Libros
Marina Sacristán: “Yo era un poco malota, pero el ictus me ha hecho mejor persona”
Hace siete años, un derrame cerebral dejó a esta joven pamplonesa postrada en una silla de ruedas, pero con la cabeza muy lúcida. No sin dificultades, ha escrito su autobiografía, ‘Cuesta abajo y sin frenos’, que presenta este sábado


Actualizado el 12/04/2024 a las 14:18
Como a todos los jóvenes, a Marina Sacristán González le encantan los dulces. Para ella, algo tan sencillo como saborear una chuche, un helado o una trufa es un hecho extraordinario porque no lo puede tragar a causa del ictus (derrame cerebral) que sufrió hace siete años y que le mantiene en silla de ruedas. Esta pamplonesa de 24 años depende de su familia y de sus asistentas personales para todo, menos para pensar, reír y comunicarse aunque le cueste pronunciar bien las palabras. Y para amar. “Antes del ictus yo era una chica un poco malota. Fumaba, reñía con mis hermanos, salía mucho...”. En lugar de rebelarse contra el mundo, ha aceptado sus limitaciones. “Gracias a lo que me pasó he descubierto que mi familia es un tesoro y que hay gente maravillosa”, expresa.
No sin dificultades, Marina Sacristán acaba de escribir y publicar un libro. 'Cuesta abajo y sin frenos. Cómo sobrevivir a un ictus a los 17 años'. Este sábado a las 17.00 horas lo presenta en el Civivox de Iturrama. Le arroparán sus numerosos amigos, que nunca le han dejado de lado, como Jokin, Carma, Hugo, Diego, Paloma y Carol con los que se juntaba a estudiar en la biblioteca. “Nos montábamos unas cacho merendolas”, recuerda. Los buenos y malos momentos vividos están reflejados en esta autobiografía.
¿Qué pasó aquel 27 de julio de 2017?
Yo estaba en la piscina con mis amigas. Me empezó a doler la cabeza y al salir de los vestuarios me desmayé y caí al suelo. Según me han contado, empecé a convulsionar. Gracias a la rápida actuación de Marta, enfermera amiga de mi familia, me llevaron a urgencias y me operaron. Estuve 24 horas en coma pero no recuperé la consciencia hasta pasados tres meses.
Empezó entonces un calvario de hospitales.
Pasé cuatro meses tumbada en la cama, en la UCI, hasta que pudieron sentarme en una silla de ruedas. En enero de 2018 me pusieron un tapón en la traqueotomía y por primera vez en seis meses pude hablar. Hasta entonces la única forma de comunicarme era con la mano y una tabla abecedario que me hizo mi hermana, Eva.
¿Cuando pudiste volver a casa?
Pasé medio año en la clínica de neurorehabilitación Guttman de Barcelona y después año y medio en la Clínica Universidad de Navarra. Me aterraba la idea de volver a casa porque en el hospital estaba controlada día y noche. En casa hubo que hacer reformas para adaptarla a la silla de ruedas. Al meter una cama articulada, en cierto modo eché a mi hermana de la habitación.
¿Cómo es su vida diaria ahora?
Por las mañanas voy a un centro de día. Eso supone madrugar mucho. Mi padre me da de desayunar y mi madre me prepara. Por la tarde estoy en casa. Tengo una asistenta personal de Cocemfe, que me asea y me atiende. Esta asociación es un factor decisivo en mi día a día. Igual que mi madre, que es como mi ángel de la guarda. Luego viene mi padre. Solemos ver series juntos. Los tres somos muy bromistas, nos contamos las cosas y nos reimos.
Pero según cuenta en el libro, antes del ictus, no era así.
Bueno, yo tuve una infancia normal pero con cosillas. Reñía mucho con mi hermana, aunque ella tenía motivos para enfadarse porque le quitaba la ropa. Y con mi hermano mayor me lleva fatal, porque estaba todo el día chinchándome. Y mi hermano pequeño era mi compañero de travesuras. Yo era un poco malota. Fumaba, salía mucho con las amigas, desobedecía...
Y parece que también era presumida.
Lo sigo siendo. Me gusta mi melena, siempre larga, aunque no pueda peinarme. Y me privan los perfumes. Ahora creo que tengo ocho.
Ante la enfermedad, en lugar de reaccionar con rebeldía, le ha hecho mejor persona. ¿Cómo es posible?
Al principio sí que fue horrible. Eso de despertar sin poder moverme, hablar, comer... Pensé en cosas muy negras. Hasta que llegó Luisa, una cuidadora que llevó una vida complicada pero tuvo una conversión de esas fulminantes que le hizo ser otra persona. También descubrí la faceta de otras personas, que se volcaron conmigo. Mi familia y mis amigos han estado ahí en todo momento.
En su libro también habla de su relación con Dios.
Yo también he vivido una conversión. Yo era creyente pero iba a misa por cumplir. Solía habla con un cura muy majo, Santi Arellano, al que le contaba los rollos que tenía en casa o con las amigas. Cuando me pasó esto, este cura puso a mucha gente a rezar por mi. Puso una foto mía en la parroquia de San Fermín para pedir por mi curación. Ahora me gusta rezar y cuando sufro pienso en Jesús en la cruz. En la pandemia fuimos toda la familia al santuario de Medjugorje, en Bosnia. Fue toda una aventura.
Cuando le pasó el ictus, sus planes eran ir a la universidad.
Sí, me habían cogido en San Sebastián para estudiar ingeniería. No me importa. Conociéndome, creo que habría sufrido mucho en la universidad. (Su madre interviene para decir que Marina sacó un 9,5 de media en Bachillerato: “Es muy inteligente”).
¿Cómo surgió la idea de escribir el libro?
Luisa, mi cuidadora, me animó. Yo le dije, “si tú cuentas tu historia yo cuento la mía”. Siempre me ha gustado escribir. Matilde, que fue profesora mía, Me ha costado varios años escribir el libro porque puedo escribir con la tablet y el ordenador pero voy muy lenta y me equivoco mucho. Mi hermana me ha ayudado también, corrigiendo textos y me ha quitado algunas palabrotas.