Ilu Belio Bon, roncalesa, madre y abuela fuerte

Falleció en Pamplona a los 101 años

Ilu Belio Bon
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Juan Cruz Alli Aranguren

Publicado el 29/06/2024 a las 08:45

El día 19 de junio falleció en Pamplona a los 101 años Iluminada Belío Bon, nacida en Roncal en 1923, hija de Domingo y de Paula, viuda de Mariano Pascualena de Vicente. A sus hijos Carlos Mariano y María Teresa, Jorge y Mari Carmen, Mari Patxi y Eduardo, nietos Marta, Claudia y Pablo, la condolencia del hijo de un viejo amigo y compañero de la fallecida y de su familia.

Ilu tuvo siempre el recuerdo de sus vivencias en Roncal y mantuvo la devoción a la Virgen del Castillo. Su larga vida no fue fácil ni un jardín de rosas. Más bien dura y áspera como el Pirineo que atravesaba su madre como una de las jóvenes “golondrinas” que iban a Mauleón para trabajar de alpargateras durante el invierno, regresando al valle en la primavera. Su padre, mayoral en una ganadería de Egea de los Caballeros, enviudó muy joven quedando al cuidado de sus hijos Juan, Ricardo, Gabriela, Victorina, Iluminada y Lucio, sacándolos adelante con pocos medios, esfuerzo, trabajo y sacrificio, que les transmitió. Se formó en la escuela nacional de Roncal, participando en las labores familiares hasta que de la mano de la cocinera Carmen Garate vino a Pamplona a trabajar de doncella con los Negrillos-Amorena, siendo ambas las cuidadoras del matrimonio y de Primi, sobrino de la primera, que permaneció en la casa durante una convalecencia infantil convertida en vida, integrado como hijo en la familia.

Era una “real moza”, como se decía entonces, esbelta, con belleza, encanto y elegancia naturales, que realzaban el negro y los adornos blancos de su uniforme. Este es el recuerdo infantil que tengo de Ilu, tal y como refleja la foto. La relación con los empleados de la farmacia Negrillos creó una gran amistad con mi padre quien, coincidencias de la vida, ya la tenía con alguno de los hermanos de quien sería su marido.

En Pamplona conoció a un salacenco de Ochagavía, Mariano Pascualena, que era un “buen mozo” montañés y no un señorito pamplonés de bigotillo, en los que su padre Domingo veía un peligro para su guapa hija. Tras su matrimonio pasó de vivir en la calle Eslava 5 a la de Estafeta 55, en la reconocida fonda que el suegro Carlos había fundado y la familia gestionaba. Personas con iniciativa, abrieron un local comercial en las calles Amaya-Tafalla dedicado a ferretería y menaje doméstico, trasladando el domicilio a la calle Olite. Enviudó con 39 años, quedando al cuidado de tres hijos pequeños, demostrando que su entrega superaba las dificultades. Los educó en los valores que había recibido: bondad, honestidad y respeto a todos.

Afrontó la viudedad, el cuidado y la educación de los hijos con la fortaleza de ánimo y el espíritu de trabajo que tenía interiorizado desde su infancia. Como mujer sabia con profundas convicciones “edificó su casa” y familia, consciente por su fe de que si “Dios está en medio de ella, no será conmovida. Dios le socorrerá al clarear la mañana” (Salmo, 46,6). Por ello, sus hijos, nietos y todos cuantos la conocimos y tratamos la valoramos como un ejemplo de la “mujer navarra y roncalesa fuerte”. En ella “confió el corazón de su marido y no careció de ganancia”, fue como “nave de mercader, que desde lejos se trae su pan”, “se revistió de fortaleza y dignidad y sonrió ante el porvenir”, “con sabiduría abrió su boca y en su lengua estuvo la ley de la bondad”, “vigiló la marcha de su casa y no comió su pan de balde”. En su caso, no fue “engañosa la gracia” ni “vana la belleza”, sino duraderas a lo largo de su vida. Por eso “alzanse sus hijos y nietos y la aclaman bienaventurada”, “muchas hijas han hecho proezas, pero tú a todas sobrepasas” (Proverbios, 31).

Como proclamó su nieta Marta en su oración fúnebre leída en el funeral, Ilu fue “pura luz para toda la familia y para cada persona que conociese. Siempre con buenas palabas para todo el mundo y hospitalidad por los cuatro costados [...] Era compasión, bondad y aliento para aquel que se acercaba a ella buscando un brazo amigo. Era fortaleza, salud, espíritu de superación y afán por disfrutar de las cosas más sencillas”.

Estuvo convencida de que “después de un breve sueño, estaremos despiertos para siempre” (John Donne). Que la Virgen del Castillo de Roncal, a la que tanta devoción tuvo, le haya acogido, haciéndola “brillar con las estrellas, alto”; “jamás descansaré, arderé siempre” (Hidalgo).

El autor es amigo de la familia de la fallecida

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