Reportaje

Un iraní residente en Navarra teme por la vida de su familia en Irán: "No sé nada de ellos desde el 8 de enero"

Sami Asgar, de 41 años y afincado en Pamplona desde hace 17, alerta de la represión del régimen de los ayatolás en su país, que en dos semanas ha dejado al menos 2.000 muertos y el corte deliberado de internet

Sami Asgar, iraní de 41 años y vecino de Pamplona.
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El iraní Sami Asgar, ayer por la mañana en Pamplona, donde vive desde hace 17 años junto a su mujer, la ucraniana Elena SohorIván Benítez
Sami Asgar, iraní de 41 años y vecino de Pamplona.

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Iván Benítez

Actualizado el 14/01/2026 a las 00:01

Sami no tiene miedo. O al menos eso asegura. Pide que se le fotografíe mientras prende fuego con un mechero a una imagen del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. Se inspira en un gesto que se ha vuelto viral entre muchas mujeres iraníes, que se graban fumando y quemando la imagen del dirigente religioso como símbolo de resistencia. 

El periodista, con prudencia, le invita a reflexionar sobre las consecuencias de ese acto, que podría poner en peligro a sus cinco hermanos -cuatro hombres y una mujer- y a sus sobrinos, que permanecen en Irán. Sami Asgar, de 41 años, vive en Pamplona desde hace 17. Está casado con Elena Sohor, una mujer ucraniana. Dos conflictos abiertos bajo el mismo techo.

No tengo miedo —recalca—. Antes de hablar y de hacer lo que estoy haciendo, hablé con mi hermano mayor y está de acuerdo. Me dijo: “Si no nos levantamos ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer?”. Llevamos 47 años enterrados vivos. Muertos en vida.

Sami Asgar quema el retrato del líder supremo en un acto de resistencia que se ha extendido dentro y fuera del país
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Sami Asgar quema el retrato del líder supremo en un acto de resistencia que se ha extendido dentro y fuera del país
Sami Asgar quema el retrato del líder supremo en un acto de resistencia que se ha extendido dentro y fuera del país

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El último contacto de Sami con su familia fue la noche del 7 de enero. Al día siguiente, asegura, el régimen iraní impuso un apagón casi total: cortes de electricidad, de internet…

—La televisión local anima a la mayoría de la población a marcharse si no le gusta la vida en Irán. Eso significa invitar a emigrar a casi noventa millones de ciudadanos.

El 26 de febrero de 2023, Sami y Elena ya hablaban en este periódico de la situación que les tocaba vivir. Era entonces el inicio de dos guerras que marcarían su vida cotidiana. Reflexionaban sobre los conflictos que sacudían sus países de origen: Ucrania e Irán. Dos pueblos distintos, pero unidos por una misma lucha: conquistar el derecho más elemental, el de la vida.

Elena y Sami, con las banderas de sus países, Ucraniana e Irán, en el barrio pamplonés de la Rochapea
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Elena y Sami, con las banderas de sus países, en 2023iván benítez
Elena y Sami, con las banderas de sus países, Ucraniana e Irán, en el barrio pamplonés de la Rochapea

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Tres años después, en 2026, ambos conflictos siguen abiertos y continúan golpeando a su población.

En aquella conversación de 2023 recordaban cómo se conocieron un verano, “por casualidad”. Ella viajaba a Galicia para visitar a su madre. Paseaban juntas y decidieron acercarse a una feria artesanal.

—Yo estaba trabajando, instalando casetas. Fue un flechazo. Cuando la vi supe que nunca más nos íbamos a separar.

Una mirada, una conversación, intercambiaron los teléfonos y, una semana después, fue ella quien tomó la iniciativa. Le llamó. No sabía que él era iraní.

—Fue cuando hablamos por teléfono y me dijo que era persa. “¿Persa? ¿Pero dónde está eso?”, recordaban entre risas.

En febrero de 2022 había comenzado la invasión rusa de Ucrania, una de las guerras más cruentas del siglo XXI, de la que en 2026 se cumplen cuatro años. Al mismo tiempo, Irán se veía sacudido por una oleada de protestas tras la muerte de Mahsa Amini, una joven de 22 años fallecida en septiembre de 2022 tras ser detenida por la Policía de la Moral por llevar mal puesto el velo. Las revueltas dejaron cientos de muertos y miles de detenidos.

En aquel contexto, y pese a la implicación del régimen iraní en la guerra de Ucrania mediante el suministro de drones explosivos al ejército ruso, Sami y Elena aseguraban sentirse unidos.

—La población ucraniana y la iraní lo estamos —afirmaban—.

—Desde el primer día, Sami me ha apoyado muchísimo desde que empezó la guerra… y yo hago lo mismo con las protestas en su país. Vivimos días muy duros porque Ucrania está siendo atacada constantemente por drones iraníes —señalaban en 2023—El mal es el mismo enemigo. Por eso organizamos y participamos en manifestaciones conjuntas por toda España. No hay que olvidar que el pueblo iraní se está levantando contra su propio gobierno.

Elena subrayaba el nexo común entre ambos conflictos:

—Quienes luchan en Ucrania son sobre todo jóvenes. Y lo mismo ocurre en Irán. Los jóvenes no quieren vivir como vivieron nuestros padres. Ya no hay vuelta atrás.

13 DE ENERO DE 2026

Tres años después de aquellas conversaciones, la guerra en Ucrania permanece enquistada y la situación en Irán se ha recrudecido hasta el punto de que Sami teme por la vida de su familia. Desde este 8 de enero no sabe nada de sus hermanos. Los últimos mensajes que recibió reflejan el hartazgo social.

—La gente está cambiando. Está harta de trabajar para nada. El pueblo está muy triste, se ve en las caras. Hay personas muy ricas y otras muy pobres. Ves a vecinos no llegar a fin de mes, sabiendo que sus hijos no tienen futuro.

Este martes 13 de enero de 2026, Sami recuerda esas palabras con la mirada fija en una taza de café, sentado en una cafetería de Pamplona. Apenas duerme. Está pendiente de la escasa información que logra filtrarse por redes sociales.

“Elena se ha sentado esta noche a mi lado y me ha pedido que tenemos que seguir adelante, que llevamos demasiados años aguantando el peso del miedo y de la violencia de los conflictos en nuestras espaldas”.

Hoy, en 2026, las manifestaciones en Irán continúan pese a la represión y los cientos de muertos, según han informado medios occidentales.

Han cortado la luz y el internet para aislar al país. Yo vivo fuera y no tengo noticias de mi familia ni de mis amigos. Esa incertidumbre duele y angustia. Temo por sus vidas. Sé que están en la calle, exponiéndose.

—La lucha es contra un régimen dictatorial. No hay servicios básicos dignos, la represión es constante y se asesina a personas inocentes solo por alzar la voz. Aquí vamos de la mano hombres y mujeres. No es una protesta de mujeres ni de hombres. La gente está cansada de mentiras, violencia y guerras provocadas por dictadores que solo quieren mantenerse en el poder. Hoy, el pueblo persa exige vivir con dignidad y libertad. En las calles se escucha un grito que resume su lucha: “Libertad para el pueblo o muerte”.

Las protestas se recrudecen en Irán
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Las protestas comenzaron el 28 de diciembreEuropa Press
Las protestas se recrudecen en Irán

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¿QUE SUCEDE EN IRÁN?

El régimen de los ayatolás atraviesa en 2026 uno de sus momentos más críticos desde la Revolución Islámica de 1979. Las primeras acciones que sacudieron el país a partir del 28 de diciembre fueron las huelgas de comerciantes en el Gran Bazar de Teherán. En pocos días, las protestas se extendieron a 27 de las 31 provincias, confirmando su alcance nacional. Pero lo decisivo ocurrió después: las consignas cambiaron. Lo que comenzó como una expresión de descontento económico evolucionó hacia llamamientos al fin de la República Islámica y demandas de derechos humanos, dignidad y libertad.

“Este escenario se ve agravado por el corte deliberado de internet y por un contexto más amplio de impunidad, en un país donde más de 1.300 personas fueron ejecutadas en 2025 en el marco de una política de pena de muerte utilizada como herramienta de represión”, denuncia Amnistía Internacional. “El acceso a internet es un derecho humano básico”, subraya la organización. “Permite informarse, comunicarse, pedir ayuda y documentar abusos. Al cortar internet, las autoridades sumen a la población en una ‘oscuridad digital’: impiden que quienes están dentro reciban información fiable y que puedan compartir con el exterior lo que ocurre en las calles, en los hospitales y en los centros de detención”.

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Sami Asgar quema el retrato del líder supremo Ali Jamenei. Un acto de resistencia que se ha extendido dentro y fuera del paísiván benítez
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—La población es muy distinta a su gobierno —insiste Sami—. Las nuevas generaciones tenemos información, hemos viajado, sabemos cómo vive el mundo. No hay vuelta atrás. Irán es un país rico, pero el dinero se gasta en armamento. Queremos ser libres sin hacer daño a nadie. Estamos aquí para vivir. Vamos a luchar. Y si no lo consigo yo, lo harán nuestros hijos.

Las mujeres se han convertido, una vez más, en uno de los principales motores de estas movilizaciones. En las últimas semanas, muchas se graban quemando imágenes del ayatolá Jamenei, un gesto convertido en símbolo de resistencia.

Sami se despide y, antes de marcharse, comprueba si ha llegado algún mensaje.

—Nada. Seguimos igual…

Los medios digitales publican este martes que un alto cargo iraní asegura que alrededor de 2.000 personas han muerto en las protestas que sacuden el país, una cifra muy superior a la manejada hasta ahora por organizaciones de derechos humanos y organismos internacionales.

La imagen de Sami Asgar, deja claro este vecino de Pamplona, también sirve para honrar la memoria del activista Omid Sarlak, un joven iraní cuya muerte en noviembre de 2025 se convirtió en un símbolo de la represión y del creciente descontento contra el régimen. Horas después de publicar en sus redes sociales un vídeo en el que quemaba una fotografía del líder supremo Ali Jamenei —acto que en Irán se considera una provocación política extrema—, Sarlak fue hallado muerto en su coche con una herida de bala. La policía anunció que se trató de un suicidio, pero familiares y activistas cuestionaron esa versión y señalaron posibles responsabilidades de las fuerzas de seguridad.

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