Obituario
José Antonio Pedroarena, monje y sacerdote de Leyre


Publicado el 08/10/2024 a las 17:15
José Antonio Pedroarena fue monje y sacerdote de Leyre por vocación desde niño, surgida en el entorno de una familia cristiana en Burguete y con el apoyo de Santa María de Roncesvalles, a la que tanta devoción profesaba.
Tenía 11 años cuando llegó en el autobús de la Roncalesa a Yesa y yo había bajado caminando hasta allí para esperarle y acompañarle en su marcha hasta el monasterio, de forma que no anduviera solo los cuatro kilómetros de ascensión y poder alternar sus manos y las mías en el traslado de su maleta, qué tiempos… yo tenía 14 años. Era el 1 de octubre de 1962 y se celebraba la festividad de San Virila.
Ese primer gesto de compañerismo, tan agradecido siempre por él, supuso para mí el comienzo de una profunda amistad, que fue creciendo en el periodo que compartimos formación en el monasterio, se convirtió en familiar a lo largo de todos estos años y tuve la suerte de incrementar en la época de mi presidencia de los Amigos de Leyre.
Una de las conversaciones que recuerdo del intercambio de inquietudes de aquel día era su gran pasión por el sonido de las campanas de las iglesias y que posteriormente fue uno de los objetivos a realizar en su trayectoria y responsabilidad en el monasterio, la gestión, renovación y ampliación de las campanas de la torre románica, en los años ochenta.
Ingresó en la segunda tanda de la Escuela Monástica, constituida en 1958. La Escuela tenía como objetivo lograr la formación religiosa, moral, humana e intelectual de los alumnos mediante el estudio de la Biblia, la ascética y la mística, la liturgia eucarística, la música y la regla de San Benito. Para estudiar la Teología marchó a Solesmes, Francia.
Fueron tiempos de austeridad en un monasterio que había recuperado su vida monástica ocho años antes, con una comunidad de jóvenes llegada desde Silos y con unas instalaciones recuperadas después de las desastrosas desamortizaciones sufridas, pero que requerían de unas actuaciones de mejora del confort diario que carecieron durante muchos años.
Sin embargo, José Antonio recogió los frutos de su vocación y pudo dar sentido y plenitud a su vida a lo largo de 55 años de profesión monástica y 47 de sacerdocio. El día 5 de octubre pasado, dos días después del fiesta de San Virila, “se durmió piadosamente en la paz del Señor”, en palabras del padre abad. Hay que tener un reconocimiento especial a su hermana María José, por todo el cariño que le ha acompañado en esta última etapa. En el monasterio ha dejado un vacío importante, porque era el único que ha permanecido en la hoy Abadía a lo largo de 62 años.
El día a día de la vida monástica reparte el tiempo con el rezo del oficio divino, la lectio cristiana, la meditación y la oración contemplativa, pero hay otras labores que también forman parte de las actuaciones de los monjes. José Antonio fue prior claustral, en la época del abad Dom Luis Pérez, de 1993 a 2009, maestro de coro, con grandes aptitudes para el canto, ya que se sabía de memoria todo el antifonario y gradual, con una seguridad extraordinaria, y tocaba el órgano cuando era necesario.
Fue también enfermero, pero una de las funciones que desarrollaba con mayor interés y satisfacción era la de Capellán de la iglesia y Sacristán Mayor, por lo que se encargaba de la organización de las ceremonias, preparación de los ornamentos, imágenes, cálices, reliquias de los santos, etc. Presidía habitualmente las romerías, celebraba muchas bodas y variadas conmemoraciones especiales como del Día de las Leyres. Consideraba la liturgia como centro de la vida espiritual y dedicaba el tiempo necesario para que todo resultase con gran solemnidad, tenía “corazón litúrgico”.
Hay que destacar también su labor como Tesorero de las reliquias, labor que le entusiasmaba, y dedicó parte de su tiempo a su perfecta identificación, clasificación e incorporación de nuevos relicarios. En su haber está la recuperación de algunas de las reliquias de las santas Nunilo y Alodia y San Virila que se guardaban en la catedral de Pamplona, otras, procedentes de Adahuesca y las de los santos Emeterio y Celedonio.
En sus labores externas fue elegido capellán de la Policía Foral de Navarra en 1983 y celebraba todas las misas organizadas por el cuerpo policial, siempre dijo que rezaba todos los días por ellos. Era asistente espiritual y asesor religioso de la federación galaico-leonesa de monjas benedictinas y confesor extraordinario ocasional.
Fue defensor de la importancia del Monasterio de Leyre dentro de la Historia de Navarra, reconocido por Sancho el Mayor como “Centro y corazón de mi Reyno”, estaba enamorado del propio monasterio, su cripta, sus naves, portadas, y como sede de la tumba de los monarcas navarros. Fue ferviente defensor de Navarra y sus Fueros. Escribió algunas monografías sobre “San Virila de Leyre, contemplador de la eternidad” y los “Santuarios Marianos de Navarra”, entre otras.
Las campanas de Leyre, promovidas por José Antonio, sonaron con ritmo pausado en la tarde de su despedida. La música del órgano inundó con sus acordes las naves de la iglesia abacial completa de fieles, al igual que con las piezas del canto gregoriano de los monjes y en especial el réquiem “In paradisun”, interpretado durante la comunión, que acompañaron el dolor de los asistentes: familiares, monjes de Leyre, monjas benedictinas de Galicia y León, miembros de la policía Foral, que interpretaron el Himno de Navarra al final de la ceremonia, amigos y vecinos de las poblaciones de Burguete, Yesa, Sangüesa, Liédena y Pamplona, que tanto le apreciaban, y los llegados desde Adahuesca, lugar de nacimiento de las santas Nunilo y Alodia, pero faltaba una voz, la de José Antonio, que descanse en paz.
Como esa paz que se sentía en el trayecto hacia su reposo, con sus restos a hombros de los miembros de la Policía Foral, vestidos de uniforme, y presididos por la seriedad manifiesta de los roquedos que coronan la cumbre hasta el Castillar, que tornaron sus grises claros a oscuros, en tarde húmeda, deslizando sus gotas de lluvia bajo las ramas de los árboles a modo de lágrimas, en un atardecer prematuro, y cantando las letanías que le llevarían de la purificación individual a la unión con Dios.
Y un recuerdo personal final: Jose Antonio cantaba en Burguete cuando regresaban de la romería de Roncesvalles: “Permíteme que vuelva, Señora, tus plantas a besar, quédate con Dios Señora, adiós, adiós…” Hoy las podrá besar en el Cielo, adiós, adiós.
Arturo Navallas Rebolé