En primera persona

Una navarra en Nepal, bajo la amenaza del monzón: "Piensas en los rescates, en el sufrimiento de los nepalíes y también en si podré volver"

La pamplonesa Marta Guardado Minchinela, trabajadora social de 42 años y voluntaria en un proyecto de apoyo a personas con discapacidad intelectual, se encuentra a 213 kilómetros de la devastadora riada que ha causado un millar de muertos y miles de desaparecidos

Marta Guardado Minchinela, de 42 años,  apoyando en la clase B1 de Asha School Hetauda junto a la profesora y la educadora
AmpliarAmpliar
Marta Guardado Minchinela, de 42 años, apoyando en la clase B1 de Asha School Hetauda junto a la profesora y la educadoraCEDIDA
Marta Guardado Minchinela, de 42 años,  apoyando en la clase B1 de Asha School Hetauda junto a la profesora y la educadora

CerrarCerrar

Iván Benítez

Actualizado el 31/08/2026 a las 19:59

Primero fue el hielo. Después, el agua, el lodo y las rocas. Una enorme masa desprendida de un glaciar del Himalaya desencadenó una violenta riada en Nepal, en la frontera con el Tíbet, que ha dejado cerca de un millar de personas fallecidas y miles de desaparecidas. El agua descendió por el desfiladero del río Trishuli y arrasó el puesto fronterizo de Rasuvagadhi y todo lo que encontró a su paso.

A 213 kilómetros de allí, lejos de la zona más castigada por la riada, se encontraba Marta Guardado Minchinela, pamplonesa de 42 años, trabajadora social, especialista en psicomotricidad y voluntaria este verano en una aldea nepalí. La tragedia no ha alcanzado… directamente el lugar en el que reside, pero el monzón mantiene al país pendiente del cielo.

Y allí, donde está Guardado, también llueve. El golpeteo de las gotas acompaña el audio que Guardado envía desde Nepal y ayuda a entender una inquietud que no desaparece mientras continúen las precipitaciones. “Estamos con la incertidumbre de saber si la lluvia puede perjudicar otra vez lo que ocurrió. La sensación que tengo es esa: que no llueva más para que dejen de inundarse zonas y puedan rescatar a la gente, porque con el tiempo así tampoco pueden hacer las labores de rescate”.

La navarra ha sido voluntaria en Pamplona durante años y también hizo el servicio de voluntariado europeo en Bélgica y este verano viajó por primera vez a Asia para colaborar con un proyecto dedicado a personas con discapacidad intelectual. Su destino se encuentra a unas cinco horas del lugar de la tragedia y tampoco está especialmente próximo a grandes ríos o montañas. Sin embargo, en un país condicionado estos días por el monzón, una catástrofe de estas dimensiones termina por acortar las distancias. Las carreteras se cortan, los desplazamientos se complican y persiste el temor a nuevos desbordamientos.

LA ALDEA DONDE VIVE

En la aldea donde vive no hay hoteles próximos. La navarra se aloja en casa de una familia que acoge a las personas voluntarias de la fundación con la que trabaja. Entre tanta incertidumbre, le sorprende especialmente la tranquilidad de la mujer que la hospeda. “No se la ve preocupada”. Y esa calma, reconoce, acaba contagiándose.

Bidur, a unos 70 km al noroeste de Katmandú y 150 km en coche de Hetauda, donde está la navarra
AmpliarAmpliar
Bidur, a unos 70 km al noroeste de Katmandú y 150 km en coche de Hetauda, donde está la navarraEFE
Bidur, a unos 70 km al noroeste de Katmandú y 150 km en coche de Hetauda, donde está la navarra

CerrarCerrar

Tiene previsto regresar a Navarra el 7 de septiembre. “Sientes a diario un hormigueo en el estómago por la lluvia. Piensas en los rescates, en el sufrimiento de los nepalíes, que son quienes realmente lo están padeciendo y también en si podré volver, si justo se cortará una carretera y perderé el vuelo... Son cosas que se te pasan por la cabeza”.

LA ONG FAMILIA DE HETAUDA

La emergencia irrumpió en un viaje que había emprendido por motivos completamente distintos. Nunca había estado en Asia y quería conocer una cultura alejada de la suya. A esa curiosidad se sumó un encuentro fortuito en las redes sociales. Allí descubrió la historia de una joven voluntaria de Barcelona que había viajado a Nepal, conocido de cerca la situación de las personas con discapacidad intelectual y decidido actuar.

Era Aina Barca. En 2012, con 21 años, viajó a Hetauda y conoció a niños y niñas con discapacidad intelectual que sufrían marginación y no tenían acceso a la educación. A su regreso a España fundó la ONG Familia de Hetauda. Dos años después nació Asha School, el primer centro de educación especial del distrito de Makwanpur.

Hoy el proyecto cuenta con centros de atención integral en Hetauda, Katmandú y Bardibas, con escuelas de educación especial, servicios de fisioterapia, talleres ocupacionales y, en Hetauda, una residencia escolar. En conjunto, atiende a más de 150 niños, niñas y jóvenes. La organización aspira a extender su modelo a las siete provincias de Nepal. Su objetivo es garantizar el acceso de las personas con discapacidad intelectual a la educación y la atención especializada, favorecer su inclusión social y laboral y contribuir a que puedan desarrollar una vida lo más autónoma y digna posible. “Me generó admiración y curiosidad”, dice Marta. Y decidió viajar.

OBSERVAR Y CONOCER

Hacerlo como voluntaria, sin embargo, no significa aterrizar en un proyecto como este desde Europa con soluciones cerradas. Hay que mirar, conocer cómo trabajan los profesionales locales y comprender el contexto. Solo después llega el momento de aportar lo pueda resultar útil.

“Les doy pautas de intervención e intento adquirir algunos materiales para que la residencia esté más centrada en la persona y resulte más acogedora”, explica. Ese planteamiento coincide con la filosofía de la organización. Los voluntarios acompañan, observan y apoyan, mientras el equipo local mantiene la responsabilidad sobre la enseñanza y la atención diaria. La formación de los profesionales nepalíes es, precisamente, una de las principales aportaciones que se esperan del voluntariado especializado.

Para Marta, ese intercambio exige, ante todo, respeto. Las formas de educar y trabajar no siempre son las mismas y las diferencias culturales aparecen a diario. “Lo que podemos aportar es desde nuestro conocimiento y nuestra experiencia y también con mucho respeto”. La propia organización lo resume en una máxima: “Conocer antes de ayudar, observar antes de ayudar”. El objetivo no es sustituir al personal local, sino compartir conocimientos y herramientas que permitan a los profesionales desarrollar su trabajo de manera autónoma.

Y son precisamente esos profesionales quienes han dado a esta pamplonesa de sonrisa imborrable una de las lecciones que más le han sorprendido estas semanas: su capacidad para improvisar y aprovechar los recursos disponibles. Cuando algo no existe o resulta demasiado caro, buscan la manera de fabricarlo. Y muchas veces todo comienza con un pedazo de cartón. “Con poco consiguen grandes cosas”. En la sala de fisioterapia de Katmandú, por ejemplo, ha encontrado materiales elaborados artesanalmente con cartón por las profesionales.

PREGUNTA, AYUDA, CUIDA

Cambiar de continente también significa acostumbrarse a otra alimentación, otros horarios y nuevas rutinas. Y, por muchas precauciones que tome el voluntariado, los problemas intestinales son frecuentes. La mujer que hospeda a Marta ya se lo había advertido: casi todas las personas que pasan por su casa acaban sufriendo, en algún momento, dolor de estómago o diarrea.

Cuando ocurre, la familia se vuelca: pregunta cómo se encuentra, ayuda, acompaña y cuida. Es precisamente en esos momentos, sigue relatando Marta en un audio con el repique de la lluvia de fondo, cuando empiezan a desdibujarse las etiquetas sobre quién viene de una sociedad con más o menos recursos. “Al final, cuando estás enfermo, eres vulnerable”.

UN LENGUAJE INVISIBLE

Pero si hay algo que sabe ya que se llevará de Nepal es el vínculo que ha construido con las personas con discapacidad intelectual con las que trabaja. Entre ellas existe una barrera lingüística que, sin embargo, a veces parece desaparecer. Hay momentos en los que incluso les habla directamente en castellano. No porque espere que entiendan sus palabras, sino porque le sale de manera natural. “Me entienden perfectamente porque tú con tu cuerpo también hablas. Y dentro del apoyo que doy y de las actividades que propongo siempre está el movimiento y la música de por medio. La danza es un lenguaje universal”. La comunicación ocurre entonces de otras maneras: con la mirada, una sonrisa, un gesto o un movimiento. “Se abren desde el primer momento, te acogen como a una más, y te protegen”. Porque son ellos y ellas quienes muchas veces están pendientes de las voluntarias. Les recuerdan algo que han olvidado o les acercan unas chanclas cuando las necesitan. Son gestos pequeños diarios que se repiten.

Ahora, mientras se acerca el regreso a Pamplona, Marta mira al cielo. No sabe cómo evolucionarán las lluvias ni si las carreteras estarán abiertas cuando llegue el momento de ir al aeropuerto. En cualquier caso, la posibilidad de perder un vuelo ocupa un lugar muy pequeño frente a la devastación.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora