Sakana

Madera de aizkolaris: escuela de aprendices del hacha

Tres generaciones en Etxarri Aranatz transmiten su pasión por la aizkora en una escuela popular donde lo más importante no es competir, sino mantener viva la afición

De izquierda a derecha, Eneas Aristizabal Iriarte, Aritz Oiarbide Erdozia, Aitor Arrondarrena Erdozia, Urko Oiarbide Erdozia, Amets Aristizabal Vicente, Ekai Erdozia González, Iraide Bergara Mundiñano, Juanito Erdozia Mauleon, Oier Miguel Goñi, Enaitz Uria Lobato, Urjo Zufiaurre De la Vega, Aratz Belsa Serrano y Oier Mendinueta Razkinie.
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De izquierda a derecha, Eneas Aristizabal Iriarte, Aritz Oiarbide Erdozia, Aitor Arrondarrena Erdozia, Urko Oiarbide Erdozia, Amets Aristizabal Vicente, Ekai Erdozia González, Iraide Bergara Mundiñano, Juanito Erdozia Mauleon, Oier Miguel Goñi, Enaitz Uria Lobato, Urjo Zufiaurre De la Vega, Aratz Belsa Serrano y Oier Mendinueta Razkinie.
De izquierda a derecha, Eneas Aristizabal Iriarte, Aritz Oiarbide Erdozia, Aitor Arrondarrena Erdozia, Urko Oiarbide Erdozia, Amets Aristizabal Vicente, Ekai Erdozia González, Iraide Bergara Mundiñano, Juanito Erdozia Mauleon, Oier Miguel Goñi, Enaitz Uria Lobato, Urjo Zufiaurre De la Vega, Aratz Belsa Serrano y Oier Mendinueta Razkinie.

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Leyre Mateos

Publicado el 07/05/2025 a las 12:25

Cada lunes y jueves por la tarde, en un pabellón de Etxarri Aranatz, el sonido de la madera al quebrarse llena el espacio. No es un frontón ni un gimnasio, pero desde hace unos doce años es el lugar donde se reúne la Escuela de Aizkora, organizada por la Mancomunidad de Sakana. En torno a 15 o 18 jóvenes, a partir de los 10 años, acuden cada curso a este punto de encuentro entre generaciones.

Quien puso en marcha este proyecto en Etxarri Aranatz fue Juanito Erdozia Mauleon, aizkolari retirado, que decidió arrancar la escuela al jubilarse. “Antes me llamaron para ir con Nazabal a Arbizu, pero no tenía tiempo. Cuando me jubilé dije: pues ahora sí, voy a empezar”, recuerda. Y así fue como dio uso a su propio pabellón, con ayuda de su hijo y sus nietos: “La aizkora la habíamos aprendido desde siempre, desde jóvenes trabajábamos. Luego lo dejó el padre de Nazabal, y me dio pena, así que empecé yo”.

Hoy, con 82 años, sigue cortando madera. “Le doy mucha importancia a que esto tenga continuidad. Si se pierde, me daría pena”, afirma.

Su hijo Juanjo Erdozia Ulayar es ahora el principal responsable de la escuela. También él ha competido desde joven, aunque empezó montando en bicicleta. “Mi abuelo y mi padre eran aizkolaris. Aquí, en Etxarri y alrededores, había bastante afición. El padre de Nazabal, otros más… De ahí nos viene todo esto”, explica. En su caso, dejó la bici y se lo tomó más en serio con el hacha.

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Tres generaciones transmiten su pasión por la aizkora en una escuela popular donde lo más importante no es competir, sino mantener viva la afición

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La escuela no está pensada para formar campeones, sino para iniciar en la afición: “Esto es una iniciación, no es para venir a entrenar. El que se federa y va a campeonatos ya tiene que entrenar por su cuenta”, aclara Juanjo. Por eso, lo primero que enseñan es el cuidado. “Algunos ya se les ve maneras, pero a todos hay que enseñarles los cuidados. Primero hacen gimnasia, y poco a poco les vas corrigiendo el corte”, dice. Porque trabajar con un hacha tiene su peligro: “Hay que estar pendientes”, advierte. 

La parte práctica también exige mucho fuera de las clases. “No sé cuántas hayas se han marcado este año, pero en torno a 6 u 8 árboles. Es costoso. Hay que comprar madera, que no sea de primera porque cuesta mucho dinero. Prepararla, cuidarla para que no se qué… Hace falta mucha afición”, detalla. Y todo ese trabajo lo hacen en familia: “Mis hijos también han dejado la bici y están aquí. Ayudan mucho al abuelo, y el abuelo a ellos. Si no, solos no sé si lo harían”, cuenta Juanjo.

Aritz Oiarbide Erdozia, de 20 años, es uno de esos nietos que han tomado el relevo: “El abuelo primero, luego el tío… A mí también me gusta, así que a seguir. Tenemos todas las facilidades, así que hay que aprovecharlas”. Cada tarde, después de trabajar, se acerca al pabellón: “El abuelo solo no puede. Él prepara todo, nosotros llegamos ahora de trabajar y venimos una hora a ayudarle, y a gusto. Verle contento haciendo lo que le gusta, pues nosotros también”.

Este año había plazas para 12 personas, pero se han apuntado 15. “Gente hay a la que le gusta. Lo difícil es luego seguir. Hace falta material, preparárselo… Es difícil. Pero si aprenden un poco y luego les gusta, pueden continuar”, señala Artiz. Él mismo lo tiene claro: “Me gustaría seguir. Luego no sé si tendremos ganas o no, pero la intención ahora es seguir”.

En ese relevo está el sentido de todo. No se trata de títulos, ni de dinero. Se trata de pasión, de comunidad y de mantener viva una tradición que, hachazo a hachazo, sigue encontrando eco en los más jóvenes.

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