Ignacio Domeño Elcarte, la fuerza de la voluntad


Publicado el 27/11/2024 a las 07:47
El pasado 21 de noviembre falleció Ignacio Domeño Elcarte (Pamplona, 1932-2024). A su viuda Asunción Martínez de Morentin, hijas Asunción, Cristina y Fidel, nietos Lucas y Mateo, y demás familia, mi sentida condolencia.
Las muchas personas que conocieron a Ignacio a lo largo de su vida estarán conmigo en que las características más importantes de su personalidad abierta y sociable fueron la fuerza de carácter, la voluntad y la tenacidad ejercitadas permanentemente hasta convertirlas en actos de heroísmo. Por ellas pudo superar las secuelas de una enfermedad que en su infancia no tenía cura hasta que en los años 50 los doctores Salk y Sabin descubrieron la vacuna, llegando a erradicarla en la mayor parte del mundo.
Sus dificultades físicas las superó ampliamente con una gran inteligencia, formada y esforzada por el estudio y el trabajo, haciendo que su entereza obligase a adelantar y superarse a un cuerpo doliente. Todo lo hizo sostenido por sus profundas convicciones religiosas y sentido trascedente de la vida. Fue un exponente de que la voluntad lucha y termina venciendo las limitaciones y resistencias, contradiciendo a Víctor Hugo cuando afirmó que “a nadie le faltan fuerzas, lo que a muchísimas les falta es voluntad”. Ignacio, por voluntad y sacrificio, tuvo fuerzas hasta alcanzar una avanzada edad en plenas facultades intelectuales. Hizo suyo el adagio castellano “donde hay querer, hay poder”, que Ortega tradujo en que “en la Historia y en la vida, las posibilidades no se realizan por sí mismas, automáticamente: es preciso que alguien, con sus manos y su mente, con su esfuerzo y angustia, las fabrique en realidad.”
Fue alumno del colegio de los Salesianos y de la Escuela de Comercio, centros y profesorado para los que tenía gran concepto y perpetuo agradecimiento. En sus estudios y posteriores trabajos en empresas dejó sentado su sentido de la responsabilidad, porque era muy consciente de que debía demostrar con su conducta que era capaz de hacerlo como otros, incluso mejor, aunque le costara más esfuerzo. Se impuso una línea ética de conducta de superación y obra bien hecha, con la que dirigió toda su vida, fuese en el trabajo o jugando a la petanca en la playa de Alcossebre.
Persona de voluntad, lo era también de iniciativas. Con Julio Pujol y Miguel Cruchaga fue cofundador y gestor de Orvina, entidad promotora de muchas viviendas de protección oficial en Pamplona. Para industrializar la construcción y reducir costes formaron la sociedad Nadeco, que importó la tecnología y patente del modelo francés ‘Costamagna’, instalando en Landaben la primera fábrica de viviendas prefabricadas. Gestionó la promotora y urbanizadora Zizur hasta su liquidación.
Una faceta muy destacada de su persona fue su sentido y vocación musical, a partir de una buena voz de tenor agudo, que le llevó a estudiar música y canto en el Conservatorio de Pamplona. Durante años formó parte del Orfeón Pamplonés y gozó de la práctica del canto junto con grandes amigos en el Ochote o Doble Cuarteto Vocal Itxaso creado y dirigido en 1957 por Jesús Urriza, con los orfeonistas Gárriz, Ardanaz, Torregrosa, Cruchaga, Baztán, Santamaría y Parado. Eran tan buenos que el mismo año de su aparición ganaron el Primer Concurso Vasco-Navarro. En 1977 entró a formar parte del Coro de Voces Graves de Pamplona. Fue un músico no profesional, que por cualidades podía haberlo sido, con sentido simbólico, social y semiótico de la música.
También en esta faceta de su vida, a pesar del gusto y cualidades para el canto, tuvo que aplicar altas dosis de esfuerzo, sufrimiento y disciplina para alcanzar el placer y la recompensa que su práctica le producía. La voluntad, el trabajo y la música le ayudaron a no dejarse llevar ni por las dificultades físicas, ni por el abatimiento, ni por la tentación de facilidad, venciéndolas como si fueran las sirenas que llevarían al abismo a quien conocía la conducta de Ulises y cantaba mejor que ellas.
Tuvo en su esposa Asunción una persona amante, entregada y generosa que se convirtió en su apoyo y sostén, a su servicio y atención en todo momento. Si Ignacio luchó por la vida, ella le dio la fuerza y el apoyo imprescindibles para poder hacerlo. Reconocía que sin una mujer como ella a su lado no le hubiese sido posible desarrollarse como persona. Sus hijas aprendieron en la escuela materna, viviendo en un matriarcado con el afecto y entrega de las “chicas”.
A su esposa e hijas, a las que tanto quiso y agradeció su apoyo en vida, nietos y demás familia os recuerdo las palabras del poeta inglés David Harkins: “Podéis llorar porque se ha ido, / o podéis sonreír porque ha vivido. / […] Vuestro corazón puede estar vacío, / porque no lo podéis ver, / o puede estar lleno / del amor que compartisteis. / Podéis llorar, cerrar la mente, / sentir el vacío y dar la espalda, / o podéis hacer lo que a él le gustaba: / sonreír, abrir los ojos, amar y seguir”.
A Ignacio le despedimos con la canción de José de Olaizola que tantas veces interpretó: “Agur, jaunak, / jaunak, agur, / agur t’erdi”.
El autor es amigo del fallecido