Obituario

Mª Teresa Aldaz Donamaría, el amor hecho persona

Mª Teresa Aldaz Donamaría
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Mª Teresa Aldaz Donamaría

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Juan Cruz Alli

Publicado el 24/12/2025 a las 05:00

El pasado miércoles 17 de diciembre falleció en Pamplona Tere, como le llamábamos familiares y amigos, a los 94 años de una vida fecunda de amor y entrega a los demás. Sus padres, hermanos y tíos, su esposo Miguel Munárriz, sus 5 hijos, 9 nietos y 14 biznietos disfrutaron de una persona encantadora, trabajadora y, siempre, entregada a quienes le rodeaban. Cuantos le hemos conocido y tratado guardamos un recuerdo indeleble de una sonrisa que transmitía afecto y paz. Nos resulta difícil describir con la pobreza de las palabras todo lo que Tere ha sido, porque cuanto tendríamos que decir desborda el sentimiento y el espacio. 

En mi infancia de la calle Mayor de Pamplona vivíamos tres familias Aranguren procedentes de casa Ilabarren de Elorz, formadas por los primos hermanos Fermín, Marcelino y Teresa, mi madre. Todos ellos tenían en común un padre Aranguren Huarte, y la ‘tía Felisa’ que sacaba a siete niños sobrinos-nietos a la Taconera durante los veranos. En la calle Eslava 7, esquina con la anterior, vivía un primo de Sagüés, Luis Aldaz Andueza, cuyo padre Mariano Aldaz Huarte era tío y primo, respectivamente, de los anteriores. Del matrimonio formado por Luis con Basilia Donamaría nacieron María Rosario, José Luis, Tere, Luisita, Javier y Juan José. Más tarde se incorporaron a la misma calle su hermana Regina y su esposo Emilio, padres de los Loitegui-Aldaz. 

La convivencia se desarrollaba entre todas las generaciones, favorecida por el hecho de que en la planta baja de la vivienda de Luis y Basilia estaba ‘Casa Eraso’, taberna de su familia. Era conocida como ‘El Vaticano’, según mi madre, por la reconocida religiosidad de la familia y por reunirse en ella gentes carlistas; según algunos maledicentes, “porque eran tan cristianos que bautizaban el vino”. Es lo cierto que Luis tuvo dos hermanos sacerdotes (Mariano y Paulino), dos hijas religiosas por un tiempo y el hijo menor misionero en Guatemala (El Petén) y México (Chiapas). Los que vivían en casa se repartían los trabajos con sus progenitores. Javier ayudaba a su padre en la huerta de San Jorge, José Luis en la taberna, antes de hacerse tractorista, y Tere a su madre. 

Este es mi primer recuerdo de Tere, el de una chica joven, guapa, muy cariñosa, que siempre que pasaba me preguntaba por todos y daba aceitunas, chistorra o una onza de chocolate. Más adelante el trato fue mayor cuando, durante las vacaciones del seminarista Juanjo, salíamos y hacíamos excusiones que llegaron alguna vez al puente de Miluce y a la huerta de San Jorge. Recuerdo haberle visto salir de casa vestida de ‘madrina’ con mantón de Manila y mantilla para la corrida del día de las Peñas, seguramente por ser la del Muthiko Alaiak de entonces. El anuncio de su boda con Miguel Munárriz fue un acontecimiento familiar porque, como afirmó mi madre, “Tere se merecía un chico tan bueno y trabajador como ella”. Tere siempre estaba apoyando a su madre, a la que tanto se parecía en comportamiento y afectos. En momentos de pobreza y dificultades muchas familias del barrio supieron de su generosidad. 

La suya fue una religiosidad de obras silenciosas desde las ayudas a los necesitados, visitas a los enfermos, camarera para “mantener el decoro” de la capilla de San Fermín, siempre dispuesta a colaborar en su parroquia de San Lorenzo. Como su santa patrona buscó a Dios en todos los momentos de su vida, porque “también entre los pucheros anda el Señor” (Santa Teresa), sabía que estaba con ella y esperaba el encuentro, sin angustias, practicando la mística de la vida ordinaria, porque “el amor no se cansa nunca” y “en el atardecer de la vida seremos juzgados por el amor” (S. Juan de la Cruz). Sufrió con dolor y resignación la pérdida de sus hijos Miguel Javier y José Miguel. Fue el pilar que sostuvo el progreso empresarial, hecho de esfuerzo y trabajo honrados, de Miguel y sus hijos Alberto, Juanjo y Fernando. Vio con satisfacción que la convertían en una materfamilia con nueve nietos y catorce biznietos. Todo lo hizo con sonrisa en el rostro, alegría en el corazón, discreción y permanente actitud de servicio, que aprendió de sus padres.

 La matriarca navarra que fue Tere es un ejemplo contemporáneo de la “mujer fuerte” bíblica, “que vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no carece de ganancia. […] Tiende sus palmas al desvalido y alarga la mano al menesteroso. Con sabiduría abre su boca, y en su lengua está la ley de la bondad. Alzanse sus hijos y la aclaman bienaventurada, y su marido la ensalza. Engañosa es la gracia, vana la belleza; la mujer que teme a Dios, esa es de alabar” (Proverbios 31). Hoy, cuando ha ido al encuentro con los suyos que le precedieron, os transmito el mensaje que dejó con sus 94 años de vida ejemplar como hija, hermana, esposa, madre, abuela y bisabuela: “Podéis llorar, porque me he ido, / o podéis sonreír porque he vivido. / Podéis cerrar los ojos, / y rezar para que vuelva, / o podéis abrirlos y / ver todo lo que he dejado. / Vuestro corazón puede estar vacío / porque no me podéis ver, / o puede estar lleno del amor / que compartimos. / Podéis llorar, cerrar la mente, / sentir el vacío y dar la espalda, / o podéis hacer lo que me gustaba: / sonreír, abrir los ojos, amar y seguir” (adaptación del Recuérdame de D. Harkins). Tere, descansa en paz. 

Juan Cruz Alli Aranguren. El autor es uno de los parientes de la fallecida de la calle Mayor de Pamplona.

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