Donaciones

Despensas a medio llenar de solidaridad

Las donaciones al París 365 en Pamplona y a Villa Javier en Tudela continúan disminuyendo y productos vitales para llevar una alimentación equilibrada escasean en sus almacenes

Desde la izquierda, Verónica del Carmen Cunemos Rojas, usuaria de la despensa de París 365, José Miguel Olaiz Zoroquiáin, Inés Elzaburu Azcona y Juana Urra Mariñelarena, voluntarios de la despensa de París 365
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Desde la izquierda, Verónica del Carmen Cunemos Rojas, usuaria de la despensa de París 365, José Miguel Olaiz Zoroquiáin, Inés Elzaburu Azcona y Juana Urra Mariñelarena, voluntarios de la despensa de París 365
Desde la izquierda, Verónica del Carmen Cunemos Rojas, usuaria de la despensa de París 365, José Miguel Olaiz Zoroquiáin, Inés Elzaburu Azcona y Juana Urra Mariñelarena, voluntarios de la despensa de París 365

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Mikel GoldaracenaÍñigo Sanz

Publicado el 28/06/2025 a las 05:00

En Pamplona, Luis Miguel Castro Morata levanta la persiana de la despensa solidaria de París 365. En Tudela, David Crespo Apastegui sube la de El Capacico de Villa Javier. Ellos son los coordinadores de estos dos almacenes solidarios que, desde 2016 y 2017, respectivamente, ayudan a diversas familias en situación de vulnerabilidad a paliar sus gastos en compra mediante la provisión de alimentos. Sin embargo y pese a la distancia, un problema común les afecta: el descenso de las donaciones, un mal que se ha cronificado y que limita la disposición de productos esenciales para llevar una alimentación sana.

Estanterías de seis baldas a medio llenar: arroz, azúcar, lentejas. Barcas de plástico en mitad del local: zanahorias, tomates, cebollas. Verdura fresca en la bolsa de Luisa María Velasquez Acebedo, usuaria de la despensa de París 365. De origen colombiano, esta joven llegó a Pamplona hace un año y cuatro meses. Cuenta con un empleo, pero la presencia del almacén solidario está siendo un gran apoyo para ella. “Es la segunda vez que vengo y es un alivio muy grande porque podemos recibir alimentos”, aseguró.

Situado en el Paseo Anelier de la Rochapea, este servicio provee cada semana con sus productos a 60 familias seleccionadas tras realizar una entrevista con las trabajadoras sociales de la fundación. “Se valora su situación, la necesidad que tienen y si hay hueco para poder admitirlos, además de que debe haber al menos un miembro menor de edad”, indicó Juana Urra Mariñelarena, voluntaria y colaboradora de las trabajadoras sociales de París 365.

Para mantener un orden y facilitar el proceso de recogida, 20 familias acuden el lunes, 20 el miércoles y 20 el viernes y se establecen turnos de entre 5 y 10 minutos en los que cada usuario tiene asignado acudir. La cantidad de alimentos que puede llevar cada familia está determinada por el número de miembros que la conforman. Al terminar la semana, en torno a 170 personas se ven beneficiadas por este servicio. “Intentamos aliviar el cargo de la compra de cada familia”, afirmó Luis Miguel Castro Morata, coordinador de recursos de alimentos.

Sin embargo, este recurso que para José Miguel Olaiz Zoroquiáin, voluntario de la despensa, “supone un alivio, pero no una solución”, pierde fuerza desde hace tiempo. Los productos, menos en ocasiones puntuales en las que deben ser comprados por la fundación, proceden de donaciones. “Tenemos que estar sujetos a lo que nos viene de colegios, supermercados, particulares… Si no llega comida, nosotros no podemos repartir”, señaló Luis Miguel Castro. Esta dependencia, junto con el descenso de los donativos, hace que la disposición de ciertos alimentos sea muy limitada. ¿Habrá tomates la semana que viene? ¿Lechuga fresca? ¿Suficiente aceite? A ello, se suma la reducción de ciertas ayudas institucionales. “Antes estaba el proyecto de la Unión Europea que ofrecía un lote de productos cada dos meses. Después cada tres, cada cuatro y ya últimamente llega dos veces al año”, aseguró con pena Luis Miguel Castro.

Durante las últimas ocho semanas, el invernadero de la Universidad Pública de Navarra les ha proporcionado alimentos como acelgas o borrajas, lo que aseguraba la presencia de verduras frescas, pero el proyecto ha finalizado. Ahora, se aferran a que el inicio de la campaña en colaboración con las huertas de Sangüesa y los donativos individuales sirvan de sustento durante el verano. Es el caso de José María Tabar Berrondo y Ana Urra Irujo, matrimonio de Bidaurreta, que acuden con regularidad para entregar alimentos de cultivo propio.

Por el momento toca hacer frente a los sanfermines. Este almacén solidario suspenderá sus servicios durante las fiestas. Para paliar las consecuencias de su cierre, los días previos al 6 de junio sus usuarios podrán obtener una mayor cantidad de alimentos, entre los que se priorizarán productos más duraderos, como conservas, lácteos o galletas, sobre productos frescos, como frutas y verduras.

Ante el descenso de las donaciones, Luis Miguel Castro tiene claro por donde pasa la solución: “Más civilización. Hay que mirar más al vecino”.

EN VILLA JAVIER TUDELA

Idéntico problema ocurre en El Capacico, ubicado en las instalaciones de Villa Javier, centro de las actividades que se desarrollan a través de la Fundación Tudela Comparte desde 2016 en el número 2 de la calle San Francisco Javier de la capital ribera.

Un recurso que se surte al 100% de donaciones y campañas y abastece a más de 60 familias al mes-147 en 2024-. Y que, como analiza Crespo y se puede contemplar en sus estanterías, carece de “pescado, que no hay casi nunca, carne, que aporta muchas proteínas esenciales, y también adolece de fruta y verdura fresca”. “Al principio teníamos mucho de todo”, pero desde hace un tiempo la carencia “está yendo a más y cada vez tenemos menos variedad”, reafirma el coordinador de la entidad, consciente de que el problema afecta también al comedor, aunque en menor medida -aproximadamente un 30% de la comida que se cocina procede de El Capacico-.

En la tienda de autoservicio únicamente se atiende a familias con menores al cargo -el resto van al comedor- después de haber sido atendidos por la trabajadora social. Una vez dados de alta, en función de la valoración que obtienen, los usuarios reciben cada mes una cantidad de puntos para canjearlos por alimentos en El Capacico, al que acuden un día a la semana, según un calendario establecido cada seis meses. En él, destaca Crespo, los productos más saludables los son más accesibles “porque nos interesa que los usuarios tengan una alimentación sana y equilibrada”.

Por ello, desde Villa Javier hacen un llamamiento a donar, “sobre todo a las grandes empresas, fabricantes y también grandes superficies”, un sector del que Crespo esperaba más tras la aprobación de la Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, que entró en vigor 2 de abril. “Esperábamos que tuviera más impacto, pero no está generando lo que esperábamos. Queda la posibilidad de que algún supermercado más se sume a la ley en vigor y que, los que ya donan, lo hagan con más alimentos, pero no parece que vaya a ser una vía muy importante”, lamenta Crespo.

Por este motivo, indica que se pueden realizar donaciones a título personal trayendo productos a Villa Javier, haciendo una compra en el supermercado para que estos la entreguen y, también, a través de www.villajavier.org.

Un discurso que también entona un joven que, señala, lleva un mes empleando este servicio para “sustentar y tener el estómago lleno” de los tres miembros de su familia. “Somos muchos los que necesitamos esto, así que animo a la gente a que colabore”, señala el usuario, que se muestra “muy agradecido”. “Poder disponer de esto significa mucho porque no podemos disponer de un trabajo normal, y esto ha supuesto una ayuda muy importante con la que no contábamos”, explica mientras llena su carro acompañado por una voluntaria de Villa Javier.

El 2026 Villa Javier celebrará 10 años de una constante expansión que ahora vive un periodo de consolidación. “La idea era que faltaba un comedor social y queríamos que fuera un sitio de encuentro, pero han ido surgiendo servicios que no pensábamos”, reconoce Crespo, que ve el proyecto como “un elemento de transformación social”.

No obstante, Villa Javier ahora vive “un proceso de afianzamiento, y puede que haya que decrecer en algunas cosas”, avisa Crespo, que en este sentido también apunta que se acerca “el momento crucial de la renovación del Patronato”. Todo ello, dentro de una entidad con 400 socios, un número que necesitan aumentar, y más de 180 voluntarios. “Es una barbaridad. Son el músculo, el corazón y el alma de Villa Javier”, declara orgulloso su coordinador, un David Crespo que espera que esta época de consolidación lleve a la entidad, como mínimo, a otra década de ayuda a los más desfavorecidos.

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