Cierre
Pamplona pierde otro comercio decano
Encuadernaciones Alfaro puso fin este viernes a 145 años de historia en el Casco Antiguo y con Jacinto Rodríguez Vinuesa se van cuatro generaciones


Publicado el 10/10/2026 a las 05:00
“La gente que ha entrado por la puerta”, ha sido para Jacinto Rodríguez Vinuesa lo mejor del oficio. Lo dice con la voz quebrada y las lágrimas a punto de asomar en el mostrador de Encuadernaciones Alfaro, que este viernes se quedó sin el letrero que durante 145 años ha atendido a la clientela en el Casco Antiguo de Pamplona. Jacinto cumplió este 9 de octubre 65 años, se jubila y bien podría encuadernar la historia de las cuatro generaciones de la familia que dejan un buen legado en la andadura de los establecimientos centenarios de la ciudad.
Todo comenzó con Víctor Alfaro sobre 1880, en el número 3 de la calle Mañueta, cerca de la churrería. Luego estuvo en la calle Mayor y en Estafeta. Han podido hilvanar la historia gracias a clientes que les han puesto sobre la pista, con anuncios en periódicos de la época... Aníbal, hijo de Víctor, le tomó el relevo y en 1932 trasladó el negocio al actual número 2 de la calle Carmen, entonces el 10.
Jesús Alfaro Amorena fue la tercera generación y le sucedieron sus hijas, María Pilar y Raquel Alfaro Iralde y su yerno Jacinto Rodríguez. Ellas tomaron después otro camino y Jacinto se quedó en el inicio de los 90 al frente del negocio que, desliza, ahora “no daba para sostener a una familia”. “Para sacarla adelante tendrías que subir mucho los precios y si los subes, ya sabes lo que pasa...”, repasa mientras atiende a los últimos clientes.
“No hay relevo, pero tampoco sería sencillo, por un lado porque el local no es nuestro, no se puede hacer traspaso, es de tercera generación, tercera prórroga, y la ley lo impide; aparte, cada vez hay menos trabajo, se digitaliza todo, se trabaja menos el papel”, pone rostro y cifras a la evidencia en el local de la calle Carmen, 24 metros cuadrados “con forma de quesito” donde el taller era casi un icono en un entorno hostelero.
Encuadernar revistas, libros de actas del Gobierno de Navarra, de Ayuntamientos, para empresas..., ha sido su trabajo durante 35 años. “Todo manual, con la guillotina para refinar cuando los libros están cosidos y encolados refinar los cortes para que queden igualados, luego se prepara las tapas, se redondea los lomos...” . Nacido en Ávila, cuando tenía 8 meses la familia recaló en Navarra, entre Marcilla y Peralta, donde su padre trabajó de vaquero en una ganadería; vivieron más tarde en Francia cinco años y de nuevo regreso a Navarra. “Comencé a trabajar a los 14 años, de fontanero”, explica que luego encadenó otros oficios, conoció a su mujer, Raquel Alfaro, y con ella se introdujo en la profesión que ha cerrado su trayectoria laboral.
Jacinto Rodríguez se reconoce abrumado por el cariño que ha recibido estas semanas, cuando los clientes han conocido el cierre: “La gente es muy amable, más de lo que muchas veces parece”, subraya.
Se difuminan en la nube de oficios en extinción los talleres artesanos de artes gráficas en Pamplona al estilo del suyo, apunta y recuerda el tiempo en que eran cinco en un negocio que vivió años buenos, pero cayó con la era digital y también arrastrado como tantos con la crisis económica.
Ha estado tres décadas solo en el taller. “Empezó mi mujer, pero sacó unas oposiciones y lo dejó; luego mi cuñada y a medida que iba disminuyendo el trabajo, pasó de jornada completa a media y luego me quedé solo, coincidió con la crisis económica que no se movía ni lo oficial”, apunta. Luego, a medida que fueron cerrando las encuadernaciones, se concentró “el poco trabajo que había. “Siempre que podía hacerlo porque había otros, digamos, más industriales, que eso yo no lo podía hacer, no tenía maquinaria para ello”, describe cómo ha subsistido.
Jacinto empieza ahora una labor a puerta cerrada, no menos complicada, la de vaciar años de historia. Ayer atendió en el mostrador hasta las tres de la tarde. Y luego llegó el momento más complicado, “el de quitar el cartel de la puerta”. Pero al menos está contento porque la guillotina, la prensa y el volvedor de lomos los han donado al Museo Etnográfico de Navarra, que ha aceptado el legado. “La otra opción era la chatarra y eso sí que yo no lo querría”, enfatiza. “Esa es una de las peculiaridades del taller, describe, porque tenías que llevar adelante la tarea mientras atendías al mismo tiempo el mostrador, un tiempo de conversación ”, explica y regresa a su agradecimiento por las palabras de tantas personas. “Es muy bonito, todos deseándote lo mejor, vienen expresamente para decirte que se alegran y que a dónde van a ir ahora”. ¿Y a dónde podrán ir? “Lo tienen complicado, un taller así como este, en Pamplona, yo creo que era el último”.
Vecino de Azpilagaña, Jacinto Rodríguez cubría cuatro veces el trayecto entre el barrio y el Casco Viejo. Pero nunca pudo ver el mercado de las Pulgas que tenía a pocos metros, en la plazuela de San José; ni ha visitado el Archivo de Navarra, al que tantas ganas le tiene. Estos son algunos de los propósitos para su jubilación. Y tallar madera, que tanto le gusta. La artesanía, las manualidades, seguirán cincelando su rutina. “No me aburriré”, sonríe apoyado en la guillotina.