Abuelito, dime tú

Vayan estas líneas para los abuelos que dan la paga, los que enseñan refranes y a jugar al Chinchón

Fotógrama de la película 'El abuelo está loco', con los mismos protagonistas de 'Mary Poppins'.
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Fotógrama de la película 'El abuelo está loco', con los mismos protagonistas de 'Mary Poppins'.
Fotógrama de la película 'El abuelo está loco', con los mismos protagonistas de 'Mary Poppins'.

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 28/07/2024 a las 05:00

En octubre se cumplirán siete años desde que dejé de ser nieta para siempre. Desde que ya no utilicé nunca más las palabras ‘abuela’, ‘abuelo’, ‘yayo’ o ‘yaya’ en mi vocabulario cotidiano. Aunque bueno, lo sigo haciendo y mucho, cuando hablo sobre ellos, cuando recuerdo a esas cuatro personas que tanto han marcado mi vida. Hace siete años que desapareció una generación en mi familia y ahora los abuelos son los padres y los tíos. Lo que me hace pensar una vez más sobre el paso inexorable del tiempo y en la importancia (mayor o menor, en cada caso) de esas dos parejas de dos palos de la misma baraja que siempre conjugan los verbos en segunda persona. Porque nosotros, sus nietos, somos los más guapos, los más listos y los mejores. Sin lugar a dudas. Con motivo de la celebración el viernes del día de los abuelos, vayan estas líneas para todos ellos: los recién estrenados, los actuales, los pasados y los que vendrán. Los que miman y los que exigen. Los que dan la paga por debajo de la mesa y los que enseñan los refranes y a jugar al Chinchón. Pero siempre, siempre para los que regalan su ejemplo de vida. Como mis padres, los mejores abuelos.

Son tantas las historias sobre los abuelos que no sabría por dónde empezar. Pero voy a probar con algunos ejemplos. Como el de Iñaki, alumno de la UNED, que no cabía en sí de gozo al presentarme el otro día a su primer nieto, toda las familia reunida en el aperitivo veraniego en una terraza. “Disfrutadlo mucho, que enseguida cumplen 18 años y se hacen adultos”, les aseguré señalando a mi hijo mayor. O el de Ana Mary, una abuelita entrañable y mujer valiente y aguerrida donde las haya, que presume de que una de sus nietas ejerce de azafata en los juegos olímpicos de París. ¡No es para menos! Me viene a la cabeza también un jubilado al que entrevisté hace unos años, que acudía a clases de chino con su nieta adolescente. O la abuela de un amigo que se embarcaba con sus nietos en un crucero para regalarles parte de su herencia en vida. ¡Qué mejor! También hay abuelas que diagnostican ataques de apendicitis y su ojo clínico, mucho más útil a veces que el del médico de turno, es el responsable de que sus nietos, hoy adultos, sigan con vida, aunque sin apéndice.

Esta mañana salía de casa pensando en las líneas para este artículo cuando me he topado con la realidad al otro lado del portal. Un abuelo empujando la silleta de un bebé, mientras otro niño caminaba de su mano. ¡Cuántos abuelos cuidan estos días de sus nietos en los apartamentos de la playa o en las casa de los pueblos! Permitiendo a sus hijos que trabajen (y descansen) en estos días de Rodríguez. Mientras, ellos se afanan en los fogones, extienden las cremas protección 50, son los mejores socorristas en las piscinas o comparten ‘la fresca’ con otros abuelos mientras apuran unas rodajas de sandía. Ojalá algún día me convierta en abuela. Y escuche, en dirección contraria, las mismas palabras que hasta hace siete años salían de mi boca.

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