Reportaje
2025, el año en el que Pamplona normalizó vivir en la calle: “Hay una crisis humanitaria”
Más de 200 personas duermen en la calle en pleno invierno, sin censo oficial, recursos suficientes ni un plan integral de acogida. El sinhogarismo en Navarra ha dejado de ser una emergencia puntual para convertirse en una fractura estructural; así han transcurrido los últimos doce meses en esta tierra que presume ser líder en calidad de vida
Publicado el 28/12/2025 a las 05:00
A las nueve y media de la noche del 30 de diciembre de 2024, el termómetro marca cero grados junto al río Arga, en Pamplona. La humedad roza el cien por cien. Bajo un puente, entre ramas y zarzas, Sufyan, un joven marroquí de 21 años, asoma el gorro de lana desde un refugio improvisado. "Aquí duermo", dice, señalando la maleza como quien indica una habitación cualquiera.
Lleva cuatro meses sobreviviendo en la ciudad tras un viaje extremo desde Marruecos hasta Navarra: cruzó Europa a pie, escondido en camiones, con heridas de mordeduras de perros policiales y una pierna rota. Todo lo que posee cabe en el suelo que pisa: una manta, un saco de dormir y una colchoneta. Come una vez al día, algo de bollería obtenida gracias a un pequeño banco de alimentos de la Rochapea.
Las llamadas al 112, a la Policía Municipal y al albergue para alertar de su situación se repiten sin resultado. No hay plazas. La respuesta es siempre la misma: un billete de autobús para enviarlo a otra ciudad. Sufyan lo rechaza. Y esa noche de diciembre regresa al agujero de maleza junto al río.
Su historia abre el año 2025 y confirma una realidad incómoda: el sinhogarismo en Navarra ya no es una emergencia puntual, sino una fractura estructural.


Semanas después, febrero de 2025, mientras el invierno sigue apretando, once entidades sociales elevan la situación al Defensor del Pueblo de Navarra. Denuncian un bloqueo administrativo que mantiene a cientos de personas sin hogar atrapadas en un limbo en Pamplona: solicitan empadronarse y no obtienen respuesta durante meses. Sin padrón no hay sanidad, ni ayudas, ni regularización. La espera se alarga mientras la calle se cronifica.
El Ayuntamiento reconoce acumulación de expedientes, pero defiende nuevos protocolos. Sobre el terreno, el efecto es otro: el padrón, que debería ser una puerta de entrada a los derechos, se convierte en un muro. En edificios abandonados de Aranzadi y Echavacoiz, bajo puentes y entre solares, decenas de jóvenes migrantes sobreviven hacinados. Duermen envueltos en mantas húmedas, rodeados de basura y ratas, sin agua ni luz, sin salidas seguras. Si hubiera un incendio, nadie sabría cómo escapar.
En solo cinco puntos de la ciudad este periódico documenta al menos 85 personas durmiendo a la intemperie. Hay muchos más lugares. Los Servicios Sociales no activan medidas extraordinarias. La única asistencia llega de manos de voluntarios de asociaciones y redes vecinales. Las entidades hablan ya sin rodeos de "crisis humanitaria”.


En paralelo, comienza a consolidarse una práctica silenciosa que atraviesa todo 2025: la expulsión encubierta de personas sin hogar mediante billetes de autobús. Fuentes policiales confirman que, solo durante varios episodios de frío intenso, decenas de personas son derivadas fuera de Pamplona con destino a otras ciudades, principalmente a comunidades limítrofes, tras acudir al albergue y no encontrar plaza. Algunas aceptan por agotamiento.
La itinerancia se convierte en norma. El límite se rompe y las líneas rojas se terminan de cruzar definitivamente cuando este periódico visibiliza la realidad de familias con niños y bebés durmiendo en la calle. Un matrimonio argelino y sus dos hijos pequeños pasa seis noches a la intemperie tras agotarse un bono hotelero de emergencia. El mayor tose y vomita una mañana en el interior de una asociación, donde han acudido, aferrándose a ella como último recurso.
En la misma sala donde voluntarias les ofrecen desayuno, hay otras tres familias con niños también en situación de calle que duermen en una bajera de la calle Descalzos. El consistorio reconoce el colapso de los dispositivos de urgencia. Las ayudas se miden en días contados, incluso con temperaturas bajo cero. La protección se vuelve excepcional..


Con la llegada de la primavera, el foco de la exclusión se posa sobre quienes ya llevan meses, incluso años, atrapados en la calle. Samba, senegalés de 44 años y padre de cuatro hijos, sobrevive en una habitación sin ventanas de un edificio abandonado. Viajó en patera hasta la costa española, fue operado de urgencia en Navarra y, en pleno 2025, vive sin luz y sin apenas comida, estudiando castellano por las mañanas y regresando siempre al mismo rincón oscuro.
A su lado duerme Mohamed, de 19 años, que esconde a su madre la verdad: le dice que vive en un piso de una asociación, cuando en realidad duerme en una ratonera. Ambos forman parte de un colectivo de más de 250 personas que el pasado mes de mayo sobreviven en Pamplona. No es solo pobreza. Es desgaste físico y psicológico.


Junio. La emergencia adopta nuevas formas. En la Comarca de Pamplona, el llanto de una bebé de once meses alerta a varios viandantes de madrugada. Creen que procede de un contenedor. La Policía Foral encuentra a la pequeña bajo el alero de una nave industrial, buscando el pecho de su madre. Junto a ella duermen sus tres hermanos, de 8, 5 y 2 años, arropados con una manta junto a su padre. Es la segunda noche que la familia pasa allí. La escena se repite al día siguiente y al otro.
La familia, de origen rumano, explica que regresaron a Pamplona tras un periplo por Bélgica. Semanas antes habían recibido un bono de hotel de tres noches. Después, ninguna alternativa. La policía les lleva leche y galletas para el desayuno de los niños.


—Solo pedimos una habitación para cuidar a los críos y que puedan volver a la escuela.
Ese mismo mes, la paradoja alcanza un punto extremo. Ishak, joven argelino de 24 años, gana dos medallas en un torneo internacional de artes marciales en Bilbao mientras duerme en un edificio abandonado de Echavacoiz. Entrena, compite y sobrevive con una comida al día. Guarda sus medallas como si fueran un salvavidas. No representan un triunfo deportivo, sino la prueba de que todavía es alguien.
Su historia desmonta estereotipos: jóvenes con disciplina, talento y voluntad atrapados por la falta de un techo y un trámite administrativo. No piden caridad. Piden una oportunidad. En los días posteriores al torneo, cuando intenta dormir en el albergue tras varios días sin comer, la respuesta vuelve a ser la misma: lleno. La alternativa, un billete de autobús para salir de Navarra.
El verano no trae alivio. La precariedad se transforma en inseguridad. Dieciséis jóvenes escriben al Defensor del Pueblo alertando de agresiones, robos, cuchillos e incendios. “Vivimos en un espacio sin ley”, denuncian, refiriéndose al edificio abandonado de la antigua ikastola Jaso. El inmueble no es un hogar, es un refugio forzado ante la ausencia de alternativas. La violencia se convierte en una consecuencia más del abandono prolongado.


Septiembre y octubre. Con el otoño, el sinhogarismo irrumpe en las aulas. Niños y niñas que duermen en coches, bajo aleros o en naves industriales llegan agotados a clase. R., de 9 años, su madre y sus hermanos —una de ellas de 24 años y embarazada— llevan semanas durmiendo en una furgoneta prestada. Algunos de estos niños, denuncian los profesores, se duermen sobre el pupitre. Los centros educativos no reciben información.
Los docentes improvisan: pagan habitaciones, gestionan comida, activan redes solidarias. Mientras tanto, los desalojos bajo puentes se intensifican. Personas que llevaban meses en el mismo punto son obligadas a desplazarse sin alternativa real. “Nos empujan a escondernos más”, repiten.
La asociación Elkarri Laguntza – Apoyo Mutuo publica un informe que confirma lo que las calles llevan meses mostrando. Más de 200 personas viven sin techo en Pamplona. No existe un censo oficial. Hay más de 500 solicitudes de empadronamiento pendientes, con esperas de hasta siete meses. Durante el invierno 2024–2025, más de 100 personas quedaron fuera de los dispositivos de frío.
El perfil ha cambiado: jóvenes migrantes de entre 21 y 27 años, familias con menores, mujeres expuestas a violencia, adolescentes fuera del sistema de protección. El informe desmonta el argumento del efecto llamada: “Vivir sin techo, sin comida y sin atención no genera atracción. Genera atrapamiento”.


Finales de noviembre. No hay nada más duro que caer en el olvido bajo un puente y ser expulsado de ese refugio incluso cuando se aproxima un temporal de lluvia y nieve, sin saber a dónde ir. Así lo relata, entre lágrimas, K., un ecuatoriano de 50 años que, desde enero, sobrevive a la intemperie bajo un transitado viaducto que conduce a Pamplona. K. se encuentra acurrucado bajo una ojiva de piedra, con un plato de arroz blanco y frío entre las manos y los pies descalzos sobre una alfombra que ya no absorbe más humedad.
La percepción de algunas de las personas sin hogar consultadas por este periódico durante un recorrido por ocho puentes, justo cuando Navarra se prepara para disfrutar de otros “puentes”, es que los desalojos policiales se han intensificado.
Denuncian que su seguridad está siendo empujada hacia una invisibilidad aún mayor, obligándolas a esconderse entre la maleza y en recovecos imposibles. Mientras tanto, en este contexto de vulnerabilidad, “Navarra se mantiene como la comunidad del Estado con mayor calidad de vida”. Así lo publica la web del Gobierno foral el 31 de octubre.
Colectivos sociales exigen al Ayuntamiento de Pamplona habilitar inmuebles vacíos antes de la llegada del frío. Reclaman eliminar trabas administrativas, como la exigencia del padrón, que dificultan el acceso a recursos básicos, y piden crear un censo de viviendas desocupadas. Con un tono contundente, acusan al consistorio de mantener una política de abandono y criminalización del sinhogarismo. La institución que debería aliviar la emergencia, manifiestan, se está convirtiendo en un mecanismo que expulsa y castiga a quienes se encuentran ya al límite.








Diciembre. Dos personas caen por el hueco de un ascensor en un edificio ocupado de Aranzadi. Una resulta gravemente herida. Setenta personas duermen allí cada noche. En los días más duros del temporal, el albergue vuelve a saturarse y reaparece la solución conocida: billetes de autobús para abandonar la ciudad.
El año termina como empezó: con frío, humedad, personas esperando una respuesta que no llega... y una buena noticia: R., de 9 años, su madre y sus hermanos han conseguido salir de la furgoneta y del barro gracias a la abrumadora respuesta de la sociedad civil. De momento, en un hostal hasta que puedan acceder a dos habitaciones.
Según las entidades sociales, más de 200 personas duermen en la calle en Pamplona y Comarca a las puertas del invierno. No hay censo oficial, no hay recursos suficientes, no hay un plan integral. Navarra presume de calidad de vida, pero entre las grietas del bienestar se consolida una exclusión que ya no es coyuntural.
El sinhogarismo actual hunde sus raíces en crisis globales: guerras, migraciones forzadas, pobreza... y se agrava. No es una cuestión de números, sino de decisiones. Cada noche sin techo, cada trámite bloqueado, cada billete de autobús que expulsa a alguien de la ciudad, cada niño que va a clase sin haber dormido interpela directamente a quien mira hacia otro lado y normaliza. No son cifras. Son vidas.


