Fenómeno

Una playa sin mar para un eclipse en Lerín

Sombrillas, familias y talleres científicos dieron forma a una tarde que reunió a 5.000 personas en torno al fenómeno astronómico

Sentados en sillas o en el suelo, esperando la llegada del eclipse en el antiguo campo de fútbol de La Valdechate de Lerín
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Sentados en sillas o en el suelo, esperando la llegada del eclipse en el antiguo campo de fútbol de La Valdechate de LerínEduardo Buxens
Sentados en sillas o en el suelo, esperando la llegada del eclipse en el antiguo campo de fútbol de La Valdechate de Lerín

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Abraham Del Pozo Zabaleta

Publicado el 13/08/2026 a las 05:00

A primera vista, el recinto parecía una gran zona de descanso en mitad de una playa imaginaria: sombrillas clavadas en la tierra, sillas plegables, hamacas hechas con lo que cada uno tenía a mano y toallas extendidas sobre el antiguo césped del campo de fútbol de La Valdechate. Las familias buscaban sombra como podían mientras el sol de agosto apretaba en Lerín. Miles de personas habían llegado para ver cómo el Sol se ocultaba durante poco más de un minuto.

Desde las cuatro de la tarde, el espacio fue tomando forma. Los primeros asistentes llegaron preparados para pasar varias horas: neveras con agua, bocadillos, refrescos y mucha paciencia. Las 5.000 entradas vendidas -el aforo completo- confirmaban que Lerín sería uno de los puntos de observación más concurridos de Navarra.

En los accesos, el movimiento era continuo. Autobuses descargando visitantes, coches buscando aparcamiento y un flujo constante de gente que llegaba con la misma intención: presenciar el eclipse en un recinto acondicionado para ello. Dentro, talleres de ciencia, actividades divulgativas y espacios inclusivos ofrecían alternativas para todas las edades. En una esquina, la carpa de observación accesible reunió a un centenar de personas que, horas después, seguirían el fenómeno mediante sonido, tecnología y una gran pantalla.

AMISTAD Y FAMILIA

Un grupo de seis amigos de Hondarribia -Jaione Guezala, Máximo Martínez, Begoña Azcona, Elena Sánchez, Javier Amadoz y Joxian Fernández- había comprado las entradas tres meses antes. Hablaban de la “expectación” y de la sensación de estar ante algo que no se repetiría nunca más, mientras colocaban sus hamacas y sombrillas en un extremo de la explanada. Les llamaba la atención la “dimensión del evento”: un municipio como Lerín convertido en punto de encuentro para miles de personas.

Entre los asistentes, vecinos y visitantes se mezclaban sin distinción. Blanca Rodríguez Ontoria había acudido con su familia. Son de Lerín y observaban la escena con una mezcla de orgullo y naturalidad. “Está todo muy organizado. El pueblo está muy vivo”, resumían.

Para Javier Armentia, uno de los ponentes de la jornada, la imagen del recinto era la confirmación de meses de trabajo. Más de un año de preparativos y alrededor de un centenar de voluntarios habían hecho posible el dispositivo. “El pueblo se ha volcado”, decía una hora antes del eclipse, entre la satisfacción y la responsabilidad de que todo saliera bien. Las preocupaciones por el tráfico o la llegada masiva de gente quedaban fuera; dentro, el ambiente era sorprendentemente calmado.

El tiempo avanzó entre conversaciones, abanicos improvisados y miradas al reloj hasta que llegó el momento. A las 19.33 comenzó el eclipse parcial. Las gafas homologadas se convirtieron en el objeto imprescindible. Las conversaciones fueron bajando de volumen y las miradas se dirigieron al cielo. El Sol, que hasta entonces había dominado la tarde, empezó a perder intensidad.

A las 20.28.03 llegó la totalidad. Durante poco más de un minuto, el día se oscureció. La organización pidió silencio y el recinto respondió. Las campanas y la megafonía marcaron el inicio y el final del fenómeno. La luz cayó de golpe y miles de personas permanecieron quietas, mirando hacia arriba. Después llegó un aplauso largo y espontáneo. Manuel Simón, Charo Lanz y María Luz Martínez, voluntaria durante la jornada, coincidían en que la experiencia era difícil de describir. “La luz era muy especial”, decían, aún con la emoción en la voz. La imagen del Sol y la Luna superpuestos les había parecido “espectacular”, pero lo que más recordaban era el silencio compartido y la reacción colectiva. “Ha sido emocionante”, comentaban.

PÚBLICO EXTRANJERO

Entre el público, Karine Durand y François Garnier, dos jóvenes aficionados a la astronomía llegados desde Burdeos (Francia), también buscaban palabras. Habían dormido en Pamplona tras encontrar en internet la cita de Lerín. Su conclusión fue breve, pero clara: “Ha sido más emocionante de lo que esperaba”. El viaje había merecido la pena.

La tarde no terminó ahí. Como suele ocurrir en una jornada al aire libre, la gente no se marchó de inmediato. Quedaba música, danza y una noche dedicada a las perseidas. El eclipse duró poco más de un minuto; la experiencia, en cambio, ocupó toda la tarde. Para muchos, no empezó cuando la Luna tocó el Sol ni terminó cuando lo dejó atrás.

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