Salud
Noches de extremo calor e insomnio en el Hospital Universitario de Navarra
Crónica de esta mañana de domingo en el interior del centro sanitario, donde las habitaciones superan los 30 grados


Actualizado el 17/08/2025 a las 23:51
Las persianas llevan días bajadas en las habitaciones de la quinta y sexta plantas del Hospital Universitario de Navarra. En una de ellas, permanece ingresado Carlos Ardanaz, paciente de ELA en fase terminal. El ronroneo de los ventiladores es la única banda sonora al pisar los pasillos. Giran sin descanso, pero apenas alivian. El aire es espeso, inmóvil, sofocante ya desde el umbral del edificio.
Este domingo, a las diez y media de la mañana, el termómetro vuelve a subir sin tregua y anuncia otra jornada de ola de calor. La última, dicen, porque mañana empezarán a descender las temperaturas. Dentro, en la quinta y sexta planta, el calor se instala como un paciente más. Recorrer los pasillos es toparse con profesionales exhaustos, abanicándose con folios mientras continúan trabajando sin descanso. “Solo hay una grúa y un celador en la mañana de este domingo para dos plantas”, denuncia una paciente.
Carlos no ha dormido. Acumula ocho noches en vela, con la respiración corta y nerviosa, sostenida apenas por la cánula de oxígeno. La víspera, el calor fue tan extremo que la máquina de oxígeno que María lleva portátil en el bolso llegó a pararse, relata. Por las noches ella le da de beber a cucharadas de agua gelificada cuando él susurra que tiene sed. “Solo pide agua... y volver a casa”.

En los pasillos, abanicos improvisados, ascensores atestados donde solo se habla del calor, salas en las que los termómetros se convierten en protagonistas involuntarios.
A media mañana aparece Tamara, la hija de Carlos y María. Sonríe al entrar, se esfuerza en animar a su padre.
—¡Papá! Anoche cené un helado de limón a tu salud. ¿Te acuerdas, cuando me comprabas uno de niña?
Carlos apenas asiente. Las fuerzas se le van en sostener la memoria. Luego murmura, con voz frágil:
—No sé si llegaré a las fiestas de Olite el 13 de septiembre.
El silencio se impone segundos. Tamara le toma la mano como queriendo anclarlo al presente. Le habla de la vida afuera, de lo cotidiano, de lo que ocurrirá cuando el calor amaine. Incluso de la falta este domingo de autobuses de Olite a Pamplona.
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El periodista que los acompaña estos dos días se despide hasta mañana. De regreso por los pasillos escucha las mismas frases, una y otra vez: “Qué calor”, “no se puede más”, “a ver si refresca”. Expresiones que flotan en el aire denso sin ofrecer consuelo. En su recorrido se detiene en una carta publicada en el periódico por un enfermero de la sexta planta. El texto describe la situación como “un invernadero tropical”.
“Hace dos años, en 2023, como medida alternativa ante el calor, la unidad se desdobló en dos, lo que permitió ubicar a los pacientes en habitaciones individuales o mejor acondicionadas en otras instalaciones del hospital. Fue insuficiente, pero supuso un alivio parcial y demostró que, con voluntad, se pueden encontrar soluciones. Sin embargo, en los dos últimos veranos no se ha hecho nada y los episodios de calor extremo se han repetido e intensificado. Mientras se destinan recursos a peonadas, resulta incomprensible que no se invierta en algo tan básico como la climatización. La salud y la dignidad de pacientes y profesionales no pueden depender de la previsión meteorológica”, advierte.
El enfermero concluye con una invitación irónica a los responsables sanitarios: que pasen una tarde en la sexta planta, donde el calor tropical hace que el sudor caiga inevitablemente sobre los pacientes. “Aquí no crecen orquídeas ni mangos, pero sí el agotamiento”.
Ocho noches de ola de calor en la quinta planta. Ocho noches de insomnio y espera.

