Fernando García Guibert, el libertador

Fernando García Guibert
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José Castells

Publicado el 17/06/2024 a las 07:25

Empezaré este escrito parafraseando a Lope de Vega cuando en su famoso soneto a 'Violante' decía: en la vida me he visto en tal aprieto. Los amigos de Fernando García Guibert me piden que escriba una despedida y ciertamente glosar tanto en tan poco espacio me pone en gran aprieto, pero lo vamos a intentar.

El pasado día 3, Fernando nos dijo adiós, o, por mejor decir, hasta luego, que, al fin y al cabo, todos vamos a ir en la misma dirección. Con su partida ha descansado de los males que le aquejaban, estoy seguro de que él era de los que pensaba: para no estar bien, mejor no estar. Así que hoy vamos a recordar a aquel Fernando joven y pletórico que muchos conocimos.

Yo era un crío cuando, el personaje social que él era, ya me había llamado la atención con su look moderno, desenfadado, diferente a todo lo que se estilaba en aquella Pamplona pacata, recatada y visillera, poniendo la nota de la modernidad allí donde aparecía. Lo estoy viendo llegar con sus amigos, en su Triumph TR3 descapotable, a la terraza del Iruña, convirtiendo el entorno, hasta entonces gris y provinciano, en algo con un toque parisino. Él traía consigo el glamour.

Fernando era un pamplonés de toda la vida, pero siempre fue un pamplonés diferente. De conocida familia, hijo de Mañol Guibert y Miguel García Mateu, siempre relacionados con el gremio de la decoración y la construcción, con una gran tienda, Mauricio Guibert, en la Calle Zapatería, ¿quién no la recuerda? Él también se dedicó a la decoración, llevado por su fino y buen gusto. Un buen día cambió de gremio y se pasó a la hostelería, pero no a la hostelería al uso hasta entonces conocida. No, Fernando, el día de Navidad de 1975, abrió en la calle Monasterio de Cilveti del nuevo barrio de San Juan un local que marcaría un antes y un después en la noche pamplonesa, un lugar de esparcimiento y diversión que convirtió a Fernando en un imprescindible, con mayúscula, de la ciudad. Me estoy refiriendo, como ya imaginaréis, al “Conocerte es amarte, Baby”.

El día de su marcha hacia el más allá de la gente divertida, hubo quien lo definió con una palabra: El Libertador, y no exageró. De su mano y entre las paredes de su pub hizo acto de presencia en Pamplona la libertad en estado puro, el futuro, lo que venía, lo nuevo a la hora de divertirse. Se pasó página de la Pamplona anclada en los años 60 y se nos puso cara al 2000. Yo recuerdo el primer día que fui al Baby; ya habían pasado unos meses de su apertura y habíamos oído hablar de él, pero éramos gente de 18 años que aún no habíamos salido de nuestra zona de confort en la boite de la piscina o, como mucho, de tomar unas sardinas con un porrón de vino en el Marrano, y unos potes por San Nicolás. No habíamos dado el paso de probar otros ambientes. Un buen día, cuatro o cinco amigos decidimos ir a conocer aquel fenómeno del que tanto se hablaba. Recuerdo que no lo encontrábamos y tuvimos que preguntar a un vecino del barrio por su localización. Llegamos, vimos y venció. Ya no volvimos a la vida anterior; el Baby se convirtió en nuestro lugar de referencia. La decoración, la música, los camareros y camareras, el ambiente, la sensación de libertad, todo era distinto. Y todo era así porque así era Él. Allí cada uno hacía de su capa un sayo, nadie criticaba, nadie miraba con mirada censora al diferente y allí se empezaban a ver casos, cosas y gentes que jamás se habían visto por estos lares.

Cuando llegaba Fernando con sus rizos, su sonrisa, su pequeña figura, manejando uno de sus curiosos coches, un Isetta (el huevomóvil), un TR3 verde, un precioso Jaguar color marfil o un maravilloso Cadillac rosa, se veía llegar al alma máter del cotarro. Un saludo para cada uno, una frase, una sonrisa, un beso, una atención.

El ambiente del Baby era insuperable, la gente guapa y divertida; la decoración, con cuadros pintados por él en las paredes y algún detalle Art-nouveau; la gran barra a la derecha; diferentes zonas de estar al fondo y a la izquierda, todo ello hacía de él un lugar cómodo y acogedor. Fue el primero de San Juan. A él le siguieron muchos garitos que convirtieron el barrio durante más de una década en el punto de referencia de la noche pamplonesa, pero ninguno tuvo su carisma. ¿El motivo? Fernando solo hubo uno. Aunque en él había dos personas, ya que en momentos festivos se convertía en Marylurry y era una guapa cantante de cabaret vamp con una clase, un estilo y un glamour que muchas quisieran. Memorable aquella fiesta de cabaret años 30 que, junto a Pablo, la Boque, la Rafi, Manolo y alguno más, montaron en el Reverendos en carnavales de 1982. ¡Cuánto arte en aquel escenario!

Tras el Baby su aventura hostelera cambió de línea y montó el restaurante Ibaiondo en un caserío a pie de carretera en la localidad de Olave, pero como con él iba de la mano la marcha, en los bajos instaló la inolvidable discoteca Fresas, a la que íbamos y veníamos en los tiempos en que no había controles de alcoholemia. Menos mal. Fue otro éxito. Siempre lo conseguía. Al Fresas le siguió el Ópera cerca de su querido Baby, también en San Juan y, cómo no, también allí acudimos fieles a la casa.

En 1997, pasó página y cambió de aires yéndose a vivir a San Salvador de Bahía, donde disfrutó de una tranquila vida en una bonita finca. Nunca perdió el contacto con su querida Pamplona y de vez en cuando se dejaba ver por aquí, y me consta que amigos suyos lo visitaban en tierras cariocas. Yo la última vez que lo vi fue comiendo en mi restaurante. Los años, lógicamente, habían pasado, pero él seguía guapo y sonriente como siempre.

Solo me resta darle las gracias por todo lo que aportó a la ciudad y despedirlo con un ¡hasta siempre, Fernando! ¡Alégrales la eternidad!

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