SIRIA
Viaje desde Navarra al campo de exterminio de Al-Asad: "Vivo en Pamplona. Por favor, ayudadnos a encontrar a mi familia"
Una vecina de Pamplona de origen sirio busca a su hermano por la red de prisiones de su país, entre ellas la de Saydnaya. 'Diario de Navarra' ha entrado en esta cárcel tras la caída del régimen para tratar de dar con alguna pista de su paradero


Publicado el 23/12/2024 a las 05:00
"Hola. No me conoces. Mi nombre es Aisha Al-Mujawer. Mis hijos y yo vivimos en Pamplona. Somos de Siria. Llevamos tres años en España. Vi que estás en Líbano y tal vez puedas ayudarnos a buscar a mi hermano (...)”. Este mensaje llega al teléfono del periodista de Diario de Navarra el 9 de diciembre, a las 17:30 horas, mientras realiza un trabajo en Beirut para documentar proyectos educativos de la ONG Alboan y el Servicio Jesuita a Refugiado (JRS en inglés). Un día antes, el régimen de Bashar al-Asad ha caído, marcando un giro histórico en los casi 14 años de guerra en Siria. La petición de Aisha cambiará el rumbo de su viaje.
Aisha cuenta que su hermano se llama Ibrahim y que desapareció el 17 de marzo de 2013 en la ciudad de Homs cuando conducía una furgoneta desde Damasco a Alepo. En el vehículo también viajaban su mujer y otros familiares (un hijo, la nuera embarazada, sobrinos y un tío). En total, diez personas, entre los que había cinco niños y una segunda mujer embarazada. “Todos desaparecieron. Y como usted sabe, actualmente hay muchos presos que han sido liberados de la prisión de Saydnaya. Pensamos que Ibrahim haya podido estar encerrado allí”.


La caída de Bashar al Asad se produce la madrugada del domingo 8 de diciembre de 2024, cuando las fuerzas opositoras islamistas culminaron una ofensiva militar en pocos días. Hoy, en medio de las celebraciones, Siria se ha encontrado en un escenario de recuento de los horrores que los sirios han sufrido bajo su gobierno. Estos días se enfrentan cara a cara con la red de prisiones, estaciones de policía y cámaras de tortura. La famosa prisión de Saydnaya, al norte de Damasco, fue calificada en 2017 por la organización Amnistía Internacional como un “infierno en la Tierra”. Se estima que más de 30.000 detenidos fueron ejecutados aquí o murieron debido a la tortura, la falta de atención médica o el hambre solo entre 2011 y 2018. La policía secreta sacó a comerciantes de sus tiendas y a estudiantes de las aulas universitarias. Ocurrió lo mismo con manifestantes, activistas, periodistas, médicos y trabajadores humanitarios. Todos fueron arrancados de sus vidas y no se volvió a saber de ellos. Así le sucedió a Ibrahim Al-Mujawer.
Este campo de exterminio contra activistas y opositores al régimen era uno de los principales objetivos del grupo islamista Hayat Tahrir al Shams (HTS). Un fiscal internacional especializado en crímenes de guerra ha afirmado que las pruebas halladas en fosas comunes en Siria confirman la existencia de una “maquinaria de muerte” estatal bajo el régimen. Según sus cálculos, más de 100.000 personas fueron torturadas y asesinadas en el país desde 2013.


Aisha no ha hecho pública su historia “por miedo a represalias” del régimen contra su madre, Mariam, de 75 años, que vive en los suburbios de Damasco. Lo que sigue es un relato en primera persona.
MADRUGADA, 8 DE DICIEMBRE
La primera señal del colapso del régimen la recibo el 8 de diciembre a las 4:30 de la madrugada a través de Shaman Alwawi, un estudiante sirio de 28 años que cursa un máster en Florencia. “Hermano, el dictador ha huido. Ha caído. Somos libres”, escribe Shaman, llenando de emoción el amanecer.
Pocas horas después, emprendo con mi conductor, Nabil, un viaje hacia el este del Líbano, en dirección a los campamentos ilegales de la región de la Bekaa, donde sobreviven miles de sirios desplazados desde que comenzó la guerra en 2011. En la carretera, de camino a Bar Elias, primera localidad libanesa de la frontera con Siria, me sobreviene el recuerdo de Miguel Medarde, profesor pamplonés fallecido en enero de 2023 en accidente de moto en Beirut. Semanas antes cenábamos una pizza y me hablaba de sus sueños. Amaba esta tierra.


Una hora y quince minutos después de dejar Beirut, las explosiones de cohetes pirotécnicos y de ráfagas de armas automáticas nos dan la bienvenida en Bar Elias. Una manifestación de opositores al régimen sirio celebrando la caída del dictador nos corta el paso. Nabil se ve obligado a desviarse al arcén. Todos gritan ¡Allahu Akbar! (Alá es grande). Hombres, mujeres, niños y niñas ondean la nueva bandera de la independencia. Muchas coloreadas a mano con las franjas verde, blanca y negra y tres estrellas rojas. En realidad, empuñan la bandera utilizada anteriormente al régimen de Al -Asad, izada por primera vez en Alepo en 1932. En la manifestación impacta la presencia de estandartes negros del Estado Islámico. Las hay por todos los lados.
Aparecen blindados del ejército libanés y pasan de largo. Cada vez hay más manifestantes, algunos de ellos encapuchados y con armas a la espalda. Gracias a su colaboración logramos abrir camino. Acabamos en un horizonte de desesperación trazado por decenas de chabolas de plásticos sin luz eléctrica y sin agua potable. La otra cara de la bandera de la independencia: niños y niñas trabajando en la recogida de patata y cebollas, doblando el espinazo y cargando sacos o rebuscando plásticos en contenedores para luego vender y ganar dos dólares al día. Sucede frente a una cordillera de montañas, la misma que tuvieron que atravesar sus padres para sortear los puestos militares libaneses.




Estas personas ponen rostro a los “Otros” del periodista Ryszard Kapuscinski en su libro “Encuentro con el Otro”. Los otros desplazados, que de momento no celebran nada porque prefieren sufrir el invierno en Líbano que en Siria. “Allí no nos queda nada, no vamos a volver”, asegura un palestino que vivía en el campo de refugiados de Yarmouk, a las afueras de Damasco. Los Otros, los olvidados que tienen que pagar 50 dólares al mes por poder vivir en estas tiendas de lona y otros 30 dólares si quieren que sus hijos puedan asistir a clase en una escuela pública. Una cantidad de dinero que no pueden afrontar. Niños y niñas desplazados que quedan a merced de mafias de trata.
Aisha, la vecina de Pamplona que acaba de romper su silencio detalla los nombres y apellidos de algunos de los desaparecidos que viajaban en aquella furgoneta que conducía su hermano Ibrahim en 2013: “Los niños se llaman Hussein Ibrahim Al-Mujawer, Abdel Wahab Al-Mujawer, Yasser Al-Mujawer, Amina Al-Mujawer, María Al-Mujawer y Raghdaa Abdul Aziz Al-Ahmad”. Incluso manda sus fotografías. “Creo que a los niños los vendieron a las mafias y a mi hermano, su mujer y a su hijo mayor, de 20 años, los encerraron en Saydnaya o en alguna otra prisión. Llevamos desde entonces buscándole, pero nos piden dinero por los listados. El corazón me dice que están bien y que los encerraron en alguna galería bajo tierra. Por favor, ayúdenos a encontrarles”.


Los familiares de los desaparecidos vivieron durante años en el limbo de la agonía. Acudían a los agentes de seguridad locales para suplicar información y pagaban mucho dinero en dólares en sobornos a funcionarios para que dieran con el paradero de sus seres queridos. “Ha sido mucho dinero, mucho”, me deja claro Aisha, de 36 años y madre de cuatro hijos, añadiendo que no va a regresar porque aún lo considera inseguro. “He visto mucha sangre y he escuchado muchas bombas, he corrido muchas veces con mis hijos en brazos. Y ese miedo aún lo tengo dentro de mí”.
BEIRUT, 9 DE DICIEMBRE
El atardecer envuelve en luz dorada La Corniche, el paseo marítimo de la capital. Huele a salitre y a tabaco de narguile a la altura del Café Hassan. Se escucha el oleaje rompiendo contra el malecón en tierra y el rotor de un helicóptero en el cielo. Niños y niñas venden flores y rebuscan en contenedores. Jóvenes, la mayoría chicas, practican footing o se fotografían a ritmo de Tik-tok. Los beirutíes se echan a la calle. El bar Maison, en la calle Hamra, es un buen ejemplo para pulsar otro escenario de guerra. Una cerveza libanesa en botellín cuesta tres dólares. Los jóvenes, chicos y chicas, disfrutan de la música, fuman y beben. El sonido de los generadores se abre paso entre la oscuridad. Ya no se escuchan los estruendos de los bombardeos sobre las zonas residenciales que han atemorizado a la población desde que se firmó el alto el fuego temporal a finales de noviembre. También han cesado los zumbidos de los drones de vigilancia israelíes. Aunque se suceden los ataques en aldeas del sur y los aviones de combates siguen rompiendo la barrera del sonido. “No hay un alto el fuego propiamente dicho, solo ha bajado la intensidad”, aclaran desde la comunidad Fratelli, ubicada frente al Mediterráneo, cerca de Tiro. En este contexto, la capital respira una “calma tensa”. Así lo describe Karim, un joven procedente de Sidón, al sur del Líbano, que trabaja para el Servicio Jesuita a Refugiado (JRS). “Y tanta paz nos da miedo. No sabemos qué vendrá después”, se explica. “Nos da mucho miedo la presencia de tantas banderas del Estado Islámico y que se esté armando a la población. Nos da miedo una nueva guerra civil. La debilidad de Hizbulá en estos momentos puede provocar un enfrentamiento entre diferentes facciones para controlar el poder”. Asimismo se pronuncia Violette, vecina de Beirut y trabajadora también del JRS. “He hablado con gente desplazada, libanesa y siria, que nos dice que no le queda energía para seguir huyendo y que en los próximos bombardeos se quedarán”. El Ministerio de Salud Pública de Líbano informa de que los ataques de Israel en el marco de su ofensiva contra el partido-milicia chií Hizbulá han dejado hasta la fecha un balance 4.000 muertos y más de 16.500 heridos.


11 DE DICIEMBRE
Me dirijo a Baalbek, una de las regiones libanesas más castigadas, con cerca de mil muertos. Aquí conozco a Jude, un niño de 7 años que nació con parálisis cerebral y ciego y cuya casa fue bombardeada por el ejército israelí. Se salvó porque le evacuaron a tiempo. Detrás de los datos hay historias de carne y hueso. Escribe una amiga drusa procedente de Sweida, sur de Siria. “Ayer sufrí un ataque de pánico al ver la noticia de la liberación de los presos de Saydnaya. Había mujeres y niños. Quiero participar en las tareas de cuidados de estos niños”. Su mensaje activa una segunda señal. La primera la hizo Aisha. Ahora sí tengo claro que cruzaré a Siria. Lo haré el viernes 13 en un viaje de ida y vuelta en menos de 24 horas, si no cierran antes las fronteras.
Antes de abandonar Baalbek, la psicóloga del JRS Amara Sleiman describe el estado psicológico de los pequeños: “Los niños están traumatizados. Sienten pánico. Estamos detectando violencia, tristeza, ansiedad, miedo y conductas suicidas. Necesitamos herramientas para trabajar”.
13 DE DICIEMBRE
Tengo que pisar la prisión de Saydnaya para comenzar la búsqueda del hermano de Aisha. He enviado los datos de Ibrahim a un joven fotógrafo pamplonés de 28 años llamado Edgar Gutiérrez. Un reportero de guerra que en los últimos meses ha presenciado los peores conflictos. Ha fotografiado la muerte y la vida en la región etíope de Tigray, las trincheras al este de Ucrania, durante dos meses los peores bombardeos en Líbano y ahora las fosas comunes en Siria. Edgar resuelve rápidamente mi petición sobre los datos del hermano de Aisha y empieza a indagar. Mi temor, le confieso, son los sellos de las visas anteriores. Él me tranquiliza. “No hay nadie en los puestos militares sirios, así que nadie te va a pedir nada”. Ahmad, mi nuevo conductor, me llevará directamente a Saydnaya y me devolverá a Beirut por 300 dólares y otros 120 por su trabajo dentro del país. “Tenéis que volver antes del anochecer”, advierte Edgar. “Se están produciendo saqueos en las carreteras”. Hasta el cruce de Masnaa, en la frontera, tenemos hora y media y otros cincuenta minutos más a la capital. Comunico mi intención a Aisha y ella responde inmediatamente con los teléfonos de su hermana y de su sobrino en Damasco.


No he pegado ojo en toda la noche, inquieto por lo que me pueda encontrar. Fue en el año 2018 (febrero y agosto) cuando entré en Siria por partida doble y luego se sucedieron otros tres viajes (2020, 2022, 2023). Uno de ellos para relatar los testimonios de la masacre de Sweida perpetrada por un grupo de yihadistas del Estado Islámico. Según algunas víctimas de aquella matanza, salieron de un campamento muy próximo a una base norteamericana situada en el desierto, al sureste, quemaron varias aldeas y pasaron a cuchillo a decenas de habitantes de esta comunidad minoritaria drusa. También secuestraron a un grupo de mujeres con niños. Gracias a Sawsan pude entrevistar tres semanas después a dos de estas mujeres que habían conseguido escapar de sus secuestradores, mientras estos dormían. Pienso en aquel viaje a Sweida en agosto de 2018 mientras nos dirigimos hacia la frontera y me revuelvo ante la remota posibilidad de que estos yihadistas estén ahora en las calles de Damasco hablando de paz. En cada despedida de Siria he recibido siempre el mismo mensaje: “No nos olvidéis”. Una súplica que, cuando aparecen dudas, ayuda a uno a mantenerse en pie.
Este 13 de diciembre, primer viernes de oración sin el régimen de Al-Asad. La temperatura puede alcanzar los 21 grados. Aisha ha vuelto a escribir. Leo su mensaje antes de cruzar porque al otro lado seguramente la señal de internet sea muy débil, avisa Ahmad. “Han sido 13 años de tortura interna y externa”, reflexiona la vecina de Pamplona. “Miles de familias esperan frente a las cárceles para ver a sus hijos, pero no hay rostros. Han destruido a la gente en casa y en el extranjero. ¿Cómo puede ser que Al-Asad y sus oficiales se libren de un juicio internacional? Espero que transmitas dolor y sufrimiento”. Aprovecho para revisar los datos de su hermano: Muhammad Ibrahim Al-Mujawer.
DAMASCO-SAYDNAYA
Cruzamos a las nueve de la mañana después de que el ejército libanés haya estampado en el pasaporte el sello de salida. Sorprende la ausencia de filas. Apenas una docena de sirios en las ventanillas. Por el contrario, al otro lado de la carretera, cientos de ellos tratan de huir hacia el Líbano envueltos en mantas. Muchos son niños. “Estoy muy excitado, muy inquieto”, confiesa Ahmad al arrancar. Nos miramos y chocamos los puños. El coche avanza a través de una carretera desierta, donde las fotografías de Al-Asad, en cada rincón, han desaparecido. Ahmad reduce la velocidad, pero nadie nos detiene en el primer puesto de control donde había soldados con gestos duros en busca de una mordida que Ahmad ya tiene preparada. “¡No hay nadie!”, Ahmad grita. “¡Esto es increíble! ¡Nunca pensé que viviría algo así!”. Han sido muchos viajes como conductor durante la guerra. Muchos desvíos que ha tenido que sortear para asegurar el destino. No tarda en aparecer el primer rebelde recortado al contraluz . ¿Cómo reaccionará? Al detenernos a su altura, se apoya sobre la ventanilla y sonríe, saludando y dando la bienvenida en inglés. Se deja fotografiar y grabar. Buena señal. Lo mismo ocurre con el resto de islamistas en el resto de garitas antes de entrar a Damasco. Apenas hay huellas de combates. Si los hubo, evidencian claros signos de rendición del ejército. Nunca imaginé que Siria abriría las puertas de esta manera, así se lo confieso a Ahmad. Carreteras vacías en las que solo quedan tanques y vehículos militares abandonados. Una sensación extraña esta de sentirse ilegal. Con el tiempo y dinero que costaba durante el régimen conseguir un visado. Ahmad no deja de tocar el claxon. Son las diez de la mañana y hemos perdido la señal de internet.


NIÑOS CON UN PROYECTIL
Buscamos el desvío hacia la localidad de Saydnaya, donde se ubica la prisión con el mismo nombre. La capital se presenta desértica. Necesito bajar y caminar. Lo hago frente a un cuartel también vacío. En el suelo hay restos de uniformes. Han abierto algunos puestos de verduras y venta ambulante de bidones de gasolina. Para llegar al campo de exterminio de Al-Asad hay que cruzar la localidad de Saydnaya . Al llegar al acceso principal, varios niños juegan con un proyectil de tanque. Al fondo, en lo alto de la colina, se distingue la silueta del complejo (ver fotografía).
En el año 2017, Amnistía Internacional publicó un demoledor informe sobre “una de las peores prisiones de todo el mundo”. Aquel informe incluía espeluznantes testimonios sobre tortura, enfermedad y muerte. A través de los casos de 65 supervivientes que describieron los terribles abusos y las condiciones inhumanas imperantes en esta cárcel explicaron que habían visto morir a personas bajo custodia, y varias de ellas dijeron que habían estado recluidas en celdas junto con cadáveres. Entre 2011 y 2015, todas las semanas, se sacaba de sus celdas a grupos de hasta 50 personas para ahorcarlas. En cinco años fueron ahorcados en secreto en esta prisión hasta 13.000 prisioneros, en su mayoría civiles presuntamente contrarios al gobierno.


Los ahorcamientos en Saydnaya se llevaban a cabo de madrugada. A los reclusos se les decía que iban a ser trasladarlos a prisiones civiles, pero eran llevados a una celda en el sótano, se les propinaba una brutal paliza y luego los cambiaban de edificio, donde eran ahorcados. Durante todo este proceso, tenían los ojos vendados y no sabían cómo ni cuándo iban a morir. Solo eran conscientes cuando se les pasaba la soga alrededor del cuello. Algunas de las personas que sobrevivieron al horror explicaron que, a su llegada al centro, pasaban por el rito de la “fiesta de bienvenida”, en la que eran objeto de brutales palizas, a menudo con barras de silicona o metal o con cables eléctricos. “Nunca imaginé que la humanidad pudiera caer tan bajo. No tenían ningún problema en matarnos allí mismo”. Según los relatos, en los “chequeos de seguridad” las mujeres eran sometidas a violaciones.


Caminamos por los pasillos oscuros de este complejo laberíntico con diferentes plantas y galerías subterráneas y enormes socavones provocados tras la liberación de los presos. Las puertas principales han sido reventadas y cientos de papeles con las listas de nombres de presos cubren ahora los suelos. Va a ser imposible dar con el nombre del hermano de Aisha. Es lo primero que pienso. Alguien nos anima a bajar unas escaleras hacia una sala de calderas deslizante. En el interior, aumenta la intensidad del olor a fuel. “En este lugar disolvíamos los cuerpos para deshacernos de ellos”, me cuenta un ex-preso. “Yo me encargaba de repartir la comida...”. Ahmad , que me acompaña en todo momento traduciendo y pendiente de que no caiga en un agujero, gestiona una entrevista con un joven de 26 años encapuchado. Antes de hablar sobre el futuro de Siria, nos lleva a la boca del aislamiento (ver fotografía principal). Un lugar donde se enterraba literalmente con vida.


–¿De dónde es usted?
–De Tayikistán
–¿Qué está haciendo en Siria?
–Llevo cinco años. Estoy aquí para ayudar a la gente a librarse de Al-Asad.
–¿Qué mensaje le gustaría dar?
–Hay que volver a Alá.
–¿Qué les va a suceder a las comunidades minoritarias, por ejemplo, la cristiana?
–Nosotros vamos a garantizar que puedan practicar su religión sin problemas.
–¿Y a las mujeres?
–Son libres. Tenemos la sharía (código de conducta).
–La sharía obliga a las mujeres a cubrirse.
–Se cubrirán solo si el marido y el padre así lo quieren.
–¿Qué siente ahora?
–Bajo tierra había más de 7.000 prisioneros. Me siento feliz.
Al final de la entrevista, en el exterior de la prisión, el joven de Tayikistán se quita la capucha para respirar y deja al descubierto un rostro cansado. Entonces, me confiesa que su sueño es visitar a su madre, que vive en Rusia. Lamento no haber podido seguir repreguntándole.



Aprovecho para comunicarme con Aisha, la señal de internet parece que tiene más fuerza. “Hay cientos de papeles con las listas de nombres desperdigadas por el suelo de toda la cárcel. Lo lamento. Va a ser imposible dar con el nombre de su hermano”, escribo. Ella responde: “Por favor, hace doce años que no veo a mi familia, ¿puedes traer a Pamplona algo que huela a mi madre? Hace doce años que no la siento”. Así que nos dirigimos hacia la casa de su madre y del hermano de Aisha. Nos recibe un sobrino. Mariam, la madre, vive en lo alto de un edificio a medio construir. Una zona pobre con apenas dos horas al día de luz eléctrica y agua. Nos recibe con un chal negro en la mano que quiere que entregue a Aisha. Nos invitan a comer y a tomar una infusión. Lo sentimos pero no va a ser posible, hay que regresar antes del toque de queda.
A las cuatro de la tarde alcanzamos la frontera con Líbano. Siento que volveré pronto para cerrar el círculo de esta historia. Edgar, el fotógrafo pamplonés, pregunta por nuestra situación. Su intención es pasar la Navidad cerca de Idlib y el fin de año en Ucrania. Cae la noche en el paso de Masnaa a cero grados. Cientos de sirios siguen varados en la frontera tratando de huir.


Días después, salta la noticia en algunos medios de comunicación: El proyecto del gasoducto Qatar-Turquía, iniciado en 2009 con una longitud de 1.500 kilómetros tiene como objetivo principal conectar las vastas reservas de gas con Europa a través de Siria. Este gasoducto es una iniciativa estratégica crucial para Europa, ya que representa una alternativa viable para reducir la influencia rusa en el suministro energético.
