Día Mundial

Un día con alzhéimer en una familia navarra: "Toño, ¿sabes quién es el señor del espejo?"

Así transcurren 24 horas en la vida de Antonio Domínguez Martínez, un pamplonés de 77 años que enfrenta esta enfermedad acompañado por su familia y por AFAN, la asociación que ayudó a fundar en 1990 y presidió durante once años

Rosa Mari Luna cuida de su marido, Antonio ‘Toño’ Domínguez, diagnosticado de alzhéimer hace cuatro años
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Rosa Mari Luna cuida de su marido, Antonio ‘Toño’ Domínguez, diagnosticado de alzhéimer hace cuatro años
Rosa Mari Luna cuida de su marido, Antonio ‘Toño’ Domínguez, diagnosticado de alzhéimer hace cuatro años

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Iván Benítez

Publicado el 21/09/2025 a las 05:00

A despuntar el día, Rosa Mari se sienta en el borde de la cama y, con un suspiro leve, casi como un secreto, se anima a sí misma: “Un día nuevo… a ver qué nos trae”. Ese gesto sencillo, íntimo, inaugura una rutina que empieza puntualmente a las 7:45, veinte minutos antes de que la luz dorada de septiembre se cuele suavemente en la habitación contigua, donde duerme Antonio, su marido. Entonces, Rosa Mari se levanta con determinación, cruza el estrecho pasillo de la casa, se inclina sobre la almohada, toma la mano de Antonio, la besa y la lleva con delicadeza a su pecho, mientras le susurra:

—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

La respuesta llega en forma de sonrisa, de unos ojos atentos y de un silencio que descansa bajo la imagen de San Fermín colgada en la pared. Un gesto que marca el tono de la jornada en este hogar del barrio pamplonés de Ermitagaña, a pocos días de la celebración este domingo del Día Mundial del Alzhéimer. Una enfermedad que afecta en Navarra a unas 7.000 personas y que este año la fecha se vive en clave reivindicativa: la Asociación de Familiares de Personas con Alzhéimer y otras demencias de Navarra (AFAN) reclama, bajo el lema “Igualando derechos”, una atención sociosanitaria específica, acceso a tratamientos innovadores y un diagnóstico precoz.

Rosa Mari se acerca al cabecero, se inclina sobre la almohada, le toma la mano, la besa y, con delicadeza, la lleva hasta su pecho susurrándole.
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Rosa Mari se acerca al cabecero, se inclina sobre la almohada, le toma la mano, la besa y, con delicadeza, la lleva hasta su pecho susurrándoleIván Benítez
Rosa Mari se acerca al cabecero, se inclina sobre la almohada, le toma la mano, la besa y, con delicadeza, la lleva hasta su pecho susurrándole.

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Con la mano de Antonio aún sobre el pecho, Rosa Mari inicia el ejercicio cotidiano para activar la memoria:

—¿Cómo me llamo? ¿Y tú cómo te llamas? ¿Tu nieta? ¿Y tu hijo?

El orden siempre es el mismo, aunque las respuestas no lo sean. Hay días en los que Antonio no recuerda ni su nombre ni el de ella. Pero cuando consigue rescatar alguno, los apellidos se precipitan en cascada; a veces enlaza hasta cinco seguidos. Al nombrar a su nieta, la hija de Alberto, su único hijo, Rosa Mari suele soplarle la primera sílaba: “Na…”. Antonio sonríe y completa: “Naysa”.

En casa, las fotos de Naysa ocupan lugares destacados: en el comedor, en la habitación anexa donde Antonio escucha rancheras, garabatea en un papel o repite sin descanso titulares del periódico.

Mientras esperan al cuidador, Rosa Mari formula la pregunta definitiva, la que apunta al corazón de la devastación.

—¿Quién soy yo para ti?

Tras un breve silencio, su voz se abre paso.

—Una buena mujer.

Ella sonríe, una sonrisa que mezcla cariño y mucho dolor. Y entonces concluye el ritual.

—Ahora yo te doy un beso y tú me das…

—Una buena sonrisa —completa él, dibujando un hoyuelo pícaro en la mejilla derecha.

EL HOMBRE DEL ESPEJO

Hay dos momentos especialmente duros a lo largo del día en el entorno familiar: uno, cuando Rosa Mari pregunta quién es ella para él; otro, cuando Alberto acompaña a su padre en el ascensor, se miran en el espejo y, al preguntarle quién es ese hombre, Antonio contesta:

—No sé.

Alberto no termina de asimilar esta respuesta. “¿Cómo voy a hacerlo? Es muy duro escucharle recitar todos los refranes y canciones sanfermineras, rancheras y boleros, que le hables de los nombres de sus mejores amigos y suelte de carrerilla sus apellidos, pero no sepa quién es él frente al espejo ni su propio hijo. Es muy jodido”, expresa, emocionado.

Ese hombre del espejo, que ya no se reconoce, se llama Antonio Domínguez Martínez, ‘Toño’ para sus seres queridos, que son muchos en Pamplona y Navarra. “Un ser humano con mayúsculas”, describen quienes le conocen.

Antonio Domínguez Martínez se enfrenta a la enfermedad de alzhéimer acompañado por su familia y por la Asociación de Familiares de Personas con Alzheimer y otras demencias de Navarra (AFAN), colectivo que él ayudó a fundar en 1990 y que presidió durante once años.

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Vídeo de Antonio Domínguez, pamplonés de 77 años enfermo de alzhéimerIván Benítez

Pamplonés de toda la vida, fue diagnosticado de alzhéimer hace algo más de cuatro años. Dos años antes —como si presintiera la llegada del olvido, tras la pérdida de su hermano Luis Mari y de su madre, Angelita, ambos fallecidos a causa de la misma demencia— había dejado escrito un manuscrito titulado Mis recuerdos a los 70. Se trata de un legado personal de 38 páginas acompañadas de 241 fotografías de todas las personas que no quería borrar de su memoria. Un diario que comienza en una calle del Casco Viejo de Pamplona:

—Nací en la calle Descalzos, 27, el 30 de marzo de 1948, hijo de Luis Domínguez y Angelita Martínez y hermano de Luis Mari, cuatro años y medio mayor que yo. Y como tengo mucho tiempo por delante, voy a ver poco a poco hasta dónde llegan mis recuerdos.

En esa crónica personal rememora la infancia en las calles Descalzos y Jarauta: los juegos al escondite, las travesuras con su hermano Luis Mari, y los primeros contactos con el deporte y la vida laboral. A los 14 años comenzó a estudiar electricidad y trabajó como recadista en la tienda Beunza, mientras ayudaba a su tía en el mercado, y pronto descubrió su gusto por la contabilidad y la mecanografía. Su pasión por el fútbol le llevó al Club Deportivo Pamplona, la Agrupación Deportiva San Juan, Oberena —su equipo del alma— y el Boscos.

Pero lo más importante de su vida fue conocer a Rosa Mari a los 15 años, los Sanfermines y AFAN. En Mis recuerdos a los 70 escribe con ternura sobre este amor duradero, de paseos, guateques y de una vida compartida durante más de cinco décadas. No olvida tampoco su lucha personal contra el alzhéimer.

Como socio fundador y presidente de AFAN durante once años (1990-2001), dejó una huella decisiva en la asociación. Más tarde, continuó en la junta directiva como vocal hasta 2010 y, en los años en que compaginó la presidencia de AFAN con la de Confederación Española de Alzhéimer  y otras demencias (CEAFA), logró que esta última estableciera su sede en Pamplona, donde permanece. Desde su labor, impulsó programas de apoyo a las familias y se consolidó como un referente nacional en la promoción de derechos y recursos, dejando un legado que continúa plenamente vigente. “Fue y sigue siendo un referente moral para CEAFA por su calma, su buen criterio y su rectitud moral y ética en cada intervención”, han escrito sobre él.

Dos años después de editar aquel diario de los recuerdos comenzaron los primeros síntomas: despistes en la carretera, silencios en comidas con amigos, algo inhabitual en él... Y en 2023 aparecieron convulsiones. Tal fue el sufrimiento que no dudó en dejar constancia de lo que sentía. Lo hizo a lápiz, en un cuaderno: “Yo Antonio Domínguez veo que estoy siendo una calamidad para mi familia. Y lo siento mucho, pero no puede ser de otra forma, por suerte o desgracia”, escribió.

como si presintiera el olvido tras la muerte de su hermano Luis Mari y de su madre, Angelita, también por esta misma demencia— dejó escrito un manuscrito titulado Mis recuerdos a los 70, un legado de 38 páginas con 241 fotografías de todas las personas que no quería olvidar, realizado con sumo detalle y afecto.
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Como si presintiera el olvido tras la muerte de su hermano Luis Mari y de su madre, Angelita, también por esta misma demencia, dejó escrito un manuscrito titulado Mis recuerdos a los 70, un legado de 38 páginas con 241 fotografías de todas las personas que no quería olvidar, realizado con sumo detalle y afecto.Iván Benítez
como si presintiera el olvido tras la muerte de su hermano Luis Mari y de su madre, Angelita, también por esta misma demencia— dejó escrito un manuscrito titulado Mis recuerdos a los 70, un legado de 38 páginas con 241 fotografías de todas las personas que no quería olvidar, realizado con sumo detalle y afecto.

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Y en 2023 aparecieron convulsiones. Tal fue el sufrimiento que sufrió que no dudó en dejar constancia de lo que sentía. Lo hizo a lápiz, en un cuadernocedida por la familia
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En el transcurso de esta semana, Diario de Navarra ha acompañado a Antonio y a su familia en distintas jornadas para mostrar cómo es un día —solo uno— en la piel de una persona que sufre este trastorno cerebral que destruye lentamente la memoria, el pensamiento, el lenguaje, el entendimiento y el comportamiento.

Una enfermedad irreversible y progresiva que, en el caso de Antonio Domínguez, ha sido muy rápida, sin apenas tiempo para que la familia pudiera capacitarse y adaptarse al proceso. “En cuatro años Antonio y su familia han caído al abismo”, describe la situación Idoia Lorea, psicóloga de AFAN.

En realidad, este reportaje de 24 horas es una suma de vidas: la de Toño, pero también la de Rosa Mari y sus hermanos, la de su hijo Alberto y su nieta Naysa, Hugo y Henry, Lourdes, Manolo… y de todos quienes lo acompañan en esta lucha cotidiana, una enfermedad que afecta a unas 7.000 personas en Navarra. Una ventana abierta al alzhéimer. Desde primera hora de la mañana hasta que la casa se apaga por la noche.

Antonio Domínguez fue presidente de AFAN durante once años.
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Antonio Domínguez fue presidente de AFAN durante once añosIván Benítez
Antonio Domínguez fue presidente de AFAN durante once años.

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Antonio se encuentra en una fase cruel, en la que la memoria se ha perdido definitivamente entre sus dedos como granos de arena. “A día de hoy el nivel de conciencia de Antonio es cero”, confirma Lorea, enviando un mensaje a la sociedad y al entorno inmediato de una familia con un enfermo por alzhéimer: “Hay que tener cuidado a la hora de dar consejos a los cuidadores. Hay que respetar los ritmos, porque cada familia y cada persona enferma es una historia de vida. Los consejos pueden producir un dolor añadido. No hay que olvidar que las familias están viviendo un duelo. Un duelo en vida”.

DIARIO DE 24 HORAS

Antonio Domínguez y su nieta Naysa en Sanfermines.
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Antonio Domínguez y su nieta Naysa en Sanfermines.Iván Benítez
Antonio Domínguez y su nieta Naysa en Sanfermines.

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Rosa Mari guarda en el primer cajón de la habitación donde duerme su marido dos fotografías en las que se ve a Antonio disfrutando con su nieta Naysa en Sanfermines.

—No puedo tenerlas a la vista mientras Hugo lo viste o lo asea, porque entonces no quiere separarse de ellas. Se despista.

7.45 horas. Se abren las persianas. Aunque hay huelga de villavesas, Hugo llega puntual. Es boliviano, de Oruro, y desde 2012 cuida a personas con demencias. Sustituyó hace un año a Henry, otro cuidador que marcó a fuego a la familia “por su generosidad y humanidad”. Hugo es más introvertido, pero también muy profesional. Lo primero que hace es ajustarse una chaqueta blanca y colocarse guantes de nitrilo azul. Luego cruza el estrecho pasillo.

—Buenos días, Antonio.

Al igual que Rosa Mari, se acerca hasta la almohada. Antonio lo observa con curiosidad, como si fuera la primera vez que lo ve. Hugo prepara dos barreños con gasas y comienza a desvestirlo y a lavar su cuerpo con destreza y cuidado. A veces, Antonio se queja con ímpetu; Hugo lo calma.

—Tranquilo, terminamos pronto.

Hugo, cuidador de Antonio, le asea con cuidado sobre la cama.
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Hugo, cuidador de Antonio, le asea con cuidado sobre la cama.Iván Benítez
Hugo, cuidador de Antonio, le asea con cuidado sobre la cama.

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Con ayuda de Rosa Mari, lo sientan en la cama y ella termina de abrochar los botones de la camisa.
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Con ayuda de Rosa Mari, lo sientan en la cama y ella termina de abrochar los botones de la camisaIván Benítez
Con ayuda de Rosa Mari, lo sientan en la cama y ella termina de abrochar los botones de la camisa.

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Una vez aseado, lo viste. Con ayuda de Rosa Mari, lo sientan en la cama y ella termina de abrochar los botones de la camisa. Antonio se serena. Entre los dos lo levantan con esfuerzo y acomodan en la silla de ruedas. Terminan con el aseo.

El desayuno consiste en una taza de café con pan desmigado. Hugo adapta la cuchara a la posición de sus dedos y deja que tome su tiempo. Solo al final le ayuda a terminar de sorber la leche. Tras un enjuague bucal, ya está preparado para ir al Centro de Día de La Vaguada.

Son las nueve menos diez. Hugo se despide. Antonio se queda en otro cuarto, rodeado de fotos enmarcadas: el día de su boda, San Fermín en la Estafeta con la cuadrilla… Rosa Mari le deja un papel y un lápiz para que se entretenga mientras se termina de arreglar. Él comienza a trazar una línea de arriba abajo, gruesa, que repite una y otra vez hasta que ella interviene para sacarlo de la secuencia. Entonces escribe números en horizontal, y los dos últimos los recalca tanto que termina agujereando el papel. De fondo suenan rancheras de Puro Relajo. Se animan a entonarlas a dúo. Una lágrima parece caer del ojo izquierdo de Antonio.

Rosa Mari le abre el periódico después de desayunar y Antonio repite sin descanso: "Deportes página 23".
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Rosa Mari le abre el periódico después de desayunar y Antonio repite sin descanso: "Deportes página 23"Iván Benítez
Rosa Mari le abre el periódico después de desayunar y Antonio repite sin descanso: "Deportes página 23".

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—Se está emocionando porque en esta canción se habla de los amigos.

Salen de casa. Rosa Mari empuja la silla de ruedas. Bajan en el ascensor las nueve plantas. Silencio frente al espejo. Al salir del edificio, se cruzan con varios vecinos.

—Buenos días, Toño.

Todo el mundo le conoce. Llevan cincuenta años viviendo en esta plaza de Ermitagaña. Atraviesan el paso de peatones; los coches se detienen. Antonio levanta el pulgar en señal de agradecimiento. Al otro lado, una furgoneta de las residencias Solera, aparcada en la acera, lleva rotulado el siguiente eslogan: Al servicio de los mayores. Antonio, que tiene muy buena vista, lo lee y repite la frase en bucle. Más adelante, ve una señal de tráfico que también repite: “Con cuidado”, y más allá un rótulo más.

Antonio levanta el pulgar de manera instintiva al comprobar que los coches paran a su paso.
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Antonio levanta el pulgar de manera instintiva al comprobar que los coches paran a su paso.Iván Benítez
Antonio levanta el pulgar de manera instintiva al comprobar que los coches paran a su paso.

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Llegan a La Vaguada. Llaman al timbre del Centro de Día. Abre Lourdes Arbelaiz, auxiliar de enfermería de 65 años. Coordina un grupo de once personas, de entre las cien que acuden a diario. Una sonrisa y brazos abiertos.

—Antonio trabaja muy bien la escritura, escribe de maravilla, y le encantan las matemáticas, cantar, manipular objetos… Nos reímos y también nos enfadamos.

Admite que no hay ningún secreto para aguantar tantos años en un trabajo tan sacrificado. “Es vocacional”. Eso sí, desvela una ecuación mágica: conexión y confianza.

—Todos los días empiezan igual, pero tienes que adaptarte sobre la marcha, dependiendo de si logras conectar o no con cada persona. Para conectar necesitas confianza. Y eso solo se gana estando todos los días con ellos. Cada uno es un mundo.

También advierte de ingresos cada vez más jóvenes por demencia y con deterioros más agresivos.

Rosa Mari sale de La Vaguada. Respira hondo. Sonríe. Una sonrisa rota. Luce el sol, pero luego lloverá con intensidad.

—Bueno, esta es mi vida ahora. A veces me gusta subir al centro y recorrer las mismas calles que recorría con Antonio. A las doce quedo con las amigas y tomamos café. Pero lo que más me gusta es estar en casa quietica. No pensar. Antes me gustaba leer, pero ahora no me concentro.

Lourdes Arbelaiz, auxiliar de enfermería de 65 años, sale con Antonio del aula del Centro de Día de La Vaguada.
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Lourdes Arbelaiz, auxiliar de enfermería de 65 años, sale con Antonio del aula del Centro de Día de La VaguadaIván Benítez
Lourdes Arbelaiz, auxiliar de enfermería de 65 años, sale con Antonio del aula del Centro de Día de La Vaguada.

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17.00 horas. Ha llovido intensamente y vuelve a salir el sol. El hijo de Antonio, Alberto, llega puntual al Centro de Día. Le acompañan Henry, su primer cuidador, y Cecilia, su mujer. Pulsan el timbre. No tarda en salir Lourdes. Padre e hijo chocan las manos. Henry lo abraza.

—¿Qué tal estás, campeón?

—Estoy bien.

—¿Qué has comido?

—Cosas ricas.

Lourdes, Alberto y Henry ríen al unísono. Antonio vuelve a encender el hoyuelo derecho. De camino a casa, vuelve a leer todo lo que encuentra a su paso.

—Puerta automática. Puerta automática. Puerta automática.

Alberto lo saca del bucle, pero su padre entra en otro.

—Al servicio de nuestros mayores. Al servicio de nuestros mayores..

Entran al portal, se miran en el espejo y, al llegar al ascensor, sorprende un cartel en la puerta.

—Revisión. Revisión. Revisión.

Alberto se lleva las manos a la cabeza. Recuerda cómo vivieron el reciente apagón. Tuvo que subir a su padre con la silla de ruedas, con la ayuda de un joven vecino, hasta la novena planta.

—Nada, vamos a dar un paseo hasta que terminen.

Vuelven a la cafetería de la Vaguada.

—Caña, caña, caña —incita Alberto.

—¡Ermitagaña! —reacciona Antonio. Henry comienza un acertijo que le enseñó durante los dos años que estuvo a su lado:

—Me han dicho un dicho que han dicho que he dicho…

Antonio, a su lado, sigue recitándolo.

—Ese dicho está mal dicho, pues si lo hubiera dicho estaría mejor dicho que el dicho que han dicho que he dicho yo.

Risas cómplices. Encadenan con un bolero y luego con otro. Se sientan en la terraza. Antonio toma prestado el cuaderno y el bolígrafo del periodista y traza una línea de arriba abajo, igual que hizo por la mañana en casa. La línea se sale del cuaderno y sigue pintando sobre la mesa.

—¡Papi, que nos van a reñir!

La mano de Antonio sigue garabateando con firmeza incluso fuera del cuaderno.
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La mano de Antonio sigue garabateando con firmeza incluso fuera del cuaderno.Iván Benítez
La mano de Antonio sigue garabateando con firmeza incluso fuera del cuaderno.

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Intentan borrar con la yema del pulgar. Henry aprovecha para recordar su relación con Antonio.

—Fue algo más que un trabajo. Lo cuidaba y lo acompañaba. Toño todavía mantenía un cierto nivel de consciencia. Caminábamos mucho, conversábamos, cantábamos boleros.

Henry lo cuidaba desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde, hasta hace un año, cuando tuvo que emprender un nuevo rumbo profesional. Ahora regenta el restaurante La Iguana, en Zizur Mayor. Llegó a Navarra desde Ecuador hace siete años; allí era visitador médico y aquí se especializó en el cuidado a personas con demencias.

—Le gustaba hablar de las vivencias de la mili, de la infancia, del fútbol, de las caminatas con los amigos.

Henry no olvida una frase que Antonio le dijo y que resume bien su vida:

—Me siento en paz de haber hecho las cosas bien —le transmitió—. Toño era como un padre para mí.

Pero Antonio empeoraba.

—Necesitaba una atención mayor. Ha sido brutal. Hemos hablado tanto y ver cómo se apaga… Es una enfermedad cruel y devastadora para el entorno familiar. Y más dolorosa aún teniendo en cuenta quién ha sido esta persona.

—¿Quedamos esta tarde con el Pollero? —pregunta Alberto. Al oír hablar de su amigo de infancia, Manolo Loitegui,a su padre se le activa un resorte. Levanta la mirada del cuaderno y sonríe a su hijo. Alberto y Manolo han quedado a las seis y media.

Antes de levantarse de la mesa de la cafetería, Henry deja una última reflexión.

—La sociedad europea piensa que está preparada para afrontar una enfermedad así… hasta que te toca a ti.

Henry y Antonio se reencontraron la semana pasada.
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Henry y Antonio se reencontraron la semana pasada.Iván Benítez
Henry y Antonio se reencontraron la semana pasada.

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Rosa Mari telefonea a su hijo para avisar de que ya está arreglado el ascensor. Alberto, su padre y Henry regresan sobre sus pasos. Otra vez las repeticiones: esta vez son las matrículas de los coches, que Antonio lee y repite. Henry empuja la silla de Antonio por detrás.

—Un poco de meneo —les espolea ahora Alberto, que se ha adelantado.

—Meneo que me meo —suelta de pronto Antonio, provocando carcajadas. Luego dice la dirección de su casa, incluido el número de portal y piso. Henry se despide.

Dentro del ascensor, Alberto se queda mirando al espejo.

—Papi, ¿sabes quién soy yo?

—No sé.

—¿No sabes quién soy yo y repites perfectamente los apellidos de tus amigos, y te sabes todas las canciones y todos los dichos, incluida la dirección de casa?

El ascensor se convierte en escenario de uno de los instantes más duros. "Papi, ¿quién es ese señor"?
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El ascensor se convierte en escenario de uno de los instantes más duros. "Papi, ¿sabes quién es el  señor del espejo"?Iván Benítez
El ascensor se convierte en escenario de uno de los instantes más duros. "Papi, ¿quién es ese señor"?

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El silencio envuelve el pequeño espacio del ascensor mientras se eleva hasta la novena planta. Miradas.

—Papi, ¿quién es ese señor?

—No sé.

En el rellano espera Rosa Mari.

—Hola, cariño. ¿Qué tal el día?

Le prepara la habitación con la televisión encendida y lo ubica frente a la mesa con un papel y un lápiz. Merienda una natilla, que su mujer le da a pequeñas cucharadas. Y al terminar, echa mano a la libreta de anotaciones del centro: “Ha estado sonriente y muy feliz. Ha hecho lenguaje y memoria”.

18.30 horas. Alberto y su padre salen al encuentro de Manolo, con quien han quedado en San Juan. Recorren a buen ritmo el parque de la Vaguada en dirección a la avenida Bayona, un parque muy transitado por ancianos en sillas de ruedas junto a sus familiares. Un golpe de realidad. Luego se desvían a la izquierda.

—La Gran manzana —ríe Alberto.

Alberto comenta lo emocionante que hubiera sido para su padre estar presente en el último chupinazo, en el que AFAN fue candidato a lanzarlo.

Un reloj de calle marca las 18.38 y Antonio repite los minutos.

—Treinta y ocho. Treinta y ocho. Treinta y ocho. Treinta y ocho...

Manolo Loitegui, el mejor amigo de Antonio, se reúne con él cada semana.
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Manolo Loitegui, el mejor amigo de Antonio, se reúne con él cada semana.Iván Benítez
Manolo Loitegui, el mejor amigo de Antonio, se reúne con él cada semana.

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Al otro lado de la acera se distingue a Manolo, su amigo de infancia, con el jersey sobre los hombros. Se sientan en una terraza: mosto y patatas para Antonio.

Manolo deja claro entre risas que fue él quien le llevó a jugar al Oberena, donde él también jugaba.

—Toño era defensa, pero jugaba bien en cualquier posición —dice, con carcajada.

Su amigo lo mira y Antonio sonríe.

—Era bueno en todo. Bueno, era y es.

Manolo y Antonio se suelen ver una vez por semana.

—Es muy importante para él, pero también para mí. Me produce mucha satisfacción estar a su lado.

Alberto recibe una llamada de su madre. Les espera para tomar la espuela en el Kendal, algo más que un bar para Antonio.

Padre e hijo regresan a la gran manzana.

—Papi, no dejas nada sin leer.

Una mujer se acerca y le dedica una canción que hace referencia al Oberena.

—Hay gente que conoce a mi padre y no se acerca porque creo que tienen miedo a la reacción —gesticula impotente.

Dentro del bar Kendal, Rosa Mari y Miguel Arenaza, de 84 años, quien coincidió con Antonio en el Oberena.
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Dentro del bar Kendal, Rosa Mari y Miguel Arenaza, de 84 años, quien coincidió con Antonio en el Oberena.Iván Benítez
Dentro del bar Kendal, Rosa Mari y Miguel Arenaza, de 84 años, quien coincidió con Antonio en el Oberena.

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Dentro del Kendal, Rosa Mari espera frente a Miguel Arenaza, de 84 años, que coincidió con Antonio en el Oberena.

Se acerca Pachi Baztán, gerente del bar.

—Antonio es el alma del barrio. Lo conocemos desde que se fundó el Kendal. Para nosotros siempre será Domínguez.

19.45 horas. Hugo llega puntual. Lo cambia y ayuda a Rosa Mari a ponerle el pijama y darle la cena: puré de pollo y flan. No puede comer sólidos. Al terminar, lo recuestan en la cama.

—Uno, dos, tres —dice Hugo.

—Juan, Perico y Andrés —reacciona Antonio.

Rosa Mari le toma la mano y la besa, como al amanecer.

—Hasta mañana, si Dios quiere.

Apaga la luz y Antonio permanece mirando el techo, repitiendo en la oscuridad hasta que le vence el cansancio.

—Juan, Perico y Andrés. Juan Perico y Andrés. Juan Perico y Andrés...

Rosa Mari se queda quietica en el sofá, frente a una televisión encendida que no ve ni escucha.

Hugo regresa a las ocho de la tarde a casa de Antonio para ayudar a Rosa Mari a acostar a su marido.
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Hugo regresa a las ocho de la tarde a casa de Antonio para ayudar a Rosa Mari a acostar a su marido.Iván Benítez
Hugo regresa a las ocho de la tarde a casa de Antonio para ayudar a Rosa Mari a acostar a su marido.

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