Documental
Nietos que recuerdan el sonido de las balas
Beatriz Iruretagoyena Toca, Jesús Ulayar Echarri y Teresa Prieto Leache recuerdan en un documental la vida de sus abuelos (Alberto Toca, Jesús Ulayar y José Luis Prieto), asesinados por ETA a finales de los setenta y los ochenta


Publicado el 16/04/2026 a las 05:00
Son treintañeros, padres y madres, con sus trabajos y sus vidas. Que no conocieron de niños a alguno de sus abuelos. Hasta ahí nada fuera de lo normal. La diferencia estriba en que aquellos abuelos no murieron a causa de una enfermedad ni ningún accidente. A sus abuelos los mató ETA. A finales de los setenta y comienzos de los ochenta en Pamplona y Etxarri Aranaz. Tres de los nietos de sendas víctimas de la banda terrorista recuerdan la historia que les han contado en su familia y recrean una memoria de alguien desconocido para ellos. Pero que, con su imagen y sus recuerdos, resulta muy presente en su vida. Como lo está en la de sus padres y lo estará también en la de sus hijos, ahora niños.
Beatriz Iruretagoyena Toca, Teresa Prieto Leache y Jesús Ulayar Echarri rememoran por primera vez el sonido de aquellas balas que terminaron con la vida de Alberto Toca Echeverría, José Luis Prieto Gracia y Jesús Ulayar Liciaga. Y lo hacen como protagonistas de un documental grabado por antiguos alumnos de la Universidad de Navarra y que este jueves 16 de abril se estrena en Madrid (centro cultural Nicolás Salmerón, 19 horas). 'Los nietos del silencio', dirigido por la pamplonesa Leyre Sanz Anadón, es el trabajo fin de grado (TGF) de ocho graduados en Periodismo y Comunicación Audiovisual en el campus navarro. Entre ellos, la también pamplonesa Carolina Olivar del Burgo, una de las nietas del que fuera presidente de la Diputación foral, exdiputado y exsenador Jaime Ignacio del Burgo, que sufrió tres intentos de asesinato por parte de ETA. "Es un homenaje a mi abuelo y se lo debo también a las víctimas".
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SIN APOYO SOCIAL


Beatriz Iruretagoyena Toca (Pamplona, 1986) recuerda que de pequeña no entendía por qué no tenía abuelos. “Mi abuelo Arturo murió de cáncer. Eso es fácil de comprender. ¿Pero mi abuelo Alberto? ¿Cómo le explicas a una niña que a su abuelo lo mataron?”, se pregunta y lo describe como “el pilar de una familia grande”(de siete hijos, la mayor con Síndrome de Down). “No solo perdieron a su padre sino también a su madre porque mi abuela nunca volvió a ser la misma. Además, se quedaron sin el apoyo social. La gente se mantenía lo suficientemente lejos para que no se los considera afines”.
Madre de un niño de 3 años, Teo, asegura que cuando sea mayor le contará lo sucedido. "Ahora que soy madre entiendo porque mis padres no me explicaron nada hasta que fui mayor". Y subraya su agradecimiento a su abuelo por lo que hizo por la familia. "Me hubiera gustado mucho haberlo conocido. ¡Qué pena no haber podido tener esta conversación con él”, se emociona mientras acaricia la cámara de foto con la que él emprendía sus viajes en moto. “Ojalá las cosas hubieran sido diferentes. ¿Por qué alguien se creyó con derecho a decidir si debía vivir o no? Porque mi abuelo no murió. Lo mataron, que es diferente”. Alberto Toca, recalca su nieta, era un hombre emprendedor al que le encantaba viajar y mostrar el mundo a sus hijos a través de sus ojos y de su fotografías.
Un sentimiento similar sostiene Jesús Ulayar Echarri (Pamplona, 1987). Narra cómo le han contado que transcurrió el asesinato de su abuelo (le dispararon cinco tiros cuando iba a echar gasolina a su furgoneta delante de su hijo de 13 años) y rememora los sucesos posteriores. “Cuando excarcelaron a los asesinos tiraron el cohete de las fiestas del pueblo en 1997. Mi padre estaba en la plaza, con mi madre y mi hermano pequeño en la silleta y le soltó: ‘Asesino sinvergüenza’. No fue un insulto. Solo una realidad. El asesino pegó a mi padre una patada en el pecho y nadie le ayudó. Fue entonces cuando pensaron que teníamos que irnos del pueblo”.






Con el paso de los años, continúa su relato, un día él coincidió con el asesino (Vicente Nazabal) en una cafetería cerca del colegio Salesianos, donde estudiaba un ciclo de Formación Profesional. “Él trabajaba entonces como abogado en el despacho de Patxi Zabaleta (destacado político de la izquierda abertzale). Le aclaré a la camarera: ‘Que sepas que estás atendiendo al asesino de mi abuelo. El no dijo nada pero al salir, hizo como que me disparaba con los dedos. Yo era un chaval. Tendría unos 16 o 17 años” .
Ulayar se pregunta muchas veces cómo hubiera sido su abuelo y qué les habría enseñado. “Era una persona muy de su tierra, de sus raíces, de sus tradiciones. Vasco navarro y español. Por eso, lo mataron”.
UN TEMA SILENCIADO
El asesinato de su abuelo paterno también ha sido una constante en la vida de Teresa Prieto Leache (Pamplona, 1982), nacida al año siguiente del atentado. “En mi familia no se ha habla mucho de este tema. Todo lo que sé es porque lo he leído. No querían exponerse”.
Madre de dos niños de 7 y 4 años, pasa a diario por el lugar en el que fue asesinado su abuelo (en la Avenida Barañáin, frente a la parroquia Nuestra Señora del Huerto, en San Juan). “Toco la placa conmemorativa y sigo andando. No lo evito. Es un recuerdo de mi abuelo”. El día que su abuela cumplió 80 años regaló a cada uno de sus nietos una bandeja con la firma de ella y la de su difunto marido grabada. Y a sus siete hijos, sigue contando Teresa, un trozo del pañuelo con el que ella había limpiado la sangre de su marido el día que lo mataron. “Buf. Fue algo muy emotivo”.
José Luis Prieto fue asesinado cuando tenía 61 años, dos después de jubilarse como jefe de la Policía Foral. "Era una persona muy tranquila. A veces, había recibido llamadas amenazantes. Cuando le mataron, salía de misa con mi abuela. Una de mis tías más jóvenes, que aún vivía en casa, fue corriendo al lugar porque le avisaron de que a su padre le había pasado algo".

