Historias
Volver a donde empezó todo: "Ahora a mi abuela la llamo vecina"
Mª Luisa Martínez, la última vecina que permanece en el 9 de Joaquín Larregla, en la Milagrosa, desde su construcción en 1962, y su nieto Miguel Alfaro, que ha elegido este barrio pamplonés para vivir, conversan sobre la vida en esta calle y su evolución


Actualizado el 05/04/2026 a las 08:14
La publicación de historias suele responder a un motivo de peso que impulse a contarlas. Por lo general, este nace del gancho de la actualidad o del protagonismo de personajes noticiables. Sin embargo, en esta ocasión, la razón para escribir no es otra que la decisión de un nieto de volver a sus raíces y establecerse en el barrio de la Milagrosa, el mismo lugar donde su abuela María Luisa comenzó su proyecto de vida allá por 1962, junto al abuelo Miguel, ya fallecido.
El escenario de este encuentro es un pequeño cuarto de estar del número 9 de la calle Joaquín Larregla, en Pamplona. Junto a la ventana, en un sillón, está María Luisa Martínez Gorraiz, de 84 años y última vecina que queda de los trece inquilinos que estrenaron el bloque en los sesenta. Enfrente, en un sofá, ocupa un hueco Miguel Alfaro García, un nieto de 34 años que no quita ojo a cada movimiento que ella realiza. La decoración es la clásica de un piso de una abuela con cinco nietos, un bisnieto y el suelo es de parqué mosaico. Fotos enmarcadas con las caras de estos jóvenes, que ya han roto el cascarón, ocupan las estanterías. “Este es el piso que nos dieron cuando llegamos; no he tirado ni una pared”, dice, explicando que ha realizado pocos cambios y ha respetado la disposición. “Ahí tengo el plano de la vivienda”, añade, señalando con un dedo el pasillo principal.
Mientras describe con detalle distintas ideas, su nieto le guía, llevando la conversación hasta los años 60, cuando esta calle era la “última” de Pamplona. “No nos casamos hasta que nos dieron la llave del piso”, explica, hablando sobre su marido, Miguel García Yoldi, nacido en Liédena, trabajador de Ibérica del Frío y con el que formó una familia numerosa con cinco hijos, un estilo de vida repetido en todo el bloque. “Todo esto eran piezas de cereal y, por donde está Oberena, venían las ovejas del pastor de Barañáin”, dice Luisa, nacida en una muralla del Cerco de Artajona, pueblo que dejó a los 15 años para trabajar en Pamplona como niñera en casa Amilibia.
UNA CALLE QUE FUE REFERENTE
Por aquel entonces, la sensación de los vecinos era la de estar “muy lejos” del centro y se sentían fuera del núcleo urbano. Casualidades aparte, más de sesenta años después, el nieto mayor de Luisa, Miguel, ha decidido comprar un piso a escasos cien metros por el hecho de estar “al lado del centro”, entre otros motivos. “Es un barrio que tiene de todo, más o menos, y lo que más me alucina es ir andando al centro”, dice este socio de Oberena. Aun así, Luisa le recuerda la cantidad de comercios que ha perdido su calle a lo largo de los años.


“Esta calle era como un mercado”, dice ella, explicando que en los 70 los txikiteros iban a Larregla porque era una calle referente con comercios, tres bares y una sociedad. “Pero ahora llevan casi todas las bajeras más de veinte años vacías”, matiza Miguel, dejando claro que ha habido un cambio en la actividad de esta vía dedicada a un músico navarro, como casi todas las aledañas.
“Ahora da pena venir por la noche y ver las bajeras sin luces”, apunta ella, que, a pesar del cierre de negocios, valora de forma muy positiva este barrio humilde, en el que, cuando llegó, las calles eran de grava, cada noche se bajaba la basura a la puerta y había “cuatro coches”. “Mi marido tenía una Vespa”, detalla.
Con estos cambios y la ampliación de Pamplona, la Milagrosa ha pasado a estar integrada en el centro de la ciudad y a ser un barrio en el que, sin perder la esencia obrera, conviven sus primeros vecinos con nuevas generaciones. Entre ellos, Miguel. “Tengo a dos minutos a mi abuela, a la que ahora llamo vecina”, dice entre risas, explicando que unos tíos y primos suyos también optaron por la misma calle para vivir.
“Yo estaba muy a gusto antes y ahora”, sentencia la abuela Luisa, mostrando su deseo de no abandonar nunca una casa que ha sido el hogar de muchos y está repleta de recuerdos domésticos. Ahora, la distancia entre abuela y nieto se ha reducido a unos metros y, en la calle, la vida pasa, mientras que en el número 9 simplemente continúa.