Joaquín Miqueleiz Bronte, magistrado


Publicado el 22/05/2025 a las 07:50
El sábado 17 falleció en Pamplona el magistrado agoisco-pamplonés Joaquín Miqueleiz Bronte. A su esposa Mari Carmen, hijos Javier, Teresa y Jacob; nietos Carlos, Martina, Marcos, Javier y Adriana; hermanas María Paz y María del Carmen y hermanos políticos, la sentida condolencia de un compañero de infancia y Facultad.
Conocí a Joaquín el día en que, siendo muy niño, su madre le llevó al parvulario del Colegio de las Teresianas de la calle Mayor que, con santa paciencia, gobernaba la M. María Cruz Gorrochategui de Tolosa. A los mayorcicos de primera comunión nos encargó le cuidásemos, fuésemos delicados y no le diésemos los empujones propios de los juegos brutos de los chicos de la edad. Nos dijo que era especial porque tenía una enfermedad entonces rara e incurable. Más adelante supimos lo que era la polio y sus secuelas. Con toda la naturalidad y simpatía que tuvo desde niño nos explicó la razón del aparejo metálico que le envolvía. El asombro inicial dio paso a la normalidad que expresaba en toda su vida, demostrando ya sus dotes e inteligencia. Nos volvimos a encontrar en los Escolapios de la calle Olite y en la Facultad de Derecho.
Su padre, natural de Esparza de Salazar, era abogado en ejercicio en Pamplona y el hijo siguió sus pasos. Su capacidad de trabajo, inteligencia y extraordinaria memoria hicieron posible un gran expediente académico y su triunfo en las oposiciones a la magistratura en la primera convocatoria. Fue destinado a Los Llanos de Aridane en la isla de La Parma de las Canarias regresando a su Pamplona donde desarrolló su carrera siendo juez decano, presidente de la Sala de lo Contencioso-administrativo y miembro de la Junta de Gobierno del Tribunal Superior de Justicia de Navarra hasta la jubilación (1988-2010).
Fue una persona providencialista, y entendía como una bendición de la providencia su encuentro con Mari Carmen, que le acompañó en los momentos más importantes de su vida. Fue la esposa, madre y compañera que le sostuvo siempre. A ella reconocía y atribuía todo el mérito de cuanto de bueno hubiese en su vida y familia, porque era una navarra de Los Arcos “mujer fuerte” en el más puro sentido bíblico.
Joaquín fue admirable por sus cualidades personales e intelectuales, inteligencia y capacidad de trabajo. Como todos los humanos, sabía que la vida encaminaba a la muerte. Por su sentido espiritual de la vida era consciente de que el cuerpo material objetivo era superado por otro vivido por un espíritu cuyas potencias de memoria, entendimiento y voluntad superaban las vegetativas y sensitivas. Su vida expresó una vida ascética interior para evitar que el primero se impusiese al segundo, trascendiendo este el marco físico en que estaba encarnado. Así hasta que la salud del cuerpo-envoltorio se deteriora y muere rompiéndose el vínculo, porque el espíritu va a la eternidad de la casa del Padre en la que creía como persona de fe.
Joaquín aprendió en el primer curso de la carrera el aforismo de su maestro D. Álvaro D’Ors: “Derecho es aquello que aprueban los jueces”, cuya “autoridad expresa el saber socialmente reconocido”. Fue un magistrado vocacional consciente de su función de aplicador de la Ley, pero no en el sentido frío y mudo que atribuyó Montesquieu a los jueces, sino reconociendo que su función era hacerlo con justicia material.
Creía, iuxta modum, en la “jurisprudencia constructiva” que invocaba Chiovenda cuando decía que el juez “no debe asistir pasivamente en el proceso, para pronunciar al final una sentencia, sino que debe participar en la lite como fuerza viva y activa”. Siempre buscó el equilibro que suponía la función juzgadora entre la literalidad legal y su fin último que era la Justicia.
En su vida hubo siempre un espíritu extraordinario y alerta que, con su sólida formación romanista y sentido jurídico, buscó lo iustum y lo aequum melius aplicando la prudentia juris.
Joaquín miró dentro de sí y encontró la verdad, el amor y el conocimiento. Marí Carmen, sus hijos y su profesión fueron para él la expresión de que “en la vida, las posibilidades no se realizan por sí mismas, automáticamente: es preciso que alguien, con sus manos y su mente, con su esfuerzo y angustia, las fabrique en realidad” (Ortega). Descanse en paz.
*El autor es amigo y compañero