Negocios
El estellés que vivió en la Amazonía y regenta en su ciudad el bar del jubilado
Cafés a 1,20 € y una carta al mismo precio para socios que para el resto han hecho ganar popularidad a un local que José Miguel Arbizu Nafarrate y su familia gestionan desde hace tres años en el barrio Arieta de Estella. Detrás de la barra, la historia apasionante de un perito forestal que fundó su hogar y su negocio en tierras del río Orinoco


Actualizado el 09/11/2025 a las 11:43
A José Miguel Arbizu Nafarrate el camino de la vida le trajo de nuevo a su Estella natal desde el estado venezolano Amazonas, al sur del país al que llegó en 1982. El entonces joven perito forestal que se asentó en tierras del río Orinoco y formó allí una familia saluda hoy cada día detrás de la barra del bar del club de jubilados Ega de la ciudad.
Hace tres años que la asociación le arrendó la actividad hostelera del local de la calle Arieta. Un espacio que, más allá del uso de los socios, se ha abierto paso como el bar de barrio y recibe cada vez más a clientes de otros puntos de la ciudad, entre ellos jóvenes, atraídos por la oferta de pinchos, tortilla de patata y platos combinados. También por sus precios populares. Una tarifa única para los socios y el resto de usuarios con el café a 1,20 €, un vino a 1 €, la caña a 1,80 € o la tapa a 2 €.
José Miguel Arbizu y familia están al frente. Su mujer, la venezolana Yesenia Rodríguez, y su hijo Óscar reciben con una sonrisa cuando se abre la puerta. El matrimonio tiene otra hija, la universitaria Naia, que estudia fuera pero echa también una mano si se precisa su apoyo un fin de semana.
El bar del jubilado se lleva en familia. La que este estellés hijo de Pedro Arbizu y de Cecilia Nafarrate, los dos ya fallecidos, formó lejos de su casa. En un país que sintió como propio y del que nunca pensó partir. Hasta que el chavismo le llevó a hacerlo. La situación política y económica con una inflación desbocada, la creciente inseguridad ciudadana y el temor por el porvenir de sus hijos hicieron cambiar los planes en el año 2012.
Lo cuenta el matrimonio mientras su hijo mayor atiende detrás de la barra a una clientela variada. Están los socios, jubilados de Estella y su entorno. E igualmente trabajadores que se toman el café o el pincho en el descanso de media mañana. No hay menús ni se funciona como restaurante porque el local tiene solo licencia de bar. Pero en este día de noviembre, como ocurre otras veces, sí hay un encargo para un grupo que se juntará para comer gorrín acompañado de ensalada. “Nosotros estamos encantados con la experiencia de estos tres años y creemos que la asociación también lo está. Vemos que es recíproco”, señalan.
Los dos hacen de todo, cocina y barra según las necesidades de cada momento. Abren desde las 8 de la mañana hasta las nueve de la noche, una atención ininterrumpida que es posible por ese carácter familiar de su actividad. “Tenemos las típicas tapas de temporada todos los días, muchas veces con productos que nos traen los propios clientes de las huertas que cultivan por aquí. Calabacines, tomates, guindillas, pimientos. Lo compartimos con nuestros pinchos y hay mucha colaboración en ese intercambio, como una especie de trueque”, cuenta Yesenia Rodríguez ante las bandejas listas para servir con los tentempiés de huevos fritos con jamón, pimientos con lomo de cerdo, queso Idiazábal o chistorra.
LA POSADA TURÍSTICA QUE QUEDÓ ATRÁS
La trayectoria como arrendatarios del bar de un local que, a su vez, la Fundación San Jerónimo tiene alquilado como sede a la asociación de jubilados Ega comenzó cuando este colectivo de mayores de Estella ofertó el servicio y buscó personas para llevarlo. Antes, José Miguel y Yesenia habían puesto en marcha otro negocio en Estella, una lavandería que finalmente cerró. Convencidos de que su tiempo en Venezuela había terminado, optaron a la gestión del bar, en ella continúan y así quieren seguir haciéndolo.
Detrás hay una apasionante historia. José Miguel Arbizu entraba en la veintena a principios de la década de los 80 cuando llegó a las tierras venezolanas del Orinoco, al estado Amazonas, que debe su nombre a su ubicación geográfica en la Amazonía y tiene en Puerto Ayacucho su capital. Su intención entonces era pasar una temporada trabajando en una hacienda. Pero entraron en juego los hilos del destino. Se integró en la comunidad de los piaroas, se casó con una de sus miembros, Yesenia, y fijaron su residencia en San Juan de Manapiare.
La familia puso en marcha allí su propio negocio, la Posada Turística Manapiare, el establecimiento con piscina en el que se volcaron durante años hasta su salida del país en 2012. Primero, en lo que iba a ser una estancia temporal en Estella tras la muerte del padre de José Miguel con el fin de acompañar a la madre en los meses siguientes. Después, la situación de su país les llevó a cambiar de idea y Navarra se convirtió en su hogar. Hoy, su negocio turístico sigue en marcha gestionado por un familiar y supervisado en los viajes de Yesenia. Siempre de ida y vuelta porque los dos tienen claro, así lo afirman, que no es allí donde está ya el futuro de sus hijos.