Lucha libre

Manuel López Moza, ‘El Vendaval’ tudelano

El autor recuerda la figura del tudelano Manuel López Moza, apodado ‘El Vendaval’ o ‘El Fogoso’ quien, a mediados del siglo pasado, se labró una exitosa carrera en el mundo de la lucha libre disputando más de 3.000 combates, principalmente en Latinoamérica

Manuel López Moza, conocido por su apodo de ‘El Vendaval’
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Manuel López Moza, conocido por su apodo de ‘El Vendaval’
Manuel López Moza, conocido por su apodo de ‘El Vendaval’

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Julio Cebollada

Publicado el 30/08/2021 a las 06:00

Tudela ha sido siempre cuna de grandes y destacados deportistas que han dado lustre a la ciudad. Recordamos a algunos de ellos como el futbolista Ismael Urzaiz; Andrés Martínez Modrego, en atletismo; Íñigo Pérez-Nievas, en triatlón; la piragüista Merche Marín, que además tiene el orgullo de dar nombre al embarcadero municipal del Ebro; José Mª Sola, en ciclismo; o Maika Burgaleta, destacada en Judo. En cuadriatlón, Alberto Cebollada Kremer, que ostenta, nada menos, que el título de subcampeón mundial en la especialidad; la formidable atleta Estela Navascués, campeona mundial y partícipe, además, en los Juegos Olímpicos de Río 2016...

Hoy les hablamos de uno de élite, que lo fue todo en lo que se denominaba entonces ‘Catchascán’ y que se traduce como ‘Lucha Libre’. Nada menos que más de 3.000 combates en su haber. Su nombre: Manuel López Moza, conocido ‘artísticamente’ por Manolo Moza ‘El Fogoso’ o ‘El Vendaval’. Hijo de Maximino, panadero de toda la vida, y de María Paz.

Ve sus primeras luces en la calle del Pasaje, el 1 de enero de 1926.

Se inicia en las letras, en aquel famoso Colegio de los Corazonistas, donde se educaron muchos muetes de la época. Y de allí, pasa al Seminario. Pero la sotana no le cuaca y abandona los estudios eclesiásticos.

Ya mozuelo, tiene una pinta estupenda. 1,81 metros de altura y unas hechuras impresionantes. Bien joven es cuando se inclina abiertamente por los deportes. Tanto que participa en todas las manifestaciones que se celebran en la ciudad: ciclismo, natación, carreras pedestres...

ZARAGOZA, EL INICIO DEL CAMINO

21 años tenía cuando va con varios amigos a Zaragoza a presenciar unas eliminatorias de lucha grecorromana. Y ve que uno de los contendientes coge a otro con gran facilidad y lo manda al suelo. Y Manolo comenta: “Eso no me pasaría a mí”. Esta reflexión llega a un organizador del evento. Le invita a subir al ring. No se arredra de la bravata. Le dejan un slip. Y nada más pisar la lona, al primer golpe lo derriban. Se cabrea ‘más que una mona’. Y, al levantarse de nuevo, le dan un meneo ‘de padre muy señor mío’.

Hecho unos ‘zorros’ vuelve a Tudela ‘molido a palos’. Pero entre ceja y ceja, y con recio carácter ribero, sale de allí con la idea de que aquello es lo suyo.

Como entonces nuestra ciudad carecía de gimnasios, con gran esfuerzo se traslada con regularidad a Zaragoza. Unas veces en el ‘Chispa’, cuyo viaje duraba unas dos horas y media. Y otras, en ‘La Tudelana’, lo que supone un enorme sacrificio para sus padres. Tras rígidos entrenamientos, los músculos se van poniendo en forma.

En aquel tiempo Manolo, además de ayudar a su padre en la tahona, trabaja en ‘Coloniales Forcada’.

Tres meses después, tras los que se considera ya preparado, se celebra en Zaragoza el Certamen de Lucha Grecorromana de 1948, y en él compite. Se proclama Campeón de Aragón con 22 años. Y de la mano de los hermanos Ochoa, pasa a la categoría profesional.

En esa época participa durante los Sanfermines en varios combates en la plaza de toros, tras los encierros, con enorme éxito de público, que se vuelca con el ribero.

DE EUROPA..., A AMÉRICA

Al bajar del cuadrilátero, el responsable de la lucha libre en Barcelona le ofrece un atractivo contrato a base de 800 pesetas por combate, más extras. Deja su trabajo en Forcada y se traslada a la Ciudad Condal.

Lo que en principio eran varios encuentros se convierte en una estancia de 3 años en los que lucha con numerosos contendientes, entre ellos, el famoso Tarrés, al que apodaban ‘Cabeza de Hierro’, consiguiendo el tudelano conquistar, por dos veces, el Campeonato de Europa.

Se enfrenta también al campeón colombiano Charro Montes. Este, al volver a su país, destaca y pondera al máximo a nuestro paisano, al que considera un verdadero maestro, por su depurada técnica, sus espectaculares llaves, y su limpieza en los combates.

Estas declaraciones llegan a los empresarios del ramo y contactan con el tudelano al que proponen excelentes condiciones para luchar semanalmente en Barranquilla y en el resto del país, en base a 1.000 dólares por combate y un porcentaje de taquilla. Toda una fortuna en aquellos tiempos.

El público y la prensa colombiana se hacen eco del evento y elogian la fortaleza del ribero. Su fama se extiende por toda Sudamérica. Fama que llegó a Perú, donde los empresarios se ‘rifan’ a semejante ‘joya’.

En esos momentos, Manolo se encuentra pletórico de energía y vitalidad, y no le hacen mella sus numerosas peleas.

No lo piensa dos veces y, tras pasar por Colombia y Méjico, donde también combate, se marcha al país andino con un contrato de dos meses y dos más, opcionales. Y es que en esa época existía en Perú una gran afición a la lucha libre.

Debuta en octubre de 1956. Aquel liviano convenio se traduce en una estancia de 20 largos años.

Tanto el Coliseo Nacional como el Luna Park se llenan hasta la bandera cuando lucha el fogoso ribero. Por entonces, sus triunfos son numerosos, y le convierten en un ídolo de masas.

También por la época se hace con el destacado trofeo ‘El Señor de los Milagros’, y protagoniza las famosas Fiestas Patrias.

La prensa limeña se deshace en elogios hacia el tudelano, al que considera como uno de los mejores luchadores de la época, destacando su técnica, su peculiar estilo, su embestida implacable y su recio carácter.

Creciente en su popularidad, que se acentúa al aparecer con frecuencia en televisión de la mano del famosa presentador Kiko Ledgard.

En aquellos tiempos, estaban en el candelero el mejicano ‘Huracán Ramírez’, los italianos Brossati y ‘El Conde Maximiliano’, ‘El Gorila’, ‘Guiliano’ o ‘El Japonés’...

HACER CASO AL CORAZÓN

En su ‘excursión’ sudamericana, Manolo había dejado en Tudela a su novia ‘de siempre’: Carmen Agoiz Hernández. Y casi dos años después, el 30 de marzo de 1958, se casan por poderes. Cuando están ya en Lima, funda una pequeña industria textil que bautizan con el nombre de ‘Confecciones Moza’ que, al poco, se hace muy popular.

Tres son los hijos que nacen del matrimonio: María Paz, Lydia y José Manuel.

Felizmente todo va ‘viento en popa’. Pero esta leyenda de la lucha va, poco a poco, acusando su tremendo esfuerzo en las canchas. Y cuando cumple 41 años, en 1967, deciden decir a adiós a todo aquello. Y la familia vuelve a su querida y añorada Tudela.

Doce años más tarde, el 19 de septiembre de 1979, la tragedia llega al hogar. Y Carmen se nos va de este mundo.

Años después, una hermosa morena, Conchita Salvatierra Urquiaga, se cruza en su camino. Y el 1 de octubre de 1981 santifican sus amores en la ermita tudelana del Cristo.

Este fortachón ribero, persona excelente, de carácter alegre, gran conversador, dicharachero, cariñoso, sentimental y amigo de sus amigos, aunque se resiente de sus maltrechos cartílagos, lleva una vida feliz junto a Conchita. Con ella rememora, con cierta nostalgia, sus numerosas ‘batallas’.

EL ADIÓS DE UNA LEYENDA

Y el día de la Virgen del Puy de 2019, el 25 de abril, nos dice adiós para siempre. Toda su familia queda sumida en un profundo dolor.

De aquel matrimonio quedaron dos hijos: María Paz y José Manuel, ya que Lydia había fallecido anteriormente. Y cuatro nietos y otros cuatro biznietos.

Como decía un amigo suyo: “Podemos sentirnos orgullosos de que haya una nueva estrella en el Cielo”.

Recordamos con verdadero agrado la figura de aquel vendaval luchador tudelano que fue Manolo López ‘Moza’, quien dejó una profunda huella.

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