Obituario
María Pilar Valimaña Senosiáin, enfermera, madre y abuela


Publicado el 08/07/2024 a las 07:48
El 5 de julio, a los 80 años, falleció Pili Valimaña Senosiáin (1944-2024), viuda de Juan Manuel Moya, madre de María y Javier, abuela de Sofía, cuñada de María Pilar y Pedro, tía de Lucía, Paloma y Fermín, a los que transmito mi condolencia.
Pili era hija de Segundo Valimaña (1916-1993) y de María Luisa Senosiáin. Su padre fue gerente de Gráficas Iruña, presidente del Club Natación (1959-19071), concejal del Ayuntamiento de Pamplona (1973-1978) y alcalde accidental en 1978, durante la transición, tras el cese de Erice y la renuncia de Caballero.
Desde su infancia en el colegio de las Teresianas de la calle Mayor, en el que coincidimos, llamaba la atención por ser una niña preciosa, vivaracha, simpática, aire travieso, cuya sonrisa y el brillo de sus ojos la convertían en la pura expresión de una persona abierta, que nunca pasó desapercibida. Allí creó una familia de profunda amistad, que ha durado hasta su muerte, con las ‘teresianillas’ Nieves Caridad y las hermanas Maribel, Teresa y Camino Leránoz. A todos nos educó en el parvulario la M. María Cruz Gorrochategui, haciéndonos partícipes del “rebañito del Niño Jesús” y de la “Santa Madre Teresa de Ávila”, premiándonos con los dulces que elaboraba su familia en Tolosa. Cuantos coincidimos en el centro tenemos un gratísimo e imperecedero recuerdo de Pili que actualizaba cada vez que nos encontrábamos por Pamplona.
Estudió enfermería en el Estudio General /Universidad de Navarra, luciendo con gracia su uniforme, convirtiéndose en una buena profesional que ejerció en el Hospital Virgen del Camino. Transmitía espontáneamente su alegría de vivir a los pacientes que, para ella, era una parte importante de la terapia. Enviudó joven y se entregó, con la generosidad que puso en su vida, a sus hijos María y Javier, y nieta Sofía.
Una corta enfermedad, con plena conciencia por su conocimiento, ha confirmado su fuerza interior y personalidad alegre y generosa, consciente de cuál es la meta final de una vida, “que es camino de la muerte, y la muerte el camino de la Vida”, porque “desde que nacemos, / su paso, lejano o próximo, huella / el mismo sendero por donde corremos / hasta dar con ella” (M. Machado). Quiso que en su esquela constase su agradecimiento a familia, amigos y compañeros de trabajo “por haberme acompañado tan bien en el viaje de mi vida”.
Su última lección de su vida ejemplar de madre y abuela ha sido su serenidad en la enfermedad y el dolor, demostrando que la vida es “enigmática, y como / a su antojo nos mueve y nos asombra siempre / -para bien, para mal- con casi todo aquello / que nos da o que nos quita” (E. Sánchez Rosillo). Sabía y había conocido de cerca que “la muerte espera siempre, entre los años, / como un árbol secreto que ensombrece, / de pronto, la blancura de un sendero / y vamos caminando y nos sorprende.” (J.L. Hidalgo). Su marcha a la otra vida ha asumido en el dolor de la pérdida de una persona entrañable a su familia y amigos, para los que ha pasado a ser una estrella brillante que nos alumbrará con su recuerdo para seguir navegando: “Amada, el aura dice / tu pura veste blanca… / No te verán mis ojos; / ¡mi corazón te aguarda! (A. Machado).
El árbol de la vida de Pili enraizaba y estaba mantenido por el amor que manifestó a cuantas personas estuvieron cerca, familia, amigos y pacientes. María, Javier y Sofía: “Podéis llorar porque se ha ido, / o podéis sonreír porque ha vivido. / […] Vuestro corazón puede estar vacío, porque no la podéis ver, / o podéis estar llenos del amor que compartisteis. / Podéis llorar, cerrar vuestra mente. / sentir el vacío y dar la espalda, / o podéis hacer lo que a ella le gustaba: / sonreír, abrir los ojos, amar y seguir” (D. Harkins, Recuérdame). Es lo que Pili siempre quiso y practicó. Descanse en paz.
El autor es amigo de la fallecida