Seguridad ciudadana
Ni rastro de las dos patrullas permanentes en Echavacoiz
El Ayuntamiento de Pamplona anunció el lunes que la Policía Municipal mantendría una vigilancia "constante y permanente" en el antiguo edificio de la ikastola Jaso con dos vehículos, pero en la práctica solo hay uno y no de forma continua


Actualizado el 29/07/2025 a las 23:09
“¿Me puede acompañar hasta el puente? Me da miedo cruzar sola por ahí”, pide Juana, vecina de Echavacoiz, a este periodista que se encuentra recorriendo la zona. “Por ahí” se refiere al camino fluvial que discurre entre el río Elorz y la antigua ikastola Jaso, ahora ocupada por más de cincuenta jóvenes sin hogar. Ese sendero conduce al centro de salud del barrio, pero también, según muchos vecinos, al miedo.
El periodista intenta calmarla:
—El Ayuntamiento aseguró en nota de prensa ayer (por el lunes) que mantendrán dos patrullas de Policía Municipal vigilando de forma constante y permanente.
Juana gesticula.
—No he visto ningún policía. Si los hubiera, sí me atrevería.
Efectivamente, este martes 29 de julio, la realidad es distinta a la anunciada por el consistorio. A las diez de la mañana no hay agentes vigilando en la parte trasera del edificio. Solo un vehículo policial, aparcado encima de la acera, permanece en la fachada principal, la que da a la Avenida Aróstegui, con al menos tres agentes dentro.
Se respira cierta calma tras los dos episodios de reyertas con cuchillos, botellas y palos que dejaron el domingo dos heridos y que terminaron con tres intervenciones policiales en menos de 24 horas. Pero la tensión está presente, aunque no siempre se vea. Juana lo confirma al revivir lo que sufrió hace dos meses en este camino:
—Me atracaron. Me golpearon la mano hasta que consiguieron llevarse la cartera. También me robaron el móvil. Denuncié y me aseguraron que los detendrían, pero que al día siguiente estarían en la calle.
Desde entonces, lleva una alarma sonora colgada del bolso, que se activa al tirar de una argolla.
—Llevo 33 años en el barrio y ahora me tiemblan las piernas al cruzar sola por esta zona.
Juana no es la única que siente miedo. Dos mujeres en bicicleta se detienen frente al puente colgante sobre el río Elorz. Antes de atravesarlo, se paran para contar que vienen a pasear, “pero nunca solas”, dicen. Una de ellas añade:


—Sin presencia policial detrás del edificio, es como si no hubiera vigilancia.
Otro vecino, que ha salido a caminar desde temprano, lo confirma:
—No he visto ni una sola patrulla en todo el paseo.
Enrique, también residente, comenta las consecuencias cotidianas de la inseguridad. Su madre ya no atraviesa el sendero para ir al centro de salud; ahora da toda la vuelta por la carretera.
—Ese edificio hay que tirarlo, pero antes hay que ofrecer una solución a quienes viven dentro. Si no, el problema se traslada.
Una tercera persona se niega a hablar:
—Me da miedo.
El periodista accede al interior del edificio ocupado. Sorprende el silencio. Algunos jóvenes con mochilas salen rumbo a sus clases de castellano. Kamal, uno de ellos, rompe este silencio.
—Nosotros también tenemos miedo. Hay un grupo que está siempre drogado y perjudica a todos.
Su relato es tan sincero como devastador:
—La violencia es consecuencia de la presión que sufrimos. Somos migrantes, sin papeles, sin hogar, sin ayuda. En mi caso, huyo de un régimen dictatorial buscando dignidad y aquí me encuentro con otra forma de exclusión. Vivir en la calle también duele. La presión psicológica es brutal. Nos sentimos invisibles.
Al preguntarle por la solución, responde con firmeza:
—Necesitamos acompañamiento social y orientación desde el primer día para conocer nuestros derechos y deberes. Y necesitamos un techo compartido. Igualmente, es importante aplicar la ley con justicia, sancionando a quienes cometan delitos, sean migrantes o no. No pedimos privilegios. Solo buscamos una oportunidad para vivir con dignidad y empezar de nuevo.
Se despide. En el camino se cruza con una mujer que practica deporte y un hombre de avanzada edad que pasea. El coche policial sigue en su sitio una hora después, en la puerta principal. Pero a las dos desaparece. El periodista comprueba que hasta las tres de la tarde no hay un solo agente uniformado en todo el perímetro. A esta hora, una nueva patrulla toma el relevo, alternándose cada hora y media con otro, al menos hasta el último turno de la tarde. Después llegará la noche, y la situación continuará igual. “No contamos con suficientes efectivos para mantener de forma permanente dos vehículos vigilando esta zona”, explican a este periódico agentes del cuerpo.

