Joxepita Sasturáin Alberro, maestra 40 años en Basaburua.
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Joxepita Sasturáin Alberro, maestra 40 años en Basaburua.

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El refugio de la maestra de Jauntsarats

Joxepita Sasturáin Alberro fue maestra 40 años en el valle de Basaburua y se crió en la tienda bar del pueblo

Pilar Fernández Larrea

Publicado el 13/02/2022 a las 06:00

Hilvana frases de las de guardar. Una detrás de otra. Teje con mimo la memoria de una vida que comenzó en julio de 1934 en la casa Sarasola. Se crió en la del Chocolatero, en Jauntsarats, valle de Basaburua. Allí ha vivido siempre, maestra 40 años en la escuela del pueblo. “Entonces a los maestros los llamaban de don y a las maestras señoritas, pero yo siempre fui Joxepita. No sé...”, concede el relato de 87 años en la residencia Santa Teresa Jornet de Gerendiain, en Ultzama, su casa desde 2019. “Un refugio de mayores”, describe agradecida.

Joxepita Sasturáin Alberro fue la pequeña de cinco hermanos. Aún no había cumplido dos años cuando murió su madre. “Entonces se hacía pan en las casas y a los niños, opilles. Todas las mujeres de Jauntsarats me daban, con qué cariño me guardaban. Éramos cuatro amigas de la edad y alguna a veces preguntaba a ver por qué a mí. “Ella no tiene madre”, respondían y yo me sentía arropada por esas personas que siempre cocinaban un plato de más “por si llegaba algún pobre al pueblo”, recuerda los años en que fue a la escuela a Ihaben. Luego siete años interna en las Teresianas de Pamplona para estudiar Bachiller y Magisterio: “Trabajé un año en Aizarotz, otro en Lizarraga de Ergoiena y el resto en Jauntsarats”. Guarda recuerdos amables de los escolares, “que se mostraban tal como eran, las niñas más dispuestas a estudiar que los niños”, apunta que algunas son médicas, enfermeras, maestras o delineantes. Mantiene el vínculo con muchas familias. “Di clase a los padres y luego a los hijos” e incluso en la residencia de Gerendiain se ha encontrado con trabajadoras que fueron alumnas.

El abuelo era cerero y el padre regentó la tienda del pueblo, donde se vendía de todo: lo mismo calzado que pucheros o comida. Era también bar y punto de encuentro del valle. Siguió tras el mostrador la hermana mayor, Benita, y en las labores de casa, Paquita. “Las tres solteras vivimos 80 años juntas, hasta que murió Paquita. Benita, ahora con 98 años, está conmigo, seguimos unidas”, se dice contenta, aunque llegó “entristecida” por dejar la casa y el paisaje, los montes que le arrullaron desde niña. Cree que fue la decisión correcta. “Yo conducía y un día en una de tantas curvas pensé ¿Y si un día mato a alguien? No me veía con las facultades de antes y preferí dejarlo”, explica que cerró una etapa para abrir otra. La pandemia ha desdibujado algo las rutinas, pero tienen espacio para un envejecimiento activo. Ella colabora en la portería, procura pasear y disfruta en las conversaciones con tantas personas. “Me gusta mucho el trato con la gente, no sabes qué bien me ha venido, y en casa estábamos acostumbradas a trabajar, prefiero hacer algo”, rescata “ahora que se habla de que no hay bancos en los pueblos”, cuando ella llevaba las cuentas de Beruete, de los cazadores, los talonarios de la Caja de Ahorros de Iraizotz y de la Vasconia en Irurtzun, y atendían las vacas en la cuadra “y no daba apuro”. Eran en Jauntsarats unas 50 personas, había médico, tienda y posada.

“Yo ya estoy conforme porque he tenido suerte y al final de la vida me encuentro en un sitio agradable en el trato, la comida, la limpieza y las misas, alimento para el alma, que para las mujeres de aquí, y muchos hombres, es muy importante”, resume en la residencia Santa Teresa Jornet.

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