Marruecos

La odisea árabe de Oskar en la Titan Desert: "En el hospital cada minuto se me hacían años"

El navarro Oskar Ollakarizketa Pérez sufrió una caída en la quinta etapa de la Titan Desert 2025, en mayo, que dio paso a una situación límite en dos hospitales de Marruecos en la que echó en falta la atención por parte de la organización de la prueba

Oskar Ollakarizketa posa junto al casco, las gafas y el dorsal con el que competía en la Titan Desert 2025
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Oskar Ollakarizketa posa junto al casco, las gafas y el dorsal con el que competía en la Titan Desert 2025
Oskar Ollakarizketa posa junto al casco, las gafas y el dorsal con el que competía en la Titan Desert 2025

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Lucas Domaica

Actualizado el 24/07/2025 a las 13:14

La aventura de Oskar Ollakarizketa en la Titan Desert 2025, en Marruecos, deja en su memoria una mezcla de rabia hacia la atención prestada por la organización y un agradecimiento eterno a los particulares que movieron cielo y tierra para sacarle de un país donde las cosas se fueron complicando, hasta el punto de acabar ingresado en una UCI tras una dura caída en la penúltima etapa.

La parte negativa de su estancia en el desierto comenzó a escribirse el 5 de mayo, a diez kilómetros del final. “Íbamos en dos filas. Era un llano y había una especie de badén. Estaba en medio y de repente en el suelo”, describe, intuyendo la acción y atribuyendo la causa a una piedra cubierta de polvo. “Me vi en el suelo sin saber qué había pasado. Lo primero que me salió fue levantarme, pero del golpe que me di no podía ni respirar ni moverme”, señala.

En ese momento, Ollakarizketa -que ha participado en tres ocasiones dando a conocer la iniciativa kELAmetro solidario- rodaba en el grupo de la líder femenina, por lo que iban en modo competitivo. “Se dice que hay mucho compañerismo y lo que digo yo es que hay solo si vas atrás, si vas adelante no hay nada”, dice entre risas, en una conversación en la que están presentes el dorsal, las gafas rotas, el maillot, el casco golpeado y el cabestrillo. El resultado de la caída: nueve costillas rotas, el omóplato en “mil pedazos”, la clavícula y una pequeña perforación en el pulmón. Esto, de primeras.

Oskar durante la primera atención tras la caída
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Oskar durante la primera atención tras la caídacedida
Oskar durante la primera atención tras la caída

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El primero en atenderle fue un bombero y, después, su amigo Miguel, quien le ayudó a avisar a la organización pulsando el botón de emergencia, ya que Ollakarizketa no podía ni hacerlo. “Vino un Jeep, me pusieron calmantes, el collarín y me trasladaron en helicóptero a un hospital en Er-Rachidia”, dice.

EL PRIMER INGRESO Y UN INFORME QUE NO LLEGA

Fue al llegar a esta clínica cuando el viaje empezó a torcerse aún más. “Me hicieron un TAC y el informe se lo iba leyendo el médico a un enfermero, que hablaba algo de español. Me decía que me tenían que operar ya, que era urgente porque iba a perder la sensibilidad del brazo”, recuerda.

“Les comenté que esperaría a la llegada del médico de la Titan Desert para que le explicaran bien y luego él a mí”. “Este médico me recomendó no operarme y hacerlo a la vuelta”, añade, explicando que desde el centro marroquí, que cobraba por intervenciones y estancia, insistían en la operación.

Pasaron cuatro días y Ollakarizketa seguía solo en el centro, comunicándose con Silvia, su mujer, quien tuvo un papel clave insistiendo al seguro sobre la situación. “Desde el seguro nos decían que necesitaban el informe de la clínica, pero estos no se lo pasaban”, informa. Así que él exigió este documento, necesario para emprender su viaje a España, pero siguió sin llegar, hasta que, a través de Álvaro Santamaría -pamplonés que trabaja en Tánger en Lodisna Marruecos y que conocía a Ollakarizketa- consiguió establecer una vía de comunicación fluida para obtenerlo.

Desbloqueado este obstáculo, el siguiente reto fue un viaje en ambulancia hasta el aeropuerto de Marrakech. “Era una ambulancia como las de antes, con un tirafondo clavado en la chapa para enganchar el suero. Fueron ocho horas de viaje cruzando el Atlas por todos los puertos”, relata.

El navarro durante una de las etapas
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El navarro durante una de las etapas@arduinofoto
El navarro durante una de las etapas

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Una vez allí, le esperaban una médica y una enfermera del seguro de la prueba, que debían acompañarle en el vuelo. Esa era la idea, pero lo que ocurrió fue muy diferente. Al ir a despegar, el informático navarro firmó una autorización por la que accedía a volar a pesar del riesgo existente de complicaciones durante el despegue y el aterrizaje. “Firmé porque me quería ir de allí ya, pero me hicieron una prueba de saturación de oxígeno que dio muy mal. Me dijeron que desde la clínica no les habían avisado de que necesitaba oxígeno para volar. Así no podía subir al avión”, dice, reconociendo que se le “cayó el mundo encima”.

DE TOCAR EL CIELO A LA COMPLICACIÓN

Era ya el quinto día desde la caída y, tras el intento fallido de regreso a casa, lo volvieron a ingresar. Esta vez en Marrakech. “Le avisé a mi mujer de que no podía volar y se cogió un avión para estar conmigo al día siguiente”, dice. Pero esas últimas horas en soledad fueron las más complicadas. “Me metieron en una habitación siete horas, en una camilla medio inclinada. Entre que buscaba colocarme bien en la cama y los movimientos del viaje se ve que una costilla cortó la pleura”, describe.

“Era un dolor terrible y empecé a gritar para ver si me hacían caso. Cada pulsación era un quemazo, pero no me atendieron”, dice, comentando que, pasadas las 22.00, le llevaron a hacer un escáner. Al día siguiente llegó su mujer, que sabe francés y pudo comunicarse con el personal médico.

Además, tras difundir la noticia en medios, consiguió otro contacto en la clínica gracias a Teresa Arlabán, una amiga de su mujer. “Al analizar el informe de la primera clínica se dieron cuenta de la gravedad del asunto y me hicieron el sábado un drenaje en la pleura y de ahí a la UCI”, apunta, sobre una unidad en la que estuvo cuatro días más.

“Allí cada minuto se me hacían años”, añade, lamentando la poca preocupación demostrada por la organización. “No vale con tener un buen seguro, se tendrían que preocupar de los accidentados: ir a verles, estar con ellos para transmitirles tranquilidad, comprobar que el seguro hace todo correctamente...”, denuncia. “El herido necesita alguien que le tranquilice. En mi caso no ha habido”, dice.

Finalmente, después de este tiempo -en el que también le hicieron una transfusión de sangre- el navarro consiguió poner punto final, junto a su entorno, a esta odisea árabe y volver a Navarra. Sin embargo, lamenta que todavía no ha recibido ninguna llamada por parte de la organización interesándose por su estado de salud. En esta línea, reflexiona y aconseja a futuros participantes que contraten un seguro privado. “También valoro el sistema sanitario que tenemos aquí”, concluye. Y de nuevo, reitera sus agradecimientos a todas y cada una de las personas que pusieron su granito de arena: Mohamed, Teresa, Silvia, Álvaro, sus compañeros de aventura y los de Cámara Navarra.

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