Entrevista
Iñaki Iriarte: "No volvería a la política ni a punta de pistola, sentía que no ayudaba a nadie"
Parlamentario navarro con UPN (2015-2023), ha regresado como docente a las agitadas aguas de la Universidad del País Vasco. Sobre su último libro y la actualidad habla en esta entrevista


Actualizado el 10/04/2026 a las 07:48
Iñaki Iriarte López (Pamplona, 1971) ha buceado en la “turbulenta” y “alucinante” historia del periodista Keith Scott-Watson y la comunista española Nieves Fernández, a la sazón su tía-abuela. Una historia nacida entre los ecos de las bombas de Gernika y apagada en la batalla de Jerusalem, en 1948. Su último libro, ‘El columnista’ (editorial Almuzara), reconstruye de modo biográfico los claroscuros de sus antepasados, pero es también una oportunidad para hablar con Iriarte, articulista en Diario de Navarra, de su paso por la política y de la actualidad.
Escribir un libro para dilucidar si su tía-abuela Nieves tuvo cuatro amantes y si su marido se inventaba las crónicas de guerra... ¿No se revolverán estos en sus tumbas?
Creo que los he tratado con mucho respeto y que se sentirán agradecidos. He intentado sacar a la luz unas vidas muy intensas, apasionantes y olvidadas, con una historia trágica de amor de por medio.
¿No es difícil hablar de los suyos?
Es más fácil, porque tienes una capacidad mayor para empatizar con los personajes. Y lo que da profundidad a un texto es la textura de estos: que sean, como somos las personas, difíciles, contradictorios, con una gran tensión interior.
El columnista, su tío-abuelo, es testigo del bombardeo de Gernika, de la últimas sesión de las Cortes Republicanas, de la voladura de Castillo de Figueras, incluso del fusilamiento del Obispo de Teruel. ¿Usted lo pone en duda?
Él fue un periodista, como la mayor parte de los periodistas de la época, con una gran tendencia a la exageración y a la fabulación, pero en algunos momentos directamente a la mentira. Porque él dice, por ejemplo: ‘he estado en este sitio’, ‘Negrín, el presidente, ha dicho esto...’; pero vas al diario de sesiones y ves que no ha dicho esto. Y vas contrastando las informaciones de otros testigos y las propias versiones que dio de los acontecimientos en distintos momentos y te das cuenta de que mentía.
Y a algunos les parece que el periodismo está mal ahora...
Este hombre era mucho peor... Además, siempre estaba escapando de la muerte: siempre acababa de huir, había caído una bomba y había matado a cientos. Ese recurso, la primera vez, impresiona; lo ves repetido cuatro veces, y cansa.
¿Cree que Keith Scott-Watson era en realidad un espía de los servicios secretos británicos?
Su presencia en algunos lugares y momentos, sin unas credenciales claras, es muy sospechosa. En Roma, por ejemplo, fue a visitar a Queipo de Llano, que estaba siendo utilizado por la inteligencia británica para presionar a España para que no se metiera en la guerra. Podría decirse que fue a entrevistarle, pero no se publicó ninguna entrevista. ¿A qué va un tipo que ha sido de las brigadas internacionales a visitar a un represor y golpista como Queipo de Llano? No he podido demostrar nada.
La historia se trunca en Palestina, un destino al que mucho después se unió, usted, su sobrino-nieto...
No solamente termina en Palestina, sino que mi tío abuelo se aloja, cuando está en Palestina, en un hotel, el Hotel Salvia, justo enfrente del centro al que yo estaba adscrito cuando hice estancias académicas, en la avenida Jabotinsky de Jerusalem. La cantidad de veces que hemos pasado por el mismo sitio.
¿Ha sufrido usted viendo borrarse Palestina bajo las bombas israelíes?
Conflictos en el mundo vemos muchísimos y es cierto que nos acostumbramos a ellos. Los niños muertos son niños muertos en todas partes y tienen la misma dignidad y suponen el mismo dolor para sus padres y familiares. Pero es cierto que por mis vínculos con Palestina, la avalancha de imágenes que veía por televisión y redes sociales me hacían vivirlo todo con una intensidad muy especial.
Cuando se inició el ataque de Israel usted todavía era parlamentario foral con UPN. ¿Se sentía atado para poder expresarse libremente sobre lo que estaba pasando?
Tengo que agradecer que desde el primer momento UPN me dio libertad de voto en unas mociones sobre Palestina que, por otro lado, eran muy simbólicas, puesto que el Parlamento de Navarra puede pedir lo que sea, pero la realidad va a seguir. Pero, sí, sentía una incomodidad interna. Entendía que UPN no había nacido para posicionarse en temas internacionales; su batalla no era esa; pero en ese momento lo que a mí más me importaba era lo que estaba pasando a 4.000 kilómetros de distancia. Y para mí era evidente que se estaba produciendo un genocidio aunque UPN, lo entiendo, no quisiera entrar en esos berenjenales.
¿Eso precipitó que dejara el partido y su acta de parlamentario?
Sí, sin duda, entre otros factores.
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¿Y se siente más reconfortado en su regreso a las aulas de la Universidad del País Vasco (UPV)?
Sí, y a la vez me empiezo a cansar de las clases y noto ya una distancia con los alumnos muy grande... Con la inteligencia artificial de por medio, no sabes bien qué pedir a los alumnos y tengo la certeza de que ya hablo un lenguaje distinto al de ellos. La información que intento suministrarles compite con las montañas de información que hay en Internet. Mi sensación como docente es que la batalla está perdida, que soy incapaz de dejarles un criterio para buscar la información relevante. Esa sensación de estar intentando arar en el mar, pero ya ni siquiera con un arado.
¿No es una postura muy derrotista frente a la inteligencia artificial?
Es un derrotismo absoluto, lo que no supone indiferencia... Pero en mis clases los alumnos ya no toman apuntes. Lo que este señor aburrido les dice en dos horas un programa se lo resume en 20 minutos. Otras veces he pedido a los alumnos que escribieran un artículo de opinión propio sobre distintos temas. Y el trabajo de quienes lo habían hecho con inteligencia artificial, la gran mayoría, era mejor que el de quienes lo habían hecho ellos mismos. Mi paradoja era si tenía que suspender a estos últimos o a quienes habían usado la inteligencia artificial.
La Universidad del País Vasco es noticia por la campaña de acoso a 40 profesores que firmaron un manifiesto frente al libre albedrío de grupos de estudiantes radicales en el campus. ¿Es usted uno de los firmantes?
No, pero en paralelo yo escribí un artículo para 'El Correo' cuando se estaba escribiendo ese manifiesto y, sí, estoy de acuerdo con él. En mi facultad, sin exagerar, hay carteles a cada paso, pintadas vandálicas en los pasillos y a veces en las aulas. Es verdad que hay un clima en el que todo se reduce a si eres de la izquierda abertzale disidente o de la izquierda abertzale oficial. Claro que esos grupos tienen derecho a expresarse, me parece fantástico, pero es cierto que cuando esa homogeneidad es tan agobiante y está tan extendida, eso es terrible para una universidad. Le está haciendo mucho daño.
Su universidad quiere ahora borrar la palabra terrorismo de sus estatutos. ¿Le preocupa?
Por ese tipo de cuestiones no nos fiamos mucho del actual rectorado. No se puede cerrar los ojos ante el hecho de que la sociedad vasca ha estado muy condicionada por la existencia del terrorismo y quitar esa palabra de los estatutos me parece un error enorme.
¿Se plantea volver a la política?
No, ni a punta de pistola... Otra de las razones para dejar la política fue la sensación de que tras plenos larguísimos en el Parlamento, iba en el autobús o me cruzaba con la gente por la calle y pensaba: ‘me he pasado 10 horas en un Parlamento y no he solucionado los problemas de ninguna de estas personas’.
¿Cree que faltan políticos con voz propia y que sobran los que solo replican las consignas de partido?
Una pregunta muy comprometida, da la impresión de que yo soy uno de los primeros y que los demás no lo son. Pero creo que la gente que se ha quedado, de todos los partidos, está trabajando con la mejor voluntad por sacar sus ideas adelante. En el escenario son actores que tienen que clavar el papel que se les ha asignado y en cierto modo son víctimas de la política. Es probable que en algún momento miren hacia atrás y tengan la sensación de desazón y de derrota que he tenido yo.