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El libro viajero Villafranca

Una terraza con vistas a la libertad

El brote de coronavirus el pasado octubre fue un golpe seco, de relatos ásperos. Se contagiaron residentes y trabajadoras, fallecieron varias personas. Quienes despertaron de un mal sueño de año y medio sonríen al horizonte sin olvidar su historia

Guzmán García, Piedad Benito, Celia Ricarte, Javier Lafraya, Carmen Romeo, José Miguel Arana, Antonio Arrondo, José Mari Huarte, Isabel Talles, Mari Jose Galán y, en primer término y con el Libro Viajero en sus manos, Eduardo Macipe
Guzmán García, Piedad Benito, Celia Ricarte, Javier Lafraya, Carmen Romeo, José Miguel Arana, Antonio Arrondo, José Mari Huarte, Isabel Talles, Mari Jose Galán y Eduardo MacipeBlanca Aldanondo
Publicado el 22/08/2021 a las 06:00
"Ay, que no hemos hablado nada del covid”, se despide como en hilvanes Isabel Talles de Pablo, 81 años. Yamila Castro, coordinadora y terapeuta ocupacional de la residencia Virgen del Portal de Villafranca, subraya que el brote de coronavirus el pasado octubre fue como un golpe seco para los 40 residentes y las trabajadoras. Casi todos se contagiaron, fallecieron varias personas y los días “encerrados en las habitaciones” dibujaron horas ásperas. “A pesar de todo se quedan con lo bueno y, aunque es reciente, lo ven lejano”, refleja que buscan la perspectiva más limpia, el horizonte claro entre las nubes de quien ha logrado despertar de un mal sueño de un año y cinco meses. “Lo malo fue que murió mucha gente, pero estamos vivos”, añade Celia Ricarte.
Desgranan su aportación en el Libro Viajero en una tertulia mañanera que reúne a once de los 40 residentes. Antonio Arrondo Arrondo, 94 años, pelo cano e impecable camisa de cuadros, responde que lleva en la casa cuatro décadas. Sorprende y él se explica sencillo. “Es que fui de la Junta y ahora soy residente”. Cuenta “sin querer ponerse medallas” porque las “detesta” que el edificio donde se levantó la residencia fue el asilo Santa Ana, regentado por una congregación de religiosas. “Un día me llamaron y acudí. Jamás había estado con las monjas, soy ateo y era algo reacio, pero mi mujer me animó. Me atendieron la superiora, Antonia, y tres hermanas”, recuerda hasta el menú: patatas con berza y conejo en salsa y también que vio mucha miseria y necesidad de ayuda. Y a ello se puso.
Rebuscaron y edificaron lo que parecía imposible: una residencia a base de subvenciones de uno y otro lado, de ayudas públicas, mano de obra voluntaria, entre ellas la de arquitectos, aparejadores e ingenieros. “En la primera junta estábamos personas de todos los pelajes, habíamos pasado 40 años en silencio de dictadura y les dije: aquí hemos venido para hacer una obra social, en el momento que empecemos con política, levanto la sesión. Nos dimos la mano y nunca se habló de política”, lograron su propósito en 1980. Diseñaron el germen de la casa en la que ahora vive. “Enviudé y no quiero hipotecar la vida de nadie, tampoco la mía”, se sincera amable. Vive contento. “Pero no todo ha sido gloria. Mi vida social está muerta por la pandemia”, se resigna en la terraza del centro, una atalaya frente a la silueta apaisada de las tierras de la Ribera, en el corazón del municipio.
Al otro lado de la calle nació Isabel Talles. “De niña vivía muy tranquila, era rubica y así me llamaban. El hospital tenía un balcón frente a mi casa y desde allí un señor llamado Sebastián me echaba un capacico en una cuerda con una botella y unas monedas. Era para comprarle vino y siempre me daba algún céntimo”, recuerda que con 15 años se mudó a Barcelona, donde residió 60 años. “Y he vuelto con 80 a mi pueblo, cuando me quedé viuda lo decidí porque en una residencia allí no hubiera conocido a nadie y aquí sí. Lo único malo que llegué casi con la pandemia, mediado enero de 2020. Un año y siete meses llevo. No me arrepiento”, suscribe.
Al otro lado de la sala Eduardo Macipe García, 74 años, degusta una vida entre fogones, cocinero los últimos 17 años en el hotel Villa de Marcilla, y antes en Cintruénigo y San Adrián. El corazón aceleró su retiro. “Mucho humo y demasiado tabaco, no llevé buena vida”, agradece la salud tras una compleja intervención quirúrgica hace catorce años. Sus recetas son ya parte del Libro Viajero.
En silencio sonríe Piedad Benito. Dice la terapeuta que vino tras el incendio de su casa en Marcilla, este febrero. “Fue duro, estoy contenta, en todos los sitios hay que adaptarse”, acuña.
De pronto, pide palabra Antonio Arrondo: “No lo iba a contar, pero cuando la superiora estaba muy mal me volvió a llamar. Quería despedirse. Entonces yo le pregunté por qué habían acudido a mí si yo no era afín a ellas. Me respondió: El día que tengas que dar cuentas a Dios no te va a preguntar cuántas misas has oído, ni cuantos rosarios rezado, te preguntará cuánto podías haber hecho por tus hermanos. No supe contestar”.
“No tenemos el final del libro aún escrito”, avanza Beatriz Lacabe, de Lares. El de Antonio puede ser un buen cierre.
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