Navarros globales

Una pamplonesa, de periodista a religiosa en Paraguay

El periodismo era su pasión, pero un día Patricia de la Vega Brieba sintió que no quería ser espectadora de las historias de sufrimiento que narraba, sino involucrarse en ellas. Lo hace como Hija de la Caridad desde hace doce años

Patricia de la Vega Brieba, en General Bruguez, Paraguay, donde vive desde mayo de 2024
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Patricia de la Vega Brieba, en General Bruguez, Paraguay, donde vive desde mayo de 2024
Patricia de la Vega Brieba, en General Bruguez, Paraguay, donde vive desde mayo de 2024

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Laura Puy Muguiro

Actualizado el 17/03/2025 a las 09:38

El alfiler que señaliza dónde se encuentra la pamplonesa Patricia de la Vega Brieba, de 39 años, se pierde en el mapamundi. Dentro de un par de meses hará un año que reside en General Bruguez, un pueblo de 600 habitantes de Paraguay, muy cerca de la frontera con Argentina, en “una zona históricamente muy abandonada a nivel político y social dentro del país”. Religiosa de las Hijas de la Caridad, vive con otras compañeras, desde que atendió la invitación de su congregación de “ir más allá de las propias fronteras, desestabilizarse también una misma, abrir mente”, lo que se traduce en trasladarse “a lugares muy pequeños, con estructuras muy sencillas, para proyectos aparentemente poco significativos a nivel social pero significativos para el lugar”.

Y así atienden a quince comunidades, alrededor de unas 2.000 personas, en las necesidades que van surgiendo: trasladar en su vehículo a quienes necesitan tratamiento médico, facilitar ropa y material escolar, visitar a personas mayores que viven solas, formación emocional a alumnado de la escuela, mediación dentro de las comunidades ante conflictos vecinales, formación a mujeres para que puedan profesionalizarse… y labor pastoral.

Hace doce años, De le Vega llevaba cuatro trabajando como periodista. “El periodismo, mi pasión, era la manera de canalizar el deseo de aportar un bien a la sociedad y de luchar contra las injusticias, algo que iba en mí”. Hasta que se dio cuenta de que contaba las historias de personas que estaban sufriendo mucho, que se sentía “un poco espectadora” y que esto no la completaba como persona, pero sí salir de la oficina al terminar de trabajar e involucrarse “en otros contextos”, como llevaba haciendo desde los 18 años en voluntariados, diferentes asociaciones y su parroquia de Pamplona, San Juan Bosco.

“Dios me fue mostrando que podía ser muy feliz siendo periodista, y de hecho lo era, pero que eso no me llenaba completamente y en cambio sí poder entregar mi vida a los demás utilizando las herramientas de escucha y de observación que había aprendido con el periodismo, descubrir a personas que estaban sufriendo, formar parte de sus historias y desde ahí darles voz para sensibilizar de esas otras realidades que están silenciadas”.

Tenía además la sensación de que vivía “de acuerdo a lo que tocaba”: terminar el colegio, ir a la universidad, ponerse a trabajar… “Y me di cuenta de que quería elegir qué hacer, no dar pasos porque esta sociedad no los impone, sino hacer mío el camino y que yo fuese protagonista de lo que estaba viviendo y no lo que nos va tocando vivir”. Y en ese momento de reflexión y de rezo desde su perspectiva cristiana, descubrió que tampoco le satisfacía la sociedad de consumo, sino que quería vivir “sencillamente”. “Había probado la experiencia de trabajar, de trabajar mucho para luego salir y estar con amigos, y estar fuera, y al final se reducía a consumir experiencias, momentos, a partir de un trabajo súper intenso”. Un ritmo de vida que no le convencía.

“Me sentía llamada a vivir más austeramente y cerca de las personas al margen de la sociedad, excluidas. Y quería compartirlo con otras personas, no vivirlo así yo sola. Pero necesitaba una estructura que me diese mucha libertad, y pensaba que eso no existía en la Iglesia”. Su párroco, Francisco Javier Ahechu, le dijo que sí, que eso existía, y le habló de las Hijas de la Caridad. Era lo que ella buscaba. “Nuestra misión es siempre estar cerca de los más excluidos, convivir con ellos, allá donde estemos. No hay una tarea concreta, sino que se va modificando a lo largo de la historia de los países y del momento. Incluso un mismo proyecto puede cambiar en función de la realidad, que también es cambiante”.

En sus doce años en esta congregación, antes de su actual destino en Paraguay ha vivido en Valencia y en Zaragoza. Su primera labor, en la ciudad mediterránea, estuvo en un centro de acogida con niños y adolescentes. Ya en Zaragoza formó parte de una obra social con varios proyectos: atender a mujeres solas o con hijos en riesgo de exclusión, acompañar a personas en su momento de reinserción, educadora en el proyecto Châtillon para personas solicitantes de asilo y refugiadas, visitas en la cárcel…

Del relato de la vida en ese punto de Paraguay donde se encuentra se descubre que esta no es fácil. En un lugar donde la lluvia es constante todo el año, la población de General Bruguez, a 180 kilómetros de la capital, Asunción, está “muy aislada” porque no existe el asfalto, los caminos son de tierra, muy arcillosa, con mucha sal, “y en cuanto llueve un poquito, se convierte en lodo, aislando a las poblaciones”. No hay agua potable, y la que sale del grifo es la recogida de la lluvia, en un tajamar, un agujero grande en la tierra con una especie de canalización para las casas. “Con lo cual, el agua para la ducha, el baño, lavar los platos... es agua sucia que va con tierra, con bichitos, que huele mal...”.

Tampoco hay alumbrado público y se funciona con luz de baja tensión que “se va muchas veces”. La mayoría de las casas están construidas con tablas de madera, un techo de chapa, paja para el calor y suelo de tierra. Con el baño normalmente fuera de las casas, los retretes suelen ser pozos ciegos. No hay sistema de recogida de basuras —“cada uno quema su basura en su terrenito”— y la gente vive de sus animales y sus huertas, pues la agricultura es “muy escasa por la sal de la tierra” y porque, “al no haber ningún tipo de avance, todo depende de la meteorología”. Y a pesar de todo lo que falta, esta conversación tiene lugar por Internet sin ningún problema. “Me impactó mucho al llegar: desde la pandemia estas localidades tienen acceso generalizado a Internet y a los móviles”.

La asistencia sanitaria es muy precaria —“en General Bruguez hay un médico, pero en otras localidades solo un puesto de enfermería” —, por eso atienden necesidades puntuales. "Muchas personas van a Argentina porque tienen mayor asistencia sanitaria allí, pero no medios para ir, y como disponemos nosotras de un 4x4, les llevamos hasta otro pueblo en Argentina donde toman un autobús al lugar del tratamiento”.

Le han impactado el machismo y el abuso sexual. “Te cuentan las historias casi como algo normalizado. Hay tantas que ni sabes por dónde empezar. Y tampoco es fácil porque una llega con su mentalidad, y es importante querer el lugar y a las personas, e intentar ponerte en esa mentalidad. Hay muchas cosas que nosotros ya no nos planteamos porque estamos en otra óptica, pero aquí es otra mentalidad”. Pero también “hay mucha solidaridad”, y se refiere a una familia que, sin tener recursos económicos, ha acogido a dos niñas debido a un abandono familiar.

Cree que en este contexto preguntarse si lo que hace sirve para algo “es muy humano y muy normal” y también “una tentación”. “Pero cuando conoces a una persona y has podido mejorar un momento de su vida para que se sienta más feliz, ya ha merecido la pena”, y recuerda a la mujer cuyo niño pequeño necesita tratamiento por leucemia y a los que trasladaron en su 4x4 hasta la frontera con Argentina. “No le solucionamos nada, pero ese día se alivió porque llegó a su cita médica y su hijo recibió tratamiento. Para mí eso ya ha merecido la pena porque pienso que, si fuese mi hermana o mi madre, haría lo que fuera por ellas”.

La idea es que vuelva a España en un año. Pero el futuro está abierto. “En un mundo donde cada uno quiere aislarse cada vez más y hacer muros más altos, estamos llamadas a vivir con menos fronteras, físicas y mentales”. 

DNI
​Nombre: Patricia de la Vega Brieba. 
Nacimiento: Pamplona, 10 de agosto de 1985 (39 años). 
Nombre de la madre y del padre: María Isabel y Ernesto. 
Hermanas: María del Mar, de 42 años, e Isabel, de 37. 
Estudios: Colegio Ursulinas y Facultad de Periodismo de la Universidad de Navarra. Lugar de trabajo: como periodista, en Europa Press en Madrid y en Rome Reports en Roma. Es religiosa de las Hijas de la Caridad desde hace 12 años. 

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