Obituario
Alfonso Verdoy, un maestro


Publicado el 17/11/2025 a las 05:00
Para recordar a Alfonso Verdoy sería lo más fácil comenzar citando los versos de D. Antonio Machado, una persona “…en el buen sentido de la palabra, bueno”. Quizás con eso bastase, para que más. Pasar por la vida y dejar el recuerdo de haber sido una buena persona, un buen padre, un buen esposo, un buen maestro, un buen amigo, un buen ciudadano…
Basta con abrir las redes sociales para comprobar lo que digo. La sorpresa, el dolor, el recuerdo y el cariño de tantas personas que le conocimos en las muy variadas facetas de su trayectoria vital.
Para muchos riberos Alfonso fue un profesor de Filosofía, amable y cercano. Para mí, fue mi profesor de geografía hace más de cuatro décadas, en el tránsito entre la EGB y el BUP, en aquellos años de la Transición.
Su manera de enseñar tenía poco que ver con la memoria y mucho con el pensamiento y la curiosidad intelectual. Nos acercó a algo, que en aquel momento nos parecía un juego, la sociología urbana y la ciudad. No sé si por aquel profesor, y por algún otro maestro y amigo, llevo 35 años dedicado al urbanismo.
Pero Alfonso no ha sido solo un profesor. Alfonso, y Gloria, han sido, y seguirán siendo a pesar de su perdida, un ejemplo de vida, un modelo de profesionales entregados a su trabajo; creadores y amantes de la cultura; buenos amigos de sus amigos; y personas dispuestas a trabajar generosamente por el progreso y el desarrollo de su comunidad, desde el rigor y el pensamiento. Son parte de esa generación de españoles “claros y ricos de aventura”, que nacidos y educados en la grisura de la dictadura construyeron un país moderno y luminoso, y nos legaron -aunque ahora también se denosté ese tiempo- una sociedad tolerante, democrática y mucho más culta y justa que la que recibieron.
Esa generación de personas nacidas durante la Guerra Civil que se formaron en plena Dictadura, que debieron convivir con ella, y que la enterraron hace 50 años. Alfonso estudio el bachiller en el Colegio de Jesuitas de Tudela, para después estudiar Magisterio y luego, en Barcelona, Filosofía. Y desde los años 60, comenzó su vida laboral como profesor, maestro de generaciones de jóvenes riberos en Jesuitas y después en la ETI.
Pero desde la modestia, la discreción y el rigor intelectual Alfonso desarrollo sus pasiones culturales: el cine, la literatura, y los toros, además de su pasión por la vida, la familia, los amigos y la bicicleta que finalmente le ha costado la vida.
Sus películas como aficionado, el Cine Club Muskaria, su incansable apoyo y tutela intelectual a cualquiera que se lo pidiera, sus artículos en la Voz de la Ribera y sus libros costumbristas en los que nos recordó y dibujo una Tudela que ya no existe y que tanto añoramos.
Contribuyó discretamente a cambiar la sociedad que le tocó vivir en los años 70, a traer una democracia tolerante, respetuosa, de personas cultas, libres, y educadas como era Alfonso.
Su último libro, escrito y presentado hace un par de años, “El Toreo, arte y mito”, y que tuve el placer de presentar en Tudela, es un libro valiente en este tiempo, propio de quien tiene convicciones y las sabe exponer y defender con argumentos, elegancia y respeto. El libro es un reflejo de su persona. Alguien que no pretende ni imponer, ni confrontar, ni polemizar. Pretende exponer, aportar ideas, reflexionar e incentivar la razón crítica, el pensamiento libre, y sobre todo pretende tender puentes desde el respeto y la razón. Mi generación, los últimos “boomeer”, tenemos con la generación de Alfonso una enorme deuda, quizás poco reconocida, y con personas como él, y Gloria, una deuda personal, han sido nuestros maestros en tantas cosas, pero como comencé, nos han enseñado, si queremos aprenderlo, a ser buenas personas y buenos ciudadanos.
Jesús María Ramírez Sánchez. Doctor en Derecho.