David Isaacs, experto en la dirección de centros educativos


Publicado el 27/08/2024 a las 07:43
El profesor David Isaacs falleció en Pamplona el día 22 de agosto. Era Master of Arts por la Universidad de Cambridge, fue profesor ordinario de la Universidad de Navarra, director adjunto del Instituto de Ciencias de la Educación y vicerrector de Relaciones Internacionales. Pionero en España en investigar sobre la dirección de centros educativos, realizó actividades de formación y perfeccionamiento de directivos durante muchos años.
Entre sus publicaciones destacan La dirección y organización de los centros educativos y Cómo mejorar la dirección de los centros educativos.
Con David tuve dos encuentros profesionales. El primero fue en el Colegio Gaztelueta, fundado en Lejona (Vizcaya) en 1951 y del que los dos fuimos profesores. Recuerdo que fue contratado como profesor “estrella” de inglés. Estaba ya casado con una valenciana, María Luisa Abril Martorell, hermana de Fernando, el que fuera ministro del Gobierno de Adolfo Suárez. Siempre me llamó la atención el contraste de la extrovertida Marisa con el carácter reservado de David.
Una vez más se cumplía el dicho de que los polos opuestos en el amor se atraen. Hay que añadir la mutua capacidad de adaptación al otro. Para David, siendo un gran profesional, lo prioritario no era su trabajo, sino su mujer y sus hijos. Con el paso de los años observé que, invariablemente, dejaba su despacho a las 18.30 horas para atender a su familia.
El segundo encuentro profesional con David fue en la Universidad de Navarra, primero en el ICE y después en la Facultad de Educación y Psicología. Su libro La educación de las virtudes humanas fue un ‘bestseller’. Sigue siendo un manual de educación en valores para miles de familias. Yo viví día a día con él su elaboración. Me preguntaba si estaba o no de acuerdo con la definición de cada virtud. Y a medida que iba escribiéndolo me pasaba cada capítulo con el ruego de que corrigiera los posibles errores gramaticales. Dominaba muy bien el español hablado, pero algo menos el escrito por su origen británico.
Un día me dijo que le gustaba menos mi corrección gramatical que la de otro compañero. Lejos de sentirme humillado valoré su confianza y también su cualidad de “amarrar”. ¿Con qué virtud humana se corresponde amarrar? Creo que con la prudencia. Me pregunto ahora cuál de las virtudes que él explicaba le era más aplicable a sí mismo. Creo que una de ellas era el optimismo: siempre veía la botella medio llena, sin agobiarse por los problemas. Otra era la paciencia: era capaz de soportar contrariedades sin alterarse y de esperar a que pasase el vendaval.
Esas virtudes las vivió de modo especial en sus últimos años, con ocasión de padecer una enfermedad que exigía someterse a diálisis cada semana. Una de las últimas conversaciones que tuve con él fue a la salida de la iglesia de Santa María Vicenta, a la que acudía diariamente. Al agravarse su enfermedad fue ingresado en la clínica. En los primeros días sólo pudimos comunicarnos por email. Copio sus palabras: “Gerardo, muchas gracias, sigue rezando. Ofrezco mi sufrimiento por esa intención familiar tuya”.
Posteriormente me pidió que fuera a verle. Fue la despedida de un amigo. Me impresionó mucho la serenidad y la paz con las que afrontaba el último tramo de su vida. Yo lo atribuyo a una virtud que no estaba en su famoso libro: la virtud teologal de la esperanza.
La de David ha sido una vida lograda, la de quien dio lo mejor de sí mismo. Descanse en paz.
Gerardo Castillo Ceballos. Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra