Vivir en la calle

En Pamplona, como ratas

Las fotografías de este reportaje se tomaron este sábado 24 de febrero por la mañana junto al río Arga. Esta es la realidad que las personas sin hogar encuentran al salir del albergue a las 9.30 horas en plena ola de frío y lluvia.

Así viven las personas sin hogar en Pamplona al salir del albergue por las mañanas y en plena ola de frío.
Así viven las personas sin hogar en Pamplona al salir del albergue por las mañanas y en plena ola de frío./Iván Benítez

Iván Benítez

Actualizado el 25/02/2024 a las 10:25

"Vivir en la calle no tiene sentido. Estoy aquí. Quiero estudiar, trabajar, mejorar mi situación, pero la calle no te permite hacer estas cosas”. Son las 10.30 horas de una fría y lluviosa mañana del sábado 24 de febrero en Pamplona. Mejor dicho, la otra Pamplona. Khalid, de 26 años, se emociona al hablar. Se encuentra solo. Sentado en una silla, junto a la tienda en la que duerme, frente a las cenizas de una pira que prendió por la noche, cerca de unos nichos abandonados y de basura. “No quiero ir al albergue. Hay demasiada gente”, aclara. El interior de la tienda está impoluto. A un lado, hay libros. Uno de ellos Don Quijote de la Mancha. “Me gusta aprender”, sonríe. Entonces, cuenta que vino caminando desde Turquía con su hermano. “Sufrimos mucho durante meses en los bosques de los Balcanes”. Se emociona de nuevo. “Solo existes...”.

 Adentrarse en la otra Pamplona, obliga a prestar atención donde uno pisa. “Nos tenemos que cubrir bien por las ratas”, expresan Mohssine y su hermano, 30 y 32 años, en otro vertedero. Mohssine llegó a Almería en patera el 31 de diciembre. “Huimos de Marruecos para poder pagar los 90 euros al mes que cuestan las medicinas para la diabetes de nuestro padre”. 

En la otra Pamplona, un sábado de lluvia y frío, ocho jóvenes cocinan un tarro de alubias en una sartén. También entre basura. “Esto y un poco de pan es lo único que comeremos hasta la noche”. Han tenido que dejar el albergue con un café con dos magdalenas a las 9.30 horas. “Y las provisiones se agotan”. De pronto, se escucha un lamento. Brahim, de 20 años, permanece dentro de una chabola envuelto en una manta. Se queja de la tripa. “No he comido nada desde ayer a las dos de la tarde”. Solo comió un bocadillo. Se escucha el río, pájaros, conversaciones de paseantes. “Comemos de la basura, no hay comedor, no hay nada. Quédate una noche con nosotros y verás lo duro que es”, proponen. “Nos marchamos de nuestro país porque nuestras familias son muy pobres”. A Kamal, 20 años y a Munir, de 32, les gustaría aprender cocina. “Somos como un robot. Del albergue a la biblioteca y volver”.

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