En primera persona

La cara oculta de la prostitución en San Fermín: "A mis hijas les digo que trabajo en una fábrica"

Los clubes de Pamplona duplican el número de mujeres que ejercen ante el aumento de clientes, la mayoría extranjeros. A ellos se suman los pisos, como un loft de Pamplona desmantelado recientemente por la Policía Nacional

Sara, de 37 años, es madre de dos hijos de 10 y 18 años. Vive con sus padres en Pamplona y desde enero ejerce la prostitución en un club de alterne. “Lo hago por necesidad económica; me quedé viuda estando embarazada”, explica.
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Sara, de 37 años, es madre de dos hijos de 10 y 18 años. Vive con sus padres y desde enero ejerce la prostitución en un club de alterne. “Lo hago por necesidad económica; me quedé viuda”, explica
Sara, de 37 años, es madre de dos hijos de 10 y 18 años. Vive con sus padres en Pamplona y desde enero ejerce la prostitución en un club de alterne. “Lo hago por necesidad económica; me quedé viuda estando embarazada”, explica.

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Carmen RemírezIván Benítez

Actualizado el 06/07/2025 a las 08:18

El loft de Lezkairu  acogía en realidad un prostíbulo con cámaras. Una investigación reciente de la Policía Nacional que logró liberar a varias esclavas sexuales en Pamplona descubrió que las mafias grababan continuamente a las chicas para controlarlas. Así lo contaban. 

“No apagar las cámaras”, advertían los carteles a los inquilinos del loft de Lezkairu para que no desconectaran el sistema de grabación instalado en la vivienda. En las imágenes, las esclavas sexuales que ‘trabajaban’ en el domicilio, un piso prostíbulo desmantelado recientemente por la Policía Nacional en una operación contra la trata desarrollada en todo el país. Además de este bajo, los agentes accedieron a otro piso en el que inmigrantes de origen brasileño ejercían la prostitución en Pamplona. Estaba ubicado en el barrio de Iturrama. Como resultado del operativo en Navarra, se liberó a dos mujeres. En toda España fueron 18, con 5 personas detenidas entre Bilbao (3) y Gijón (2).

Fue esta semana pasada cuando la Policía Nacional dio a conocer a raíz de un comunicado de prensa dos importantes operaciones simultáneas en las que se actuó contra dos redes de explotación sexual con mujeres extranjeras como víctimas. La responsable del grupo que lideró su parte en Navarra explica que uno de los casos se inició a raíz de una denuncia en Salamanca de una víctima explotada en Santander, mientras que la segunda tuvo su origen en Pamplona, donde se localizó y trabajó con una testigo protegida que había sido explotada en Vitoria, Bilbao y Santander. “Cuando estábamos mirando el tema se produjo un cruce con la Ertzaintza, que también estaba sobre el tema, y se llevó a cabo una operación conjunta”.

Los policías fueron comprobando que estas redes trabajaban en pisos prostíbulos donde se llevaba a cabo la prostitución. “En Pamplona se detecta un piso que inicialmente tienen de alquiler en Iturrama. Luego pasan a un segundo piso, también en este barrio. En estas viviendas tienen controladas a las mujeres incluso vía grabaciones . Las chicas van rotando y los investigados suelen visitarlos para recaudar dinero de la actividad”. En ambos pisos se encontraron drogas que utilizaban para vender a los ‘clientes’, añadieron desde la Policía. El perfil de las víctimas también es coincidente. “Todas son mujeres jóvenes que vienen a España engañadas con la excusa de mejores oportunidades, de una vida mejor”. 

Ana, dominicana de 43 años, se prepara para empezar su jornada en el club.
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Ana, dominicana de 43 años, se prepara para empezar su jornada en el club.Iván Benítez
Ana, dominicana de 43 años, se prepara para empezar su jornada en el club.

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DENTRO DE UN CLUB DE ALTERNE

Pero la prostitución no se explota solo en pisos ocultos y vigilados por cámaras. También se desarrolla en espacios más visibles y legales, con las puertas abiertas al público, donde las mujeres, aunque aparentemente no están físicamente retenidas, llegan por decisiones condicionadas por la falta de alternativas. La mayoría son personas migrantes, atrapadas en otra forma de dependencia: sin barrotes, pero con los grilletes de la necesidad económica. Una libertad condicionada por la precariedad. 

En uno de estos espacios, en un club de alterne a las afueras de Pamplona, un cartel anuncia una fiesta pre-San Fermín para el 5 de julio. La imagen muestra a un grupo de mariachis y una frase: “Damos la bienvenida toda la noche a los Sanfermines con visitas de todos los países y música en vivo”. Es el preludio de los días más intensos del año para este tipo de locales, que duplican el número habitual de mujeres durante las fiestas.

El edificio tiene dos accesos: uno conduce directamente al bar, donde trabajan habitualmente unas 15 mujeres de distintas nacionalidades; el otro lleva al hospedaje, con habitaciones privadas. En un lateral, quedan restos de la barbacoa que celebraron al mediodía: una paellera industrial y una piscina hinchable.

A la entrada, una cámara controla a quién llama.

—Doña, le buscan —dice una de las trabajadoras al abrir la puerta.

Raquel, gerente del local, está reunida en un reservado. Son las nueve de la noche del 30 de junio. Desde el otro lado se oyen conversaciones sobre horarios, transporte, contratación de personal que hable idiomas... La maquinaria de los Sanfermines ya está en marcha.

—Espere en la suite —indica la recepcionista.

La Suite Diamante, como reza el cartel en la puerta, está en la planta baja, con una cama extragrande, un altavoz, una bañera-jacuzzi, un baño con ducha, dos toallas, un sofá y una gran pantalla. Huele a incienso y ambientador. Se oyen tacones que bajan y suben y el sonido de música de salsa se cuela desde el bar. El periodista sale de la suite y comprueba lo que hay en el otro lado, en la barra. Allí, un grupo de mujeres conversan o permanecen pendientes de sus móviles mientras esperan. A las nueve de la casi noche, se distingue a un hombre en un rincón. Entre las chicas están Sara, de 37 años; Ana, de 43; y M., de 30.

Raquel ha terminado la reunión y propone que la entrevista se realice en un “reservado”, que antiguamente hacía las funciones de gimnasio. Raquel, vestida con un vestido blanco, se sienta al otro lado de una mesa, junto a un espejo y dos pósteres desgastados por el paso del tiempo, casi amarillentos. Uno de ellos dice que “las fiestas más calientes” se celebran en este lugar. “Ahora aquí la gente se reúne para hacer su fiesta, tomar copas, se reúnen grupos, beben traguitos, bailan...”.

¿Cómo son los Sanfermines dentro de un club de alterne?

Cambia un poco, sí, respecto al resto del año. Vienen más extranjeros. En realidad, el nacional no viene. Vienen principalmente franceses y de países de habla inglesa. Y el horario de las trabajadoras cambia. Esto es como una empresa. Y como en el resto de bares y discotecas en Sanfermines, hay que contratar más personal. Porque hay más clientes. Podemos pasar de quince a cuarenta chicas de media durante estos días festivos.

En estas fiestas se consume mucho alcohol y drogas.

España tiene una cultura de clubes de alterne. Es el país con más locales de este tipo de toda Europa. La gente lo ha normalizado. Hay gente que trata bien y quien trata mal. Depende de las personas. Y aquí no hay ninguna chica obligada. Las chicas sufren donde las puertas están cerradas, como en los pisos. Allí sí que sufren sobremanera. Abusan de ellas, las roban, las agreden, las obligan a beber y drogarse... ¿Y qué se hace por ellas? Nada. Aquí puedes ir ahora mismo al salón y hablar con ellas. Aquí nadie las controla.

¿Tienen papeles?

Sí, pero si hay alguien indocumentada, no la dejo en la calle.

La Policía Nacional ha llevado a cabo una operación contra pisos de prostitución en Pamplona.

A eso tienen que ponerle freno. Aquí pueden entrar e investigarlas sin problema. En los pisos no sabes quién está dentro ni en qué condiciones se encuentra.

¿Cómo son las personas que consumen prostitución?

De los clientes no te puedo hablar porque son intocables. Son cosas privadas. Vienen, se toman su bebida y puede que se vayan a la habitación o no. Hay los que solo vienen a ver fútbol, porque tenemos una pantalla gigante. Lo ven, hasta traen unos dulcitos y camisetas. Ahora vino un grupo de cinco o seis para confirmar si el 5 de julio hay una fiesta de mariachis. “Venimos, venimos”, han dicho. Aquí vienen de todos los lados, de aquí y de allá. Aquí la puerta está siempre abierta. Quien quiera puede entrar y tomar algo. No es obligatorio hablar con las chicas.

¿Cuántos hombres pueden pasar por aquí en fiestas?

No sé. Unos cincuenta al día, podría ser. Esto ya no es lo que era. Hace años venían doscientos.

¿Qué habéis programado el 5?

Prepararemos una fiesta de bienvenida a las fiestas, y a las chicas que no sepan de qué va esto, les explicaremos.

Las 15 mujeres que el 30 de junio se concentran en el bar, sentadas en banquetas altas, parecen muy jóvenes. Entre ellas hay dos españolas. Pagan sesenta euros al día por derecho a habitación, desayuno, comida, cena. Esta primera semana de julio el número de mujeres se duplicará.

¿Qué le da miedo de estos días?

El exceso de trabajo.

Raquel ofrece un último consejo al periodista antes de invitar a alguna chica a conversar: “No las presiones. Déjales hablar”.

Sara, 37 años: 

“A mis hijas les digo que trabajo en una fábrica”

Tres mujeres acceden a hablar. Utilizan los nombres profesionales con los que se las conoce en el club. Aseguran que llevan una doble vida para proteger a sus familias y también a sí mismas. Se definen como libres, y ejercen por voluntad propia, pero es una libertad con cadenas. Porque, dicen, no les ha quedado otra opción: son madres, hijas, hermanas, separadas, divorciadas, viudas, con importantes cargas económicas. El 98 % de las mujeres en este local son extranjeras. Fuera de estos tabiques intentan llevar una vida “normal”, con aficiones, problemas y sueños.

Sara es madre de dos hijos: una niña de 10 y un joven de 18. Vive con sus padres en Pamplona. Sale de casa a las cuatro y media de la tarde y les dice que va a trabajar a una empresa. Asegura que trabaja de noche y suele regresar al amanecer. Entonces se ducha, se acuesta con su hija pequeña y la abraza. Tiene los ojos marrones y tristes, la piel blanca y sonrosada, y una sonrisa que apenas disimula la amargura. La noche anterior abrazó a su hija poco después de las dos de la madrugada, tras una jornada que califica como “tranquila”.

¿Cuántos años tiene, Sara?

¿En la vida real? —sonríe—. Treinta y siete. Soy de Colombia, pero llevo en España desde los 13 años.

¿Por qué ejerce la prostitución?

(Se pone seria). Me formé como esteticista, pero tengo una responsabilidad muy grande. Tengo dos hijos, cuido de mis padres, y el trabajo que tenía no me daba para cubrir todo. Empecé en enero. Estos serán mis primeros Sanfermines.

Su situación personal parece complicada.

Sí. Me quedé viuda cuando estaba embarazada de tres meses.

¿Cómo fue la primera vez?

Lleno de nervios e inseguridad. Me dije: hay que salir adelante. Soy una guerrera.

¿Ha trabajado alguna vez en un piso?

Jamás. Hay muchos en Pamplona y mucha inseguridad dentro. Tengo conocidas que eran clientas mías cuando trabajaba en estética y me contaban horrores: hombres que las agredían, las robaban… O trabajaban al 50 % con la dueña del piso. Aquí nos sentimos seguras. Nos ayudamos, nos protegemos entre nosotras. Y doña Raquel es muy buena con nosotras.

¿Por qué algunas chicas siguen en los pisos si son inseguros?

Por miedo. Muchas están indocumentadas. No tienen salida. Hay mucho riesgo.

¿Qué tipo de hombres se ha encontrado aquí desde enero?

He tenido suerte. Son tranquilos, pasivos. Muchos me preguntan por qué estoy aquí y me dicen que debería salir. Yo les devuelvo la pregunta: ¿por qué vienen a pagar por sexo? Hablo mucho con ellos. Dicen que quieren hacer cosas diferentes. Cosas diferentes… como hablar. Se desahogan. “Hay cosas que no puedo hablar o hacer con mi pareja, y aquí me libero”, me dicen.

¿Qué espera de estos primeros Sanfermines?

No sé. Me preocupa el alcohol y las drogas. En mi caso, siempre marco límites. No drogas y uso obligatorio de preservativo. Si no lo aceptan, no suben. Y el respeto: eso no es negociable.

¿Cuál es su sueño?

Ser feliz —responde, sonriendo—. Estar tranquila.

¿Qué les dice a sus hijos cuando sale de casa? ¿A qué hora ha salido hoy, por ejemplo?

A las cuatro de la tarde. Les digo que estoy de noche en una fábrica. El mayor se queda pensativo… Mis padres no saben nada.

¿Y su hija pequeña? ¿Qué le dice al verla por la mañana?

“¿Cómo te fue, mami?”.

Le vuelvo a preguntar por sueños.

Quiero estabilidad económica y volver a trabajar como esteticista. Es mi pasión —dice mientras entorna los ojos.

¿Cómo es la vida dentro de este club?

Podemos entrar y salir. Nadie nos obliga a nada.

Pero se ha visto obligada a ejercer la prostitución.

Sí. Soy viuda y sin recursos.

¿Qué aficiones tiene?

Me gusta leer sobre Historia. Y escribir. Me ayuda a seguir resistiendo.

Sara vuelve al salón y se sienta junto a una compatriota que prefiere no participar en la entrevista. “Hablamos de noticias de Colombia, del terrorismo, de nuestras cosas. Nos preguntamos cómo estamos…”, dice Sara, antes de despedirse se le escapa una nueva sonrisa. Mezcla de cansancio, dignidad y resistencia.

M., 30 años: 

“Muchos se sienten más seguros aquí que en discotecas ”

La siguiente en acceder a hablar es M., brasileña de 30 años, sin hijos. En su país trabajaba como operadora telefónica.

—Vine directamente a Pamplona para esto. Necesito ayudar a mi familia —susurra mientras camina hacia el reservado.

La menor de tres hermanos, cuenta que sus padres saben a qué se dedica y la respetan.

Fuera del club, dice que le gusta leer sobre Historia y Psicología —carrera que empezó pero no terminó—. También le apasiona el deporte.

—Sobre todo la natación —añade—. Nunca trabajaría en un piso, por cómo se trata a las mujeres en esos lugares.

Sobre los clientes, reflexiona:

—Muchos hombres no quieren exponerse en discotecas. Tienen miedo. Les resulta más fácil venir aquí. Lo sienten como algo seguro.

Antes de despedirse, deja claro que no le gusta el ambiente festivo. Prefiere la calma. Y la discreción. Su historia, breve pero nítida, deja un poso de dignidad: la de quien carga el peso de los suyos.

Ana, 43 años: 

“Algunos nos piden cosas que ponen en riesgo la salud”

La tercera en romper el silencio se presenta como Ana. Es dominicana, tiene 43 años y es madre de dos hijas: una de 23 y otra de 7. Ambas viven en otra ciudad con su expareja española. Ella va a verlas siempre que puede.

—Llevo cuatro años en esto... Necesitaba trabajo. De camarera no ganaba lo suficiente para pagar un alquiler ni alimentar a mis hijas —dice—. Ellas creen que trabajo en un bar normal. Las echo mucho de menos. Hablamos a diario por videollamada.

Ana habla en voz baja, casi en susurros, como quien carga un peso del que no se puede desprender.

—Los clientes nos cuentan que están hartos de su vida. A veces tenemos que hacer de psicólogas.

Sobre los límites, lo tiene claro:

—Algunos piden cosas que ponen en riesgo la salud. Y la salud no tiene precio. Te ofrecen más dinero, intentan convencerte. Cuando me hablan así, siento miedo.

Durante los ratos muertos, ve películas o series en su móvil.

—Me encanta el cine. Las románticas —dice, y se le escapa una sonrisa que rompe, por un instante, su expresión melancólica—. Me gustaría dejar esto. Tener una vida normal, un trabajo normal. Ahora solo intento que todo termine rápido. Cuanto antes, mejor.

Reconoce que los Sanfermines le generan inquietud.

—Muchos vienen muy bebidos. La mayoría son de fuera. Si veo que la situación se descontrola, les pido que salgan y que les devuelven el dinero.

Ana se despide. Su mirada es la de una mujer que sigue luchando por una vida “en calma”.

El calendario marca días de desenfreno. Pero, al otro lado de una puerta de un club o tras la puerta de un piso, la celebración se mezcla con historias de duelos. Mientras la ciudad se lanza a las calles, estas mujeres hacen malabares entre la supervivencia bajo sonrisas forzadas.

Sara, frente a un espejo.
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Sara, frente a un espejoIván Benítez
Sara, frente a un espejo.

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