La primera vez en el desierto de Belagua
La nevada dejó este viernes estampas de una NA-137 vacía y la historia de una pareja costarricense que a 1.428 metros, en el refugio, vio nevar por primera vez


Actualizado el 04/11/2023 a las 08:47
El puente de madera que une las instalaciones de El Ferial en Larra Belagua con la ladera opuesta era este viernes el límite, sólo lo cruzaba el único quitanieves que limpiaba la NA-137 por la mañana. Nadie más avanzaba en sentido Francia a partir de ese kilómetro 55. Alguno llegaba, observaba, sacaba el móvil para justificar su presencia en la primera nevada foral de la temporada y se volvía puerto abajo dejando más huella que nunca. Al rato, el quitanieves volvería a pasar y a barrer las huellas de los curiosos.
Así sucesivamente en el desierto de Belagua a 1.600 metros sobre el nivel del mar. Para encontrar vida había que descender unos veinte metros por la carreteras. Ahí, en una curva, un sarrio pequeño observaba el paso del vehículo y en cinco zancadas desaparecía entre una ventisca de fuerte viento y copos finos. No se sorprendía.
LA SORPRESA A 1.428 METROS
Las siguientes muestras de vida ayer estaban a 1.428 metros en el refugio Ángel Olorón. Eran Angélica Bonilla y Maicol Peralta, trabajadores costarricenses, y Marina Collado, la guarda. Trabajaban entre fogones a ritmo de 'Muerte en Hawaii', de Calle 13. Los dos primeros eran sorpresa y emoción personificadas. Ambos veían nevar, que no la nieve, por primera vez. “Hemos estado en Suiza, Alemania y Noruega, pero ya había caído la nieve, aquí la hemos visto caer nosotros”, comentaban orgullosos estos ‘ticos’ al calor de una chimenea que alimentaba Collado con un tocón.
“Me metí a la cama cuando estaba todo verde, me he levantado, he subido la persiana y he salido corriendo a la nieve”, relataba él. “He hecho como en una escena de las películas de Hollywood”, reían ambos, que llegaron el 4 de octubre al refugio Ángel Olorón para trabajar como voluntarios hasta el 15 de diciembre dentro de una estancia que están realizando en diferentes puntos de la Península Ibérica. “Veo los ventanales y me acuerdo de Costa Rica. Allí, cuando llega Navidad, decoramos las casas con nieve falsa. Aquí no hace falta”, dice ella mirando a través de las cristaleras por las que caen bloques de nieve cada cierto tiempo.


DE COSTA RICA A BELAGUA
Tras pasar por una granja cordobesa, una masía de Castellón de Ampurias y un restaurante cacereño, esta pareja decidió que era hora de subir al norte. “Nunca habíamos estado en Europa en verano y el calor ha sido sofocante. Por eso, al acabar el voluntariado en otras zonas decidimos cambiar a otro clima”, explicaban. “Al ver el listado de sitios que estaban dentro del programa nos fijamos en esta opción”, comentaron sobre un programa de intercambio de trabajo a nivel internacional en el que están participando.
“Nos permite conocer el país no como turistas sino de forma más local”, apuntaba esta pareja que trabaja desarrollando las tareas habituales del refugio durante cinco días a la semana y, después, libran dos. “Aquí preparamos las habitaciones, cambiamos las sábanas, organizamos la lavandería, limpiamos duchas y baños, ayudamos en cocina...”, enumeraban destacando la limpieza de este refugio navarro. “Todos los rincones están impecables”, señalaban desde el salón. “Este finde esperamos mucha gente por la nevada”, avisaron siendo conscientes de la afluencia de gente a la que tendrán que atender. Pero no sólo se fijaban en los de fuera, también en sus compañeros del día a día.
“En la temporada de verano estaban hasta doce en la plantilla. Nos acogieron como en nuestra casa, pero no cualquier casa”, aseguraba Angélica. “Como en la casa en la que te sientes bien, en la que están tus primos guays, en la que tu familia te cuida y entran tus amigos”, especificó mientras recordaba el primer día que llegaron. “Llegamos de noche, al día siguiente nos levantamos y vimos todo verde, fuimos a pasear y todo parecía de El Señor de los Anillos”, señalaban entre risas al hacer de nuevo una referencia al cine.
“Hemos conocido toda la transición de los colores de los árboles”, comentaba él transmitiendo una calma ajena a la rutina urbana. “La gente que viene aquí es muy agradable. Vienen a despejarse, están tranquilos...”, sentenciaba ella como si la altitud tuviera algo que ver en el cambio de actitud de los visitantes. Angélica y Maicol dejarán en diciembre el refugio para dar paso a nuevas aventuras. Igual que las hojas de los árboles y la nieve de las montañas que rodean Larra-Belagua y su refugio a 1.428 metros.
Te puede interesar


