En primera persona
Así es la vida en el pueblo más pequeño y envejecido de Navarra, que resiste a la despoblación
Con apenas 16 vecinos censados y una media de edad de 69 años, este enclave del Pirineo navarro lucha contra el aislamiento, la falta de internet y décadas de éxodo rural mientras sus habitantes se aferran a sus raíces


Publicado el 24/05/2026 a las 17:51
Llegar hasta Castillonuevo exige tiempo, paciencia y muchas curvas. Desde Pamplona hay que tomar dirección Lumbier y, en el kilómetro 13, nada más cruzar el río Salazar, desviarse por la NA-2200 hacia Bigüézal. Una decena de kilómetros después, entre maleza y monte bajo, aparece la carretera que abraza el núcleo urbano como un cinturón protector. Entonces surge Castillonuevo, encaramado sobre una loma escarpada y con la silueta de una fortaleza medieval. No es casualidad: el pueblo nació como castillo defensivo en la frontera con Aragón.
El núcleo cuenta con dos accesos. El primero desemboca en una cuesta tan estrecha que apenas permite el paso de un vehículo. El segundo, tras rodear la “barriga” urbana, conduce a un pequeño aparcamiento donde caben media docena de coches. A partir de ahí, ya no queda otra que continuar a pie: ascender una veintena de escaleras metálicas, recorrer el filo de las casas de piedra mientras sopla el viento… y adentrarse en el silencio.
Solo las campanas de la iglesia rompen esa quietud. Un sonido antiguo, aunque programado, que resiste en el municipio con menos población de Navarra y también con la edad media más alta de la Comunidad foral: 69,3 años. Apenas 16 vecinos censados mantienen con vida este enclave prepirenaico suspendido sobre un paisaje abrupto y verde, a unos 800 metros de altitud y junto a la muga. Entre semana duermen aquí ocho personas. Todos viven acompañados, con familia, salvo uno: José Hernández, de 85 años, que vive solo.


El término municipal ocupa 27 kilómetros cuadrados en la merindad de Sangüesa y la comarca del Roncal-Salazar, a 78 kilómetros de Pamplona. Su posición estratégica le otorgó, desde finales del siglo XII, un importante valor defensivo. Entre extensos bojedales, el casco urbano funciona como un mirador natural. Las barandillas metálicas ayudan a avanzar lentamente, especialmente en épocas de nieve y hielo, hasta la parte alta de esta localidad, formada por 37 viviendas distribuidas en calles empinadas y estrechas. La iglesia, la sociedad, el cementerio, el frontón y el ayuntamiento articulan el pueblo. El pavimento actual cubre la piedra original de las calles, aunque pronto será levantado para sustituir unas tuberías antiquísimas. Algunas puertas conservan todavía los nombres: Casa Mina, Casa Carlos, Casa Arian...
Recorrido por el silencio
En este recorrido por el silencio, al llegar a lo alto, la cancela del cementerio permanece cerrada con una argolla. Desde allí, el paisaje invita a pensar en la despoblación que desde hace décadas vacía el Pirineo. El viento gélido del norte barre la sierra de Illón. Hayedos, robledales de roble peloso, pinares silvestres y extensos matorrales de boj y tomillo lo rodean todo. En ese escenario resuenan las palabras del anterior alcalde, José Hernández Aristu, quien durante cuarenta años fue el único vecino residente de forma permanente en Castillonuevo. En septiembre de 2023 confesaba a la periodista Andrea Gurbindo, para la revista Conocer Navarra: “No conozco el miedo. Castillonuevo es mi sitio. Donde nací y crecí, donde estudié y trabajé. El único lugar del mundo donde se escucha el silencio”. Sin embargo, los problemas de salud terminaron obligándolo a trasladarse a Pamplona después de años pasando solo los inviernos en el pueblo.
—¡Por fin, una persona! —bromea el periodista al encontrarse con el actual alcalde, Xabier Alfaure, de 54 años, saliendo del ayuntamiento.
—Sí, es raro ver gente entre semana —responde sonriendo—. Yo estoy aquí de casualidad, por un asunto personal. Normalmente nos reunimos los miércoles en el ayuntamiento.
Frente a la casa familiar, la número seis, un dintel de piedra conserva una inscripción: “Juan de Ussun. Año 1758”. Alfaure posa para una fotografía apoyado en el muro y recuerda una infancia “muy feliz”.
“Salías por la mañana con la bicicleta, volvías a comer y no regresabas hasta la noche. Éramos una cuadrilla muy buena”, rememora. Su padre, Javier, le hablaba de las durísimas condiciones de vida que marcaban entonces el valle: “una vida de miserias”. Nevadas hasta las rodillas y un aislamiento prácticamente absoluto. El alcalde considera que hoy “ya no están tan alejados de la mano de Dios”, aunque reconoce que siguen casi incomunicados. “Fuera de cobertura”. La fibra óptica se quedó en el pueblo anterior. “Lo intentaron, pero no ha sido posible”, lamenta. La empresa instaladora se detuvo diez kilómetros antes, en Bigüézal. Tampoco existe cobertura móvil. Una llamada allí mismo lo confirma: no hay señal.
Solo dos edificios tienen acceso a internet: el ayuntamiento y la sociedad, situados en la parte más alta del núcleo. Allí consiguen captar, de manera remota, la señal de una operadora aragonesa gracias a un repetidor instalado en Salvatierra. La falta de conexión no es más que otra consecuencia de un problema más profundo. La ausencia de servicios básicos, las dificultades de acceso y la escasez de oportunidades aceleraron una sangría demográfica que continúa. Esa despoblación se percibe, al menos entre semana, en las calles vacías, en las casas cerradas y en la casi total ausencia de actividad fuera de los meses de verano.
El gran descenso demográfico
En 1920 llegaron a censarse 234 habitantes. Entonces tenían importancia la industria de cucharas, kaikus y otros objetos elaborados en boj, además de una tejería y explotaciones de hierro y cobre. También existía una sólida estructura agraria favorecida por la abundancia de pastos y bosques, que todavía hoy ocupan el 92 % del término municipal. El gran descenso comenzó en los años sesenta y, actualmente, Castillonuevo presenta la densidad de población más baja de Navarra.
En medio de este contexto de éxodo rural, la vida aún se abre paso. En las próximas semanas, el Ayuntamiento acometerá trabajos de desbroce en una franja de diez metros alrededor del casco urbano para reducir el riesgo de incendios: la vegetación ya alcanza algunas viviendas. Pese al abandono, el pueblo conserva buena parte de su patrimonio. En la parte alta se alza la iglesia de San Martín, con elementos románicos y una torre que todavía domina el paisaje. También permanece en pie la ermita de la Virgen de la Peña. Del antiguo castillo apenas quedan vestigios, aunque las panorámicas continúan evocando el valor estratégico que tuvo durante siglos.
Y abajo, al comienzo de la calle de La Fuente, un dibujo de una grulla con las alas abiertas parece resumir la historia reciente del pueblo: volar. La mayoría de sus habitantes emprendió ese vuelo en los años sesenta, entre ellos la familia de Sofía Garín, profesora de violín en la escuela de música de Berriozar y autora de la grulla, que hoy ha regresado a sus raíces.


José, una vida resistiendo
José Hernández Aristu lleva décadas resistiendo, casi en solitario, en este rincón del Pirineo navarro. A sus 85 años, el antiguo alcalde conserva intacta la memoria del pueblo más pequeño de Navarra mientras observa cómo la montaña pierde habitantes poco a poco. No le gusta que le hablen de usted y lo deja claro desde el primer momento. Agricultor, ganadero y regidor municipal durante cuarenta años, sigue siendo el rostro más reconocible de Castillonuevo. Conoce cada casa, cada apellido y cada historia de este enclave suspendido sobre la ladera. “Llevo cuarenta años oyendo que la gente va a volver”, dice con una mezcla de vehemencia y sonrisa. “Y yo pregunto: ¿de qué van a vivir?”.
Habla sin nostalgia ni adornos. Tiene claro el inicio del éxodo. “Los años sesenta. Primero bajaron algunos a Pamplona porque aquí no había trabajo. Las nevadas eran exageradas. Caían en noviembre y se iban en mayo”. La emigración fue rápida. Los primeros que encontraron empleo en la construcción llamaron al resto. “Llegaban y tenían trabajo fijo todo el invierno. Vendían unas ovejas o unas vacas y con eso pagaban la entrada de un piso. Y vivir aquí era extremadamente duro. No había nada. Las casas no estaban preparadas. Dinero no se ganaba. Lo único que hacías era comer”.
Recuerda familias numerosas y una infancia marcada por el trabajo desde muy pequeños. “Estudiar no estudiaba nadie…”. Los más jóvenes sí pudieron hacerlo años después, cuando algunas familias ya se habían asentado en Pamplona. “Pero sabían que si suspendían, volvían a cuidar cabras”, cuenta entre risas. Desde hace tres años reparte su vida entre Pamplona y el pueblo. Una operación de cadera y problemas de vesícula, “me daban dos días de vida si no me operaba”, le obligaron a reducir su estancia en la montaña. Aun así, continúa conduciendo el coche y el tractor.
La conversación transcurre en una cafetería de la Plaza del Castillo de Pamplona. Mientras habla, piensa ya en el próximo fin de semana: recibirá la visita de una sobrina de Madrid. Tiene decidido el menú: migas y cordero. “Con agua”, puntualiza. “Nunca he fumado ni he bebido alcohol. Nunca”. Quizá ahí resida el secreto de su longevidad y de una memoria que sigue afilada. Su rutina actual, reconoce, es tranquila. “Ahora es comer, dormir y poco más”. Conserva el tractor, parte de la maquinaria agrícola y todavía realiza pequeñas tareas en el campo. Pero el valle apenas mantiene servicios. El panadero sube desde Salvatierra dos veces por semana. “Y si le llamas antes, te trae también la compra”.


José mira al pasado sin romanticismo. Sabe bien lo que suponía pasar meses aislados y es plenamente consciente de lo que implicaría hoy instalarse en Castillonuevo o en cualquier otro punto del Pirineo. “Yo le regalo la finca a un joven de Pamplona y no tiene cojones de venir a vivir como hemos vivido nosotros”, lanza con crudeza, gesticulando con unas manos curtidas por el trabajo. “No tienes derecho ni a enfermarte. Si tienes ovejas eres una empresa tú solo”. Evoca inviernos interminables, caminos cerrados por la nieve y vecinos abriéndose paso como podían para alimentar al ganado. Como alcalde, una de sus grandes batallas fue mejorar la carretera. “Estaba rota por completo”. También recuerda una época en la que el pueblo tenía escuela para niños y niñas, dos maestros, cura, fonda y una intensa vida comunitaria.
Para él, las comunicaciones siguen siendo una asignatura pendiente y una de las pocas herramientas reales contra la despoblación en pleno siglo XXI. “Hoy mucha gente trabaja desde casa. Si hubiese buena línea de internet, algunos de los que vienen en verano se quedarían más tiempo”. Aun así, mantiene el escepticismo. “¿A qué van a dedicarse aquí? No hay fábricas cerca, no hay trabajo. Está todo muy lejos”.
Pese a todo, continúa encontrando motivos para quedarse. Cuando se le pregunta qué enseñaría a un visitante, duda unos segundos. Levanta la mirada, vuelve a bajarla y responde finalmente: “La vista del pantano y el paseo por el monte”. Así es Castillonuevo: un lugar donde el tiempo parece haberse detenido y donde José Hernández permanece, quizá, como el último guardián de un mundo que resiste.


“Si hubiera internet vendríamos temporadas más largas”
Tres días después de la entrevista en Pamplona, el domingo 17 de marzo, un corzo permanece inmóvil en mitad de la NA-2200, pocos kilómetros antes de Bigüézal, en un tramo sin quitamiedos. Al advertir la presencia del coche, el animal reacciona y desaparece entre la maleza de una mañana ya primaveral.
Al llegar al pueblo, lo único que rompe de forma constante el silencio de la despoblación es el tañido de las campanas eléctricas. Doce campanadas. Y, acto seguido, otras doce más. “Las siguientes, a las 13 horas, anunciarán el vermú en la sociedad”, bromea José, apoyado en el barandado de la calle La Fuente, la vía que conduce a la sociedad. “Ahí estudié algunos días cuando tenía seis años. Había dos profesores, un maestro y una maestra, y éramos unos cincuenta niños y niñas. Las niñas estudiaban donde está ahora la sociedad y los niños en la casa del cura”, recuerda desde la puerta de su vivienda mientras resuenan las campanadas. “Yo pedí que fueran eléctricas y que se repitieran como antiguamente. También coloqué este barandado hasta la iglesia para evitar resbalones con la nieve y el hielo”.
De pronto se escuchan voces. Incluso el grito de un niño. El pueblo parece recuperar algo de vida. El sonido llega desde el frontón, aunque encontrar la entrada no resulta sencillo para quien pisa estas calles por primera vez. Desde la fachada del ayuntamiento hay que continuar por una estrecha callejuela que desemboca en un pequeño parque infantil. Allí, junto a la pared del frontón, las risas vuelven a quebrar el silencio del mediodía.
Ana Villegas, ingeniera industrial de 41 años e hija de Blanca Hernández, natural del pueblo, juega a pala junto a Gregory Laget, de 46 años. Ambos viven en Madrid y disfrutan del fin de semana en casa de su tío José antes de regresar a la capital en unas horas. Hacen una pausa para conversar. Al preguntarles si teletrabajarían en un lugar así, responden sin dudar. “La fibra óptica ayudaría a repoblar estos pueblos del Pirineo. Estoy seguro”, afirma Gregory, también ingeniero.
La escena del frontón resume una realidad cada vez más frecuente en muchos pueblos: hijos y nietos de quienes emigraron décadas atrás regresan ahora durante los fines de semana y las vacaciones para mantener vivo el vínculo con sus raíces. Ana forma parte de esa generación que, tras crecer lejos, ha vuelto a mirar hacia estas montañas como un lugar al que regresar. Vive en Madrid, aunque nació en Guadalajara, donde sus padres se establecieron hace años. Sin embargo, Castillonuevo siempre ha ocupado un lugar importante en su vida. Su madre, Blanca Hernández, hermana de José, mantuvo intacto el arraigo y transmitió ese apego familiar a sus hijos. “Mi madre siempre nos ha traído en veranos y puentes. Vivíamos lejos, pero nunca dejamos de venir”, recuerda Ana. Mientras habla, una mujer con un niño en brazos se asoma desde un balcón, quizá sorprendida por la conversación en plena calle.


Con el paso del tiempo, Ana ha sido testigo de la transformación del pueblo. “Todo el camino de arriba lo conocí completamente silvestre; no había cemento ni nada. El frontón tampoco estaba cubierto y era mucho más viejo. Poco a poco han ido haciendo mejoras”, explica mientras observa el entorno donde pasó buena parte de su infancia. Más allá de las obras, también percibe cambios en la forma de relacionarse. Durante años, cuenta, apenas quedaban vecinos y muchas casas permanecían cerradas gran parte del año. Ahora, sin embargo, personas de su generación han comenzado a recuperar ese vínculo perdido. “Creo que ahora volvemos a valorar mucho lo rural”.
Ese regreso parcial coincide también con una nueva manera de entender la vida. Lo que antes se percibía como aislamiento o falta de oportunidades empieza a asociarse con tranquilidad y calidad de vida. Ana recuerda que durante mucho tiempo su tío José, antiguo alcalde del pueblo, fue prácticamente el único vecino permanente. “Estuvo muchos años siendo la única persona aquí de lunes a domingo”, explica. Ahora, con 85 años y algunos problemas de salud, pasa más tiempo en Pamplona, aunque sigue resistiéndose a abandonar Castillonuevo. “Viene en cuanto puede porque al final también hay que cuidar el pueblo. Si lo dejas sin nadie, puede pasar cualquier cosa”.
Para Ana, el principal obstáculo continúa siendo la falta de conexión digital. Cree que disponer de una buena red de internet sería decisivo para fijar población y favorecer estancias largas. “Desde la pandemia hay mucho teletrabajo. Siempre le decimos a mi tío que si hubiera conexión vendríamos largas temporadas a trabajar aquí. Sin internet lo haces todo muchísimo más complicado. Creo que habría mucha más gente y que esa es la clave contra la despoblación”.
Castillonuevo ofrece precisamente aquello que muchos buscan lejos de las ciudades: tranquilidad, silencio y contacto directo con la naturaleza. “Como aquí no duermo en ningún lado; aquí es donde descanso de verdad y donde se pueden ver las estrellas perfectamente”.
Este mediodía de domingo, mientras las calles recuperan algo de pulso, otra pareja aparece por el pueblo. Sofía Garín y Juan Hermoso aparcan frente a su casa. Ellos también intentan regresar siempre que pueden: a veces cada fin de semana; otras, al menos cada quince días. Como Ana, Sofía pertenece a esa generación de descendientes que, décadas después de la marcha de sus familias, ha convertido el regreso al pueblo en una forma de reencontrarse con sus orígenes.


El “encuentro” con las raíces
Sofía Garín, de 60 años, y Juan Hermoso, de 61, llegan a las doce y media del mediodía, media hora antes de que las campanadas anuncien el vermú. “Intentamos venir siempre que podemos. Cada fin de semana, si es posible, y si no, cada quince días por lo menos”, explican. “Luego, en verano, dan más ganas de venir porque hay más movimiento”. La conversación arranca junto a la fachada coronada por la grulla que pintó el verano pasado. Desde allí, las palabras se adentran en una vivienda recién rehabilitada y suben por unas estrechas escaleras donde cuelgan fotografías en blanco y negro de la infancia de sus dos hermanos, junto a un retrato de su madre, Sofía. Ya acomodada en la cocina, comienza a recordar. Y cuenta que su relación con Castillonuevo está profundamente ligada a la memoria familiar. Su madre, Sofía Rodrigo, nació justo en el solar de enfrente, en la antigua Casa Sanz. Pero con el paso del tiempo, aquella casa terminó derrumbándose.
Aunque ahora siente este lugar como un refugio emocional, reconoce que de niña apenas pudo disfrutarlo. “En realidad, vine muy poquito”, apunta. Sus abuelos emigraron a Pamplona en los años sesenta, como tantos otros vecinos del valle. Hasta entonces habían vivido de la agricultura, de algunas cabras y de las tierras. “La vida aquí era súper dura. Tenían cabras, algún cerdo, tierras pobres y tres de los hermanos eran pastores y alguna vez almadieros”.
Décadas después, cuando sus padres ya eran mayores, decidieron recuperar el vínculo con el pueblo comprando una vivienda frente al antiguo solar familiar. “Mi madre tenía mucho interés en regresar. Sus hermanos estaban desperdigados”. Fue, explica, una decisión cargada de emociones contenidas. Su madre sufría viendo cómo la vieja Casa Sanz se deterioraba hasta quedar prácticamente en ruinas. Aquella nueva vivienda acabó convirtiéndose en el punto de “encuentro familiar”, subraya. “Este lugar representa mi familia y, sobre todo, a mi madre”.
La casa necesitó una rehabilitación importante. “O la vendíamos porque estaba mal o me decidía a hacer una obra potente para que no se derrumbara”. En lo que define como un “arranque emocional”, optó por mantenerla en pie, porque conservar la casa era también conservar el encuentro.
Entre semana, Castillonuevo transmite una sensación de vacío inquietante. Las calles permanecen silenciosas, apenas hay puertas abiertas y casi no se percibe movimiento. Pero Sofía asegura que el pueblo cambia por completo con el buen tiempo. Mayo marca el inicio de la vida social con el día del socio; después llega en junio la celebración de la Virgen de la Peña; y el gran momento son las fiestas de agosto. “Es increíble cómo aparece gente; el pueblo se llena. Igual, 400 personas”.
Sin embargo, hay un problema que sigue condicionando el futuro del valle: la falta de algunos servicios básicos hoy claves. La cobertura móvil es irregular y la conexión a internet insuficiente para trabajar con normalidad. Su pareja, diseñador gráfico, intenta teletrabajar desde allí, aunque muchas veces resulta imposible. “Medio pueblo tenemos cobertura dentro de casa, pero según en qué puntos de la vivienda. A veces se corta y es complicado”. Disponer de una conexión estable sería clave para atraer población joven y favorecer la repoblación. “Ayudaría para poder trabajar aquí. Mi pareja a veces puede trabajar y otras veces no. Es complicado”.
El mensaje de la grulla
A Sofía le fascina también la propia configuración del pueblo. Las pendientes, las calles estrechas y las barandillas que serpentean hacia la parte alta le evocan un paisaje medieval. Recuerda incluso que, para encontrar el frontón, hay que atravesar pequeños recovecos. La grulla que pintó en la fachada el pasado agosto tampoco es casual. “Es un mensaje claro” sobre la emigración. Apasionada de la ornitología, explica que el valle forma parte del corredor migratorio del Pirineo Occidental. Cada otoño las grullas lo atraviesan y regresan en primavera. Para ella, esa figura en la fachada de su casa simboliza tanto la migración de las aves como la de las personas. “En mi caso, la de mi familia y la de tantas familias obligadas a abandonar el pueblo para buscar trabajo”. Ahora incluso se plantea ampliar el mural y añadir golondrinas, en homenaje a las “enarak”, las mujeres del valle que emigraron a Mauleón para trabajar en las fábricas de alpargatas.
Antes de terminar la entrevista, Sofía muestra un libro escrito por su hermano, Luis Garín Rodrigo. “Cuando se murió mi madre aparecieron unas cartas…Mi hermano y yo las leímos. Eran cartas de amor entre mi padre y mi madre desde el 45 hasta el 51, contando la historia de los dos”. Así nació Justo y Sofía. Amor de postguerra.
Al salir de casa, Sofía se detiene ante la parra que plantaron hace tres años. La vid ha crecido desde un rincón y ya abraza el umbral del hogar con sus hojas y sus racimos incipientes.

