Un pueblo con ritmo rural y servicios de ciudad

  • ​Badostáin es el apéndice de Egüés que se adentra en el valle de Aranguren, a un kilómetro del desvío que de la ronda de Pamplona da acceso a Mendillorri

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M.M. Badostáin

Actualizado el 05/12/2015 a las 06:00

"Siempre digo que vivo entre el Corte Inglés de Pamplona y el aeropuerto de Noáin, pero sin sus ruidos”, dice Kino Sánchez Sota para definir un pueblo, Badostáin, con la dinámica propia de un lugar rural pero con los servicios de una ciudad gracias a su cercanía a Pamplona (apenas 5 kilómetros y con un acceso rápido a través de su ronda), a los dos grandes centros comerciales de Navarra -Itaroa y La Morea- y las instalaciones deportivas y culturales de Egüés, valle al que pertenece. “Pero aquí, no había esa avidez por ceder terreno para construir urbanizaciones como ocurrió en otros lugares. Por eso sigue siendo tan pueblo”, añade este arquitecto técnico, de 64 años, con pareja y dos hijas.


Para este pamplonés nacido en la calle Jarauta, Badostáin supuso -y supone- el lugar donde poner distancia, reordenar las ideas y relativizar el tiempo (y la vida) para volver de nuevo al asfalto. “Buscaba un lugar donde descansar del ritmo de Pamplona. Y de casualidad me hablaron de este pueblo que apenas conocía por una carrera de coches y de venir alguna vez en fiestas. Había alguien al que le urgía vender la casa y en once horas ya era mía”, recuerda sobre cómo hace 23 años llegó a Badostáin. “Y de segunda vivienda pasó a primera, hasta que mis hijas se han independizado y a mí la casa se me hace un poco grande. ¡Tanta calefacción para uno solo!”, ríe.


CUARTO DE ESTAR AL AIRE LIBRE


Así que los cuarteles de invierno retornan a Pamplona donde junto a su pareja se acomoda además de al horario de su trabajo al académico del adolescente de Guinea Ecuatorial que tiene en acogida escolar. “Colaboro con la ONG de allá Sonage que trabaja con los orfelinatos del país. Cada verano vienen una treintena de chavales con familias navarras. Y muchos de ellos acaban bañándose en la piscina que tengo en Badostáin. Es curioso, viven en una isla, Malabi, pero apenas conocen el mar. Su vida se limita al orfelinato”, dice como si le pesaran las palabras.


Pero también esa piscina de su casa le trae una carcajada a la boca cuando recuerda como un acto fuera del programa oficial de fiestas de Badostáin se ha convertido en un ritual que muy poco perdonan . “El primer día los jóvenes vienen aquí, saltan la valla, y se me tiran vestidos a la piscina mientras yo les preparo un almuerzo. Eso me hace ser más de aquí”.


Y sus hijas. “La mayor vive en Madrid pero es más Navarra que el pacharán. Cuando me llama para avisarme que viene unos días de visita, lo primero que pregunta es, “¿nos echaremos unos potes por la Estafeta, verdad?”. Y lo segundo que quiere es venir a su casa en Badostáin. La pequeña también adora este lugar”, comenta mientras extiende su mano para abarcar este jardín, cuarto de estar al aire libre de vecinos y amigos, para disfrutar de la gastronomía de Kino. “Bueno, sí, se me da bien cocinar”, reconoce quién ha hecho paellas para doscientas personas o para dos gatos. “¡Aquello fue tremendo! Todos esperando, voy a ver como iba y ahí estaban los dos poniéndose las botas. Hubo que improvisar huevos con jamón”.


Anécdotas que se amontonan en este rincón del valle de Egüés que para Kino tiene su particular rincón, la ermita románica de Santa María. “Cuando ya te asientas en el pueblo, buscas tus rutas y rincones. Y aquí encontré el mío. A cierta altura uno no solo ve con más claridad el paisaje. Me gusta también porque convive la fe de la ermita con la realidad de la muerte del cementerio. Y aquí recargo yo mis pilas”.

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