Pandemia
El martes pudo con la libertad
Sólo un puñado de valientes desafió a los meses de inercia en las terrazas de Plaza del Castillo y Yamaguchi


Actualizado el 12/05/2021 a las 00:39
Pamplona no es Madrid, la Plaza del Castillo no es la Plaza del Sol y un martes no es un sábado. El fin del toque de queda a las once de la noche de este 11 de mayo no tuvo en la capital navarra nada que ver con lo sucedido en otras partes del país. “Esta siendo una noche muy tranquila, no hemos tenido ninguna incidencia, sólo llamadas para preguntar si ya no estaba vigente el toque de queda y hasta qué hora puede abrir la hostelería. Es cierto que se advierte algo más de tráfico que otros días”, resumían desde Policía Municipal de Pamplona poco antes de la media noche.
ESTAFETA Y SAN NICOLÁS
Los exámenes también ayudaron a que las calles del Casco Viejo de Pamplona se fueran quedando vacías antes incluso de las once de la noche. En la Cervecería de la Estafeta un grupo de universitarios son los últimos en pagar la cuenta y retirarse. “Es época de exámenes”, dice uno. Lo cierto es que los diez grados de temperatura y la calle desangelada tampoco invitaban a más.
La hostelería espera al juevincho y al fin de semana para retomar el pulso a la noche. “Hoy es martes”, explica el encargado del bar El Tinglado mientras echa la persiana de su establecimiento en una calle San Nicolás vacía. En la Plaza del Castillo, algunos puñados de valientes desafian a la noche en las terrazas que aún permanecen abiertas. Mientras, en las cercanas terrazas de la Plaza de Toros solo aparecen ocupadas dos mesas con ocho personas que se esfuerzan en estirar la noche.
En la zona universitaria, los camareros siguen sacando platos de las cocinas a las terrazas en Yamaguchi. “Hoy no tenemos la presión de otros días para dejar de servir”, explica bandeja en mano uno de los camareros. Tampoco tiene pinta de que las cenas vayan a prolongarse demasiado tiempo. Poco minutos antes de las diez de la noche se levanta un grupo de chicas que ocupaban dos mesas. Han guardado las distancias y usado las mascarillas cuando no consumían. En su caso, el toque de queda se lo impone la residencia. “Tenemos que estar para las diez de la noche de vuelta, pero hemos disfrutado de este rato de más en la terraza”, dice una de ellas. No muy lejos, otro grupo de doce chicas han juntado disimuladamente sus mesas y cantan sin mascarillas. En los soportales, un joven veinteañero camina con una bolsa de la que sale el inconfundible sonido de los cascos de las botellas al golpearse entre sí. Toca un timbre y le abren. Hoy no habrá prisa por salir. Que la libertad y la sensatez continúen.
