Solidaridad
La batalla de Santesteban
Más un centenar de voluntarios se unieron en las tareas de limpieza


Actualizado el 12/12/2021 a las 10:26
En una escala de su recorrido por Santesteban, con carteles anunciadores de la prohibición de consumo de agua tras el aguacero de los días previos, la concejala Itziar Irigoien compartió una reflexión que daba claridad al día después de la tempestad. Ante la adversidad, “la gente saca lo mejor que tiene”. La respuesta empática ante la necesidad de damnificados, que los hubo después de una noche para olvidar con locales y portales anegados, se convirtió en la movilización de un contingente de voluntarios. Una ola de solidaridad rompió en las márgenes del Ezkurra y Bidasoa. Escobones y palas en mano, algunos de los cuales fueron necesarios adquirir ayer mismo por la mañana, dotaron al dispositivo de generosidad de capacidad para plantar cara al enemigo común que osó empañar el paisaje donde se libran las batallas de cada día.
A las nueve de la mañana, más de medio centenar de vecinos acudió a la convocatoria de la plaza de la biblioteca realizada en la víspera por el Ayuntamiento. El formato de auzolan, que se prodiga en pueblos del norte, tuvo un efecto llamada en particulares que de forma paulatina se fueron sumando al grupo. Otros lo hicieron a iniciativa propia, por la fuerza de la vecindad que asoma cada vez que hay una desgracia próxima. Sin caer en la desmesura, la reacción vecinal, más que ejemplarizante, accionó una ola solidaria en calles y bienes privados afectados con más de centenar de voluntarios.
Joseba Legarra Erasun, maestro de 38 años en el pueblo, fue de la partida que tiró de escobón y pala. El agua fue clemente con él, que reside en el barrio de Zazpigurutze, y no hubo de lamentar daños en sus pertenencias. “En lo que se pueda echar una mano, ahí se está”. Su opinión cundió en la buena voluntad de jóvenes, como Jon Seis Osinaga, de 27 años de edad, que dio razón de su presencia con una simple y sencilla explicación de orgullo y pertenencia local. “Somos de aquí. En nuestra casa no ha habido problemas, pero en la de al lado sí”.
EL APURO DEL JUEVES
La de ayer fue para él una jornada de exigencia física. Por la mañana se unió al plantel de voluntarios que limpió calles y auxilió a los damnificados en la recuperación del estado de sus propiedades. De tarde estaba convocado para defender los colores del Doneztebe en su duelo de fútbol con el Artajonés. Sus compañeros de equipo, como él, advirtieron el jueves por la noche, a la conclusión del último entrenamiento, del descenso furioso de los ríos que amenazaban, como sucedió, con cercar la villa de Malerreka. Los jugadores que debían regresar a Pamplona para al día siguiente incorporarse a sus puestos de trabajo, como es su caso, tuvieron su dificultad por superar el cerco creciente de la riada. Salvaron el escollo, pero su intuición les hacía presuponer una vigilia prolongada para sus vecinos. La realidad confirmó sus premociones.
Azuzados por la inclemencia del cielo, el Bidasoa y el Ezkurra ensancharon sus dominios hasta someter las calles del Mercado, parte de Mayor, la avenida Mourgues y la calle Rosa Seminario. El descenso de nivel sembró sus trazados de una lámina rugosa de tierra y agua. A escasos metros de donde Jon Sein libraba ayer su particular batalla sobre el barrizal formado, adultos y jóvenes prestaban sus manos para poner a buen recaudo el material humedecido del que fuera bar Ibaiondo. Su denominación (Junto al río) no dejaba duda a su ubicación. Expuesto a los azotes del Ezkurra cada vez que se encrispaba, la inundación del viernes no fue ninguna novedad en un establecimiento histórico que de un tiempo a esta parte está preparado “más bien como un txoko”, como observaba la hija del matrimonio que regentaba el local, Ana Juanena Mindegia. En esta ocasión, entró del orden de 20 centímetros de agua, los suficientes para embarrar las estancias. La familia propietaria, que halló una pronta ayuda a sus necesidades en la respuesta de vecinos, tuvo palabras de agradecimiento al apoyo recibido. “¿Oye, qué hace falta?”, fue la interpelación que escucharon sus miembros en forma de ofrecimiento desinteresado. “No había entrado tanta agua desde que se encauzó el río. Antes, la pared de atrás del bar marcaba el límite del río”, rememoraba la hija.
AYUDA DESDE ZUBIETA
En otro establecimiento de hostelería, el restaurante Santamaría, una brigada de una decena de empleados de Construcciones Malerreka reponía fuerzas tras una jornada que, para algunos de sus miembros, fue continua sin apenas descanso desde la descarga impetuosa de lluvia. “Estamos sin dormir”, observaba Patxi Mariezcurrena Murgia con el humor bien condimentado de la camaradería de los compañeros de fatigas.


El paréntesis del avituallamiento, más que merecido, sirvió para recordar el apoyo ofrecido por Construcciones Mariezcurrena, cuyo personal se empeñó a fondo en la limpieza de los pabellones para ponerse a disposición de la localidad con su voluntad y material necesario. En distintos puntos del núcleo urbano había autobombas y generadores que habían sido colocados bajo su atención y pericia para achicar agua acumulada en cantidad en bajeras y establecimientos dañados. “Hoy estamos diez trabajando, pero ayer estuvimos otros diez”, fue la contribución de la constructora local a la corriente solidaria que activó Santesteban el viernes por la tarde y que ayer tuvo una réplica encomiable.
En la cocina, como en la parte posterior del restaurante Santamaría, continuaban las labores de limpieza y retirada de enseres y recipientes perdidos o recubiertos de barro. En dos de los comedores de la planta una franja de distinto tono, de 30 centímetros de altura aproximadamente, delataba el alcance del daño. Por una escalera, personal y voluntarios retiraban material de la planta inferior, que quedó oculta bajo un denso volumen de agua. “Aquí el agua llega por el Ezkurra, pero también viene del Baztan”, apuntaba el titular, que prefería escudarse en el anonimato y confiar en su hijo, José Gabriel Apeztegia Loiarte, las funciones de portavoz ante la opinión pública. “Sin la ayuda de la gente no habría posible tener retirado el agua ayer (por el viernes) a las dos y media de la tarde”, observaba este último junto a un contenedor con el depósito de enseres deteriorados.
Su padre puso en énfasis la ayuda recibida, con acento especial a la obtenida por “familiares de mi mujer, que son de Zubieta. A las ocho de la mañana ya estaban aquí”. Si no hubiese contratiempo que frustrase el resultado de los esfuerzos realizados en dos jornadas maratonianas, sus intenciones eran abrir hoy el establecimiento. Sus predicciones vendrían a ser una buena noticia, como la esperada en otros locales tras la ímproba labor de un pueblo entregado a la noble causa de devolver el lustre a sus calles en una batalla sin cuartel contra el tiempo enfurecido.
