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El libro viajero, Buñuel

Un día entre cuadrilla y asambleas

La pandemia abortó las excursiones entre residencias. Idearon una alternativa. El Libro Viajero, con etapas que son retazos de vida contados por los mayores. Esta serie sigue su ruta (y IV)

Desde la izqda, Juanma Vergara, Nelsimary Fatjo, Rafael Pardo, Ahinara González, Dolores Esponellá, Araceli Sáez, Dora Marquina, Gregoria Tenias, Yoli Mut y Nitza Ontaño y Leyre Otal
Desde la izqda, Juanma Vergara, Nelsimary Fatjo, Rafael Pardo, Ahinara González, Dolores Esponellá, Araceli Sáez, Dora Marquina, Gregoria Tenias, Yoli Mut y Nitza Ontaño y Leyre OtalBlanca Aldanondo
  • Pilar Fdez. Larrea. Buñuel
Actualizado el 24/07/2021 a las 19:26
Buñuel se preparaba para recibir al Libro Viajero. Pero la covid truncó el plan. Sufrieron un brote justo entonces, se coló insolente entre la primera y la segunda dosis de la vacuna. De modo que desviaron el libro hasta la residencia de Mallén, en Zaragoza, que también colabora en el proyecto.
Juanma Vergara Cárcar es director en Buñuel y sostiene que el Libro Viajero ha sido “algo ilusionante” dentro de un contexto de pandemia. “Nos pareció una gran idea, crear esa comunidad entre resis, hacerlo entre todos, lo veía novedoso porque es, en fin, el libro de historias de vida de tantas personas”, añade que el contenido de su capítulo lo decidieron en una de sus asambleas participativas. “Vino de Cortes, muy dulce, envuelto en bombones y en él quisimos plasmar nuestras vivencias tras ver lo que otras resis habían aportado y contar cómo hemos vivido aquí el covid, sacando lo positivo”, apunta Lucía Ruiz Guillomía, terapeuta.
Adoración Marquina Ibáñez, 86 años muy lozanos, se libró de la enfermedad, pero le cambiaron de habitación para trasladarla a la zona libre de covid. El confinamiento fue duro, pero ella tira de humor. Le ha enseñado la vida a quedarse con lo bueno. Con 11 años salió de casa para trabajar. “Con 14 a Zaragoza, de allí a Francia, luego Alemania y de vuelta toda la vida en Zaragoza. Hace seis años quise venir a mi pueblo, más viajera que el libro. Lo mejor que hice fue regresar, tu habitación es tu casa”, anota risueña Dora, arropada con una toquilla rosa fucsia de un cierzo suave en una mañana de sol. Trabajó más de 30 años en la Universidad Laboral, en la cocina y el ofice. “Tenía mal genio, pero era trabajadora, salí de casa tímida, pero siempre he sido enlace sindical, si te llevas mal, gana el patrón”, opina. “Como lo pasé tan mal de joven, de vieja estoy muy bien”, sentencia.
Dolores Esponellá Puigdollers, de 84 años, nacida en Roda de Ter, en Barcelona, lleva diez en la resi de Buñuel, tras cuidar diecinueve años de su marido enfermo. Con él llegó a Navarra, a Cascante, donde fue director de una fábrica. “Yo para mí que he vivido siempre en Navarra, me siento de aquí, donde me han tratado estupendamente”, recuerda que se infectó con el virus del covid y lo pasó “muy mal”. “Si me pongo buena voy a dejar de fumar”, pensó en la soledad áspera del hospital, enganchada al oxígeno. Cumplió.
Gregoria Tenias Vicente nació en Viota, en las Cinco Villas de Zaragoza. Su toquilla es verde, cálida como su sonrisa. Lleva en Buñuel 60 de sus 89 años. Prefiere olvidar los días confinada en su habitación, aunque confirma la terapeuta que la pandemia les ha conectado más con el pueblo. “Y hasta los que estuvieron en la zona covid tuvieron su vermú y la música de Pedro y Noelia animó el día de San Gregorio, patrón de la resi”. “Son importantes las comunidades de convivencia dentro de la atención centrada en las personas”, apuntan Juanma y Lucía y estas tres mujeres han formado una buena cuadrilla con Rafael Pardo Vallejo. Nació en Cabanillas en 1935, se crió en Ribaforada y ahora vive en Buñuel. Padre de siete hijos, abuelo de trece nietos y cuatro biznietos, está ilusionado con el 7 de agosto, día en que se casa su nieta mayor. “He sido tractorista, no he viajado más que al campo”, resume con formas de buena gente. Lo pasaron mal en aquellos días de brote, sostienen los cuatro. Unos en su habitación, y otras, como Dolores, en el hospital. “Allí se piensan muchas cosas”, apunta, mientras Lucía les invita a reparar en lo positivo. “La peluquería, hemos podido ir después de un año”, sonríe Dolores. “Y la unión, ha habido más”, añaden.
“Con la materia prima, que son ellas y ellos hemos podido llenar nuestras páginas del libro y mostrar la realidad de la casa antes, durante y en el futuro, desde las personas residentes, a las trabajadoras y la dirección”, desgranan sentados en el patio jardín de la casa, que da a la calle Mayor Buñuel, junto al bar de los jubilados. Nadie pasa sin saludar. Desde las ventanas, de un lado ven el Moncayo, de otro las Bardenas Reales. Viven 38 personas, aunque cuentan con 46 camas. “Conocí el pueblo con 3.500 habitantes, ahora habrá 2.800. Pero hay cuatro peluquerías”, alivia Dora.
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