Vivir en la calle
Asentamientos inhumanos en Pamplona: al menos 85 personas viven actualmente en la calle
Este periódico ha recorrido durante esta semana cinco puntos de la ciudad donde 85 personas sin hogar pernoctan en una situación de alto riesgo por las condiciones alarmantes en las que se encuentran


Actualizado el 08/02/2025 a las 16:40
"Me pica todo el cuerpo. Tratamos de no pasar mucho tiempo aquí. Llegamos a las once de la noche y salimos temprano. Aquí solo hay basura , ratas y hace frío. Solo pica el cuerpo”. A las nueve de la mañana del martes 4 de febrero, el termómetro marca tres grados, pero durante la noche ha descendido a uno bajo cero. Un frente polar avanza sobre Europa y se espera que haya alcanzado Navarra el fin de semana. En este escenario gélido, un joven empuja la oxidada puerta de hierro de un edificio abandonado en Aranzadi (Pamplona), esquiva una montaña de basura al salir y atraviesa una valla metálica. Una vez en la acera, se queda frente al amanecer e intenta templar el cuerpo, entumecido tras una nueva noche compartiendo manta. “No tenemos ni para un café”, asiente, sacando del bolsillo un pequeño bollo.
El periodista, acompañado por una joven marroquí que ayuda con la traducción y colabora con una entidad social, comienza así un recorrido por algunos de los campamentos improvisados en el corazón de la ciudad para documentar la situación humanitaria y comprobar si ante la inminencia de un frente polar los Servicios Sociales han tomado alguna medida de auxilio.


“Los chicos están durmiendo, pero puedes entrar sin problema. Nosotros no nos escondemos”, comenta el mismo joven que se calienta al sol. En este contexto de crisis humanitaria, el discurso de odio se expande, poniendo en jaque a los más vulnerables. A más de un centenar de jóvenes migrantes que han arriesgado sus vidas huyendo de distintas crisis para quedar finalmente desamparados este invierno en una de las comunidades con mejor índice de calidad de vida.
Al cruzar la puerta del primer edificio abandonado en Aranzadi, impacta el caos de telas que cubren los rincones donde duermen veinte argelinos. En medio de esta precariedad, surge una pregunta: ¿qué pasaría si hubiera un incendio? No hay salidas seguras, solo frío y abandono. “No nos quieren atender. Sin padrón, no nos ayudan. Nos faltan comida, mantas... Las ratas entran buscando alimento”, lamenta uno de ellos.
A poca distancia, siguiendo una carretera estrecha hacia el Arga, otro edificio ruinoso alberga seis tiendas de campaña empapadas por la lluvia. Trece jóvenes marroquíes sobreviven aquí. “Dentro hay más chicos, esta mañana éramos cuatro, pero pueden ser diez”, traduce un voluntario. Este martes, el periodista cuenta 17, aunque podrían ser más.


Al otro lado de la vía, entre un aparcamiento y unas piscinas, dos hombres de 44 y 50 años resisten en un frontón al aire libre. La intemperie ha endurecido sus rostros. Uno sangra del ojo. “Antes estábamos en los invernaderos, pero nos echaron. ¿Las trabajadoras sociales? Nada. Sin padrón, no pueden hacer nada”, dicen, señalando sus tiendas empapadas.


Los asentamientos ocultos se multiplican a lo largo del Arga. Dos jóvenes, de Marruecos y Ghana, emergen de una ventana en otro edificio abandonado y muestran el interior: humedad, frío y escasez de alimentos. “Éramos siete, pero tras el desalojo de los invernaderos han llegado más”. Afuera, dos tiendas albergan a otras personas. En total, nueve.
El recorrido termina en el barrio de Echavacoiz, en un edificio donde sobreviven treinta y cinco hombres de distintas nacionalidades: senegaleses, marroquíes, argelinos. Sin agua, sin luz, entre montañas de basura. En la primera planta, a media mañana, un hombre de 51 años duerme envuelto en su única manta. A su lado, una maleta. “Llegué hace siete meses”, dice. “Sin empadronamiento, es imposible salir adelante”.




Fuera del edificio, llaman la atención dos pequeñas construcciones improvisadas con tablas de puertas y cartones. Aquí viven un pamplonés de 58 años que pasó diez meses en prisión y un rumano de unos 50 que mendiga en la puerta de un supermercado. “¿Quién me da una oportunidad a mi edad después de salir de la cárcel?”, pregunta el navarro. Recibió dos meses de ayuda de emergencia y quedó en la calle. “Me alimento de lo que encuentro en los contenedores”. Dentro, el mobiliario lo conforman una cama y una estantería con ropa.






Al abandonar estos asentamientos, la pregunta es inevitable: si uno de estos jóvenes muere por hipotermia o en un incendio, pese a los informes de alto riesgo y los reportajes que han evidenciado su situación, ¿quién asumirá la responsabilidad?
La coordinadora de la entidad social que los acompaña a diario es contundente: “Nadie elige vivir así. Lo que estamos viendo es inhumano: campamentos sin agua, sin comida, sin higiene. Jóvenes hacinados entre la basura, compartiendo tiendas de campaña y mantas sucias, expuestos a enfermedades y sin acceso a lo más básico. Hemos curado heridas y quemaduras tras incendios que lo arrasan todo: su ropa y, lo peor, su documentación. Entonces sí que son nadie. La administración no sabe o no quiere actuar. ¿Por qué, ante una nueva previsión meteorológica tan extrema, no han abierto el albergue?”, pregunta la coordinadora de la organización. “Navarra, si quiere, puede. La solución no es imposible. No piden caridad, quieren estudiar, trabajar, salir adelante. Pero nadie puede hacerlo desde el hambre y la intemperie.”.


El viernes 7 de febrero, a las nueve de la mañana, este periódico volvió a los mismos lugares para comprobar si habían recibido algún tipo de ayuda horas antes de la llegada del frente polar. Y todo seguía igual. Según los afectados, la única asistencia esta semana ha venido de voluntarios de entidades sociales. La realidad sigue ahí: en solo cinco puntos de la ciudad, entre Aranzadi y Echavacoiz, este diario ha documentado a 85 personas sin hogar en condiciones extremas. Se estima que al menos otros treinta jóvenes migrantes sobreviven en bajeras. No son cifras. Son vidas a la espera de respuesta.

