaria de Santesteban
Cuarenta años de dedicación al cuidado de los animales dan cuenta de la trayectoria de Juan Ramón Ostiz y su mujer, Rosa Gartxitorena. Se retiran con la doble satisfacción del deber cumplido y la sucesión asegurada


Publicado el 03/05/2026 a las 05:00
De pequeño, entre habilidades para ocultarse en el juego del escondite y la diversión en otra suerte de entretenimientos, Juan Ramón Ostiz Apezteguía reaccionaba con emoción cada vez se producía un parto de un animal. “Era lo que se hacía de niño en el pueblo”, se justifica.
De algún modo, el decorado eminentemente rural que envolvía a Santesteban incorporaba, de alguna manera, ofrecía no pocos motivos de asombro a la población infantil, con un mundo por delante por descubrir. Ahí, en ese contexto, empezó a labrarse la afición, convertida después en vocación, del que hasta el 1 de abril ha sido veterinario en la localidad de Malerreka.
A sus 64 años de edad y acompañado también en el merecido descanso de la jubilación de su mujer, Rosa Gartxitorena Etxeberria, nacida hace 65 en Berroeta y férrea colaboradora en su desempeño, pone punto final a cuatro décadas de servicio. Con tal dilatada experiencia, más allá de ser rostro conocido en un área de cobertura que se extiende a puntos de Baztan-Bidasoa, sus estudios en Zaragoza para ejercer en un primer momento veterinaria con animales de granja en Tafalla, Sangüesa y Santacara.
En cierto modo, aquel sueño de la infancia, alimentado con la curiosidad de la inocencia, comenzaba a revelarse. Lo mejor llegaría con el regreso a Santesteban por el hilo sólido que entretejen las amistades conservadas. En esto fue que un colega de profesión, con el que realizó sus prácticas en su época de estudiante, le confesó su retiro inminente y la vacante en un entorno que para él era más que conocido.
El cambio de aires, de la Zona Media al norte conocido, llegó en 1987. Eso sí, enfocados sus conocimientos a la ganadería. “Había mucha vaca de leche en la zona. En todas las casas habría unas diez. En Santesteban, el ambiente era claramente ganadero”. Y claro está, en aquel contexto era imposible que Juan Ramón no cayese rendido por la coincidencia de expectativas infantiles y preparación oportuna.
He de aquí que, al año, optó por abrir una clínica veterinaria, embrión del hoy Centro Técnico Veterinario Albaiteru. Habla en plural de aquella primera iniciativa para compartir el protagonismo con la que acabó siendo su mujer. La primera sede fue un local “al lado de la iglesia”. Fue “una consulta de pequeños animales y además una pequeña comercial veterinaria”.
UN MICROSCOPIO
Como todo profesional de copiosa experiencia, el matrimonio formado por Juan Ramón Ostiz y Rosa Gartxitorena es testigo privilegiado de la evolución que se ha dado en la sociedad a partir de los cambios obrados en su especialidad en particular. El giro progresivo del perfil de los destinarios de su atención, con un aumento paulatino de animales de compañía y un descenso de la ganadería acorde con el reajuste del sector, ha jalonado su trayectoria.
En los comienzos, “la ganadería estaba fuerte y había pocos animales pequeños” o, lo que es lo mismo, mascotas. La actualidad dibuja una proporción opuesta. La progresión en los cuarenta años transcurridos es tan obvia que lo que en un primer momento fue “un microscopio y una mesa”, como recursos de investigación existentes, hoy son una vasta disponibilidad de medios tecnológicos al servicio del cuidado y la sanación de la fauna doméstica, principalmente.
En cuestión de adelantos, imposible imaginar hoy día llevar a cabo cualquier gestión sin el soporte de los móviles. E incluso, cuando el teléfono fijo no estaba tan extendido, los ganaderos se servían de un medio rudimentario, a la par que práctico, en el código del entendimiento con el veterinario.
“Llamaban por teléfono pero para que se supiese el caserío exacto donde debía detenerse el veterinario, colocaban en el camino un saco o una bolsa encima de un palo”. En ocasiones, el veterinario llegaba antes del demandante de sus servicios que había tenido que desplazarse hasta un punto alejado de su casa para hacer la llamada telefónica. En el anecdotario de una prolija dedicación hay capítulos de los más curiosos. “En pleno invierno, muchas veces me tocaba sacar la matriz a las vacas. Cuando llovía, acabábamos chipiados. Llegaba a casa temblando”, evoca Ostiz. Y cuando había batidas de jabalíes, no eran pocas las heridas de perros que precisaban más que una cura.
El veterano veterinario como su mujer se van “contentos” por haber sido útil su labor y por hallar relevo en una prestación necesaria. “Naia Mitxelena hizo prácticas conmigo mientras estudiaba”, observa él. “Siempre hemos tenido buena relación y ella y su pareja nos nos comentaron la posibilidad de seguir con la clínica”. El acuerdo del traspaso supuso un alivio a su temor de cierre por las consecuencias para tantas personas en un radio de acción cercano. De esa manera, evitan desplazarse a Pamplona o San Sebastián. Los nuevos rostros de Albaiteru son Naia Mitxelena Mitxelena y Jon Ubiria Sarasola, lesakarras de 28 y 29 años, respectivamente. Un periplo por Dublín, Alicante y San Sebastián marca su experiencia. “Estamos contentos”, como sus predecesores y su clientela.
