Pamplona
Más gasto y espera: el precio de no encontrar bici eléctrica
Bases vacías y una necesidad acuciante de buscar alternativas. ¿La contrapartida? Tiempo y dinero. “Queremos una solución ya”, piden las personas habituadas a utilizar a diario el servicio de bicicletas públicas


Actualizado el 10/02/2026 a las 08:13
Frente a casi cualquier estación de bicicleta eléctrica en Pamplona, una escena se repite con excesiva frecuencia: usuarios consultan la app, miran los anclajes vacíos y vuelven a guardar el móvil con resignación. No hay bicis. O las pocas que aparecen como disponibles desaparecen antes de llegar. La escasez y el deterioro progresivo del servicio se han convertido en un problema para quienes apuestan por esta forma de movilidad.
Y es que lo que comenzó como una alternativa rápida, económica y sostenible va transformándose en una opción cada vez menos fiable. “Tienes una rutina marcada, en mi caso para ir a trabajar, y desde enero va de mal en peor. Yo me he quedado colgada cantidad de veces”, sostiene la pamplonesa Irune Santesteban. Temor que no solo maneja esta auxiliar de enfermería sino que se repite entre los abonados tras el órdago lanzado por Ride On, la empresa concesionaria. Por segunda vez, amenazan con dejar de prestar el servicio (como ya ocurrió en abril de 2025) por falta de capital. En este caso, la cuenta atrás finaliza el viernes a medianoche. Un riesgo, el de quedarse definitivamente sin bicicletas, que preocupa en la calle. Ciclistas como Marcos Carrasco, Martín Duarte y Susana Góngora, entre otros, ya avisan de las consecuencias más inmediatas.
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“La principal ventaja de la bici eléctrica es el tiempo”, plantean. Y es que trayectos que a pie se alargan más de media hora se resuelven en apenas diez o doce minutos. Y citan ejemplos: de la Plaza de Toros a la UPNA, 11 frente a 33; y del Ayuntamiento a San Jorge, 12 pedaleando y 37 caminando. Diferencias que los usuarios conocen de sobra. “Estoy cogiendo el coche de mi compañera de piso para ir a clase porque a pie pierdo demasiado tiempo”, expone la mexicana María Henestrosa.
EN EL BOLSILLO
Tesitura real en la base de la calle Monjardín, vacía a las 9 de la mañana; como también la situada frente a la UNED o la de la calle Tajonar. “Aún tenemos suerte, aquí hay tres”, indicaba media hora más tarde Iker Suárez frente al aulario. Cuatro de los muchos ejemplos que dan paso a la segunda de las alternativas: la villavesa.
Sin embargo, el cambio no es neutro, ya que supone pagar más por un servicio más lento; especialmente en hora punta. Y los números lo dejan claro: un billete sencillo cuesta 1,70 euros sin tarjeta. Con ella, el precio baja a 0,51 euros el viaje diurno y a 0,74 el nocturno (con la actual subvención al transporte). Para quienes optan por el abono mensual, el coste es de 21,80 euros cada 30 días. Frente a eso, la bicicleta eléctrica municipal ofrece una diferencia difícil de ignorar. El abono de año cuesta 35 euros, con un añadido de 0,30 euros por desanclaje (primeros 20 minutos gratuitos). Esto es, un año suscrito cuesta unos trece euros más que un solo mes de villavesa.
Pero la comparación no se queda solo en el bolsillo. También se mide en minutos. Mientras la bici permite trayectos directos y previsibles, el urbano pierde eficacia cuando cae la noche. “Si sales de juevintxo es desesperante”, indica Macarena Fonseca, vecina de la Txantrea. “Al haber menos frecuencias, tienes que esperar y das más vuelta, con transbordos o rodeos (su pareja reside en Barañáin)”, añade. En su caso, lo que en bicicleta se resolvería en diez o doce minutos puede alargarse fácilmente al doble o al triple en la villavesa.


POSIBLE
Así las cosas, sin bicicleta ni autobús, el coche entra en escena. Pero el coste se multiplica: más kilómetros, gasolina y el desgaste de las retenciones en hora punta. “Eso para el que lo tenga”, ríe Kike Fajardo, vecino de Vitoria y quien solamente viaja en coche cuando algún amigo le lleva. “No es práctico porque no tenemos los mismo horarios y tengo que buscarme la manera de volver a casa”, se queja. ¿Y la bici convencional? “Requiere más esfuerzo y no siempre se adapta a trayectos largos o desniveles”, valora este universitario. “Vivo en Mendillorri, no es una opción”. Dicho esto, la preocupación sigue presente en forma de erosión constante; afectando a estudiantes, trabajadores y vecinos que ya habían integrado la bicicleta eléctrica en su rutina diaria. ¿La pena? Que Pamplona tiene una red que hace viable su uso, ciclistas dispuestos a utilizarla y un servicio que, por el momento, pende de un hilo.