Obituario

Jesús Marrodán Vitoria: buena persona y gestor universitario

Jesús Marrodán Vitoria
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Jesús Marrodán Vitoria
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Juan Cruz Alli | Carmen Saralegui

Publicado el 20/04/2025 a las 10:20

El pasado miércoles 9 de abril falleció Jesús Marrodán Vitoria (Lodosa 1937-Pamplona 2025). A su viuda Carmen, nueve hijos y doce nietos el pésame familiar por la pérdida de una gran persona y excelente profesional, que sentimos cuantos tuvimos la oportunidad de conocerle.

En su presentación personal Jesús fue un señor de buenas maneras y elegancia natural, cuyo rostro y porte expresaban la verdad del dicho popular “la cara es el espejo del alma”. Su aspecto amable reflejaba la agudeza de un buen observador y conocedor de las personas. En él se hacía verdad la afirmación de que “la amabilidad es la forma más importante de la inteligencia”. Sus cualidades naturales, cultivadas y trabajadas con voluntad y sentido trascendente, las puso al servicio de la familia y los demás en una actitud prosocial. Siguió el consejo de que su vida no fuera estéril sino útil y fecunda, dejando un poso de agradecimiento y recuerdo en cuantos le tratamos.

Su formación de perito mercantil le llevó, tras cumplir el servicio militar en Melilla, a iniciar su vida profesional en el mundo de la empresa en Madrid hasta que en 1969 regresó a Pamplona, iniciando una nueva actividad como gestor universitario. Entre 1969-1973 fue uno de los pioneros de la Escuela de Ingenieros Técnicos Industriales, El Sario, que crearon el Gobierno y la Universidad de Navarra. Fue secretario-administrador del centro asociado de la UNED en Pamplona (1979-1981), pasando a la Secretaría de las facultades Medicina y Ciencias (1981-1995) y de Derecho (1995-2002).

Las secretarías universitarias son mundos complejos en la gestión académica y económica por su burocratismo y atención directa a muchas personas con cuestiones muy diversas. Para hacerlo bien era muy adecuada la personalidad y el talante relajado, paciente y amable de Jesús Marrodán, capaz de tocar muchas teclas sin que sonase mal el complejo instrumento personal y funcional que es una facultad, capaz de “quitar la paciencia a Job”. Fue siempre una persona proactiva, facilitador del trabajo de los demás, solucionador de problemas, haciéndose querer y respetar y siendo graciable en cuanto pudiera. Fue profundo conocedor de sus facultades en sus elementos personales, físicos y profesionales, porque su compromiso por el trabajo y la obra bien hecha le llevaba a preocuparse de todo cuanto alcanzaba su responsabilidad, tanto las personas como las estructuras burocráticas e, incluso, materiales. Era fama que conocía todo y a todos y nada escapaba a su mirada aguda y perspicaz.

Su trayectoria vital y profesional demostró que asumía retos y se crecía ante los obstáculos, haciendo siempre lo que debía y estando en lo que hacía, con entrega, vocación de servicio y sin dejarse llevar por la tentación de facilidad. Hacerlo de otro modo hubiese sido para él una flagrante contradicción con sus principios y valores religiosos y humanos. Su comportamiento era la manifestación externa de un sólido orden espiritual que le movilizaba con su energía.

Jesús Marrodán encarnó el consejo de Eugenio d’Ors (Xenius), padre de su amigo y admirado compañero D. Álvaro: “Cualquier oficio se vuelve filosofía, se vuelve arte, poesía, invención, cuando el trabajador da a él su vida, cuando no permite que ésta se parta en dos mitades: la una, para el ideal; la otra, par el menester cotidiano. Sino que convierte cotidiano menester e ideal en una misma cosa, que es, a la vez, obligación y libertad, rutina estricta e inspiración constantemente renovada” (Aprendizaje y Heroísmo).

En el momento de la despedida de Jesús hay que agradecer a su esposa Carmen, hijos y nietos que hayáis sido, junto con su fe humana y divina, el móvil que le llevó a iluminar con su sonrisa un tanto pícara e irónica, a tantas gentes de los entornos en que sirvió. Tenéis el reto de optar por “llorar, cerrar la mente, / sentir el vacío y dar la espalda, / o podéis hacer lo que a él le gustaba: / sonreír, abrir los ojos, amar y seguir” (D. Harkins). Descanse en paz.

Juan Cruz Alli Aranguren es amigo y compañero del fallecido.

El  miércoles 9 de abril, mediada la tarde, falleció en su casa, de la mano de su mujer y rodeado de sus nueve hijos, nuestro amigo Jesús Marrodán Vitoria, después de recibir con paz los sacramentos.

Había nacido en Lodosa en 1937, en una familia de cinco hermanos, y de joven tuvo una primera etapa profesional en Madrid. Ya casado con Carmen Ciordia, se trasladaron a Pamplona a finales de los sesenta, con ocasión de la puesta en marcha de la Escuela de ingeniería técnica industrial El Sario, proyecto al que Jesús aportó mucha dedicación, un trabajo impecable y el buen hacer que han caracterizado siempre su actividad profesional. Más tarde ejerció como secretario académico en las facultades de Medicina, Ciencias y Farmacia, y después en la de Derecho, de la Universidad de Navarra. Siempre comprometido con la labor que realizaba, se esforzó más en asumir deberes que en reclamar derechos, y todos sabíamos que, si algo quedaba en sus manos, estaba en buenas manos y llegaría a buen fin. Recuerdo a este respecto con alegría el encendido elogio que uno de mis hijos, cuando estudiaba Derecho y era delegado de curso, me hizo un día de él como secretario de su facultad: “Siempre lo encuentras en su despacho, siempre te recibe como si fuera lo más importante que tiene que hacer y siempre te soluciona los problemas”.

Su numerosa familia ha sido su mayor orgullo, y tenía motivos para ello: una esposa excepcional y nueve hijos a cuál mejor. Con qué amorosa entrega los recibieron y los criaron; con qué altos valores humanos y cristianos los educaron; y cuánto ha quedado en cada uno de ellos de esa herencia inmaterial que dejan los buenos padres y que permanece como poso intangible durante toda la vida.

Pero, como es lo que a mí me concierne, quiero fijarme en su condición de amigo: siempre sereno, alegre y respetuoso, sabía practicar, como pocos saben hacerlo, ese aspecto tan sutil de lo humano que es la acogida (a mi marido lo acogió cuando llegó a El Sario, y hasta hoy); y ese otro que se llama atención (nunca se olvidó de felicitar a nadie en su cumpleaños, en su aniversario de boda, en los pequeños éxitos de la vida); y ese otro más que se llama escucha (casi tan necesario cuando se relatan problemas como cuando se comparten alegrías). Cuántos buenos ratos, en Pamplona y en Cemborain, hemos pasado juntos los Marrodán y los Blanco. Cuántos bautizos, primeras comuniones, bodas y hasta una gloriosa primera misa, hemos compartido del conjunto de nuestros hijos. Cuánta, y qué buena, vida de amistad. Y qué lealtad amistosa, a prueba de bomba, la que Jesús Marrodán nos ha regalado.

Hoy te echamos de menos, Jesús. Pero tu hija Esperanza me escribía el día de tu muerte: “Acaba de irse directo al Cielo. Primera fila”, y por eso te pido que nos cuides desde allí. Sobre todo a Mari Carmen, después a vuestros hijos y a toda la familia. Pero también a nosotros, tus amigos. Siempre hemos cabido todos gozosamente en tu generoso corazón.

Como escribió San Juan de la Cruz, “a la tarde te examinarán en el amor”. Y yo, que he tenido que examinar durante más de cuarenta años de mi vida, me atrevo ahora a examinarte, Jesús. Y ¿sabes qué? Pues que te doy sobresaliente y matrícula de honor en el amor: por el sobresaliente te pongo, como Esperanza, en la primera fila del cielo; y por ser el mejor de esa fila, te corresponde la matrícula de honor. Sé que no me hubieras dejado escribir esta acta de examen: tú nunca fuiste de presumir, sino de callar.

Así que termino con la palabra cabal que me corresponde: gracias. Gracias, Jesús, por tu amistad incondicional. Y gracias por esa vida lograda y por esa muerte acogida que tanto nos han enseñado.

Carmen Saralegui es amiga de la familia Marrodán Ciordia.

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