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Restricciones

Hostelería, el cuento de nunca acabar

Muchos lo esperaban. Los excesos de la Navidad y la recurrente decisión de “atacar” a bares y restaurantes cierran el interior. Propietarios y camareros se sienten cansados de bregar en una guerra que no tiene visos de terminar. La factura es considerable

El venezolano Mikel Elguezabal, del Norte del sur, alaba la tenacidad de los clientes para bregar contra el frío fuera del local.
El venezolano Mikel Elguezabal, del Norte del sur, alaba la tenacidad de los clientes para bregar contra el frío fuera del local.
Goñi
Actualizada 24/01/2021 a las 06:00

Un bucle sin retorno. Como ‘La historia interminable’, aquella novela de origen alemán en la que ‘la nada’ iba eliminando poco a poco a la fantasía. Robándole la alegría, arrebatándole las ganas de seguir soñando. Una equiparación tremendamente real en estos días de incertidumbre, restricciones y, dicho sea de paso, hartazgo generalizado.

La tercera ola de la pandemia vuelve a ejercer de cortapisa en el mundo de la hostelería. Como el Perro del Hortelano de Lope de Vega, ahora sí, ahora no. Es el turno de la negativa. Del prohibir, otra vez, que los clientes puedan acceder al interior de los establecimientos en busca de un café, una caña y, por qué no, algo de compañía y distracción.

La resolución firmada por el Ejecutivo Foral vuelve a bloquear la puerta interior de estos locales, dejando a propietarios, camareros, cocineros, distribuidores y un extenso elenco de personas conectadas con la espada de Damocles cada vez más cerca de sus cabezas. De ahí que la sensación que hierve dentro del sector ya escalda sin remedio. En un paseo matutino por las primeras horas del nuevo escenario, la resignación y el hartazgo hacen mella tras las mascarillas.

CERTEZAS ASEGURADAS

Desde la mítica Plaza del Castillo, epicentro social de la ciudad, el bar Txoko lo tiene claro. “Nosotros aguantamos porque tenemos una terraza apañada, pero no estamos bien. Pensamos en la gente que no puede instalarlas y no nos entra en la cabeza”, se solidarizan. Por ello, indignados por cómo se van sucediendo las decisiones, lanzan un interrogante: “¿Qué pasa con los centros comerciales, el aforo de la Morea e Itaroa, el transporte público?”.

Unos metros más adelante, Juan David Díaz Perlaza se afanaba limpiando el bar Baviera antes de abrir sus puertas. “Los clientes ya no saben qué hacer. Nos dicen dos semanas pero nunca es así, siempre se alarga y no te puedes arriesgar a nada. Es una incertidumbre”, explicaba tras la barra. “No veo yo tiendas de ropa cerradas”, añadía molesto.

Caminar por las inmediaciones implica sumergirse en un mismo argumento. Decepción y deseo irrefrenable de que la solución sea definitiva. “El virus no entiende de establecimientos. Si cierras todo, lo cierras, pero no puedes decir hoy una cosa y mañana otra. Nosotros invertimos dinero en mejoras para los clientes y después no podemos hacerles frente”, indica Amira Lizarraga, con los primeros cafés del día del Windsor. “Yo desinfecto las sillas de la terraza puede que 50 veces al día. ¿Y los asientos de la villavesa, por decir algo?”.

La mañana avanza y la firmeza se instala en el bar El norte del Sur, con Mikel Elguezabal. “Nos está salvando el café para llevar, ya que al haber muchos locales cerrados, nivelamos. Admiramos la tenacidad de la gente para sentarse en el exterior con frío, viento...”. Y aprovecha para mostrar su indignación por aquellos establecimientos que no tienen aseo cuando es de obligado cumplimiento. “Y más con la covid”.

Desde la calle San Gregorio, Chen, del bar Norte, aguarda tras la barra. “Tengo dos mesas y cuatro sillas fuera, pero vendemos poco”, dice. Así las cosas, el último interrogante lo lanza el local Compañía Café, en la calle que lleva su nombre. “Estamos a favor del esfuerzo, pero no de los favoritismos. ¿Por qué se puede consumir en una carpa, que aunque esté al aire libre, está cerrada, y nosotros no? Aquí no se sirve alcohol y la gente es muy respetuosa. O todos o ninguno”, valora Luis González. “El virus no funciona diciendo aquí sí, aquí no”. El criterio es contundente. ¿Será la definitiva?

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