Afectada de cáncer
"Nunca flaqueé ni pensé que me iba a morir"
Rosa Mª Flores, 57 años, lleva nueve luchando contra un cáncer sanguíneo, el mieloma múltiple. Quiere vivir y valora cada minuto del día. Ni en los peores momentos tiró la toalla


Publicado el 04/02/2024 a las 05:00
Cualquier cosa que tenga solución no es un problema”. Rosa María Flores Sardiña es contundente. La vida se lo ha enseñado con dureza después de convivir durante nueve años con un cáncer que hasta la llegada de nuevas terapias, la mayoría aún en ensayos, no tenía buen pronóstico: el mieloma múltiple (cáncer en la sangre que comienza en las células plasmáticas en la médula ósea).
“La salud sí es un problema. Si estás bien hay que vivir y disfrutar”, afirma. Rosa María es natural de Pamplona, está casada, a punto de cumplir los 58 el 22 de febrero, y tiene dos hijos que son su debilidad, Aritz y Julen, de 29 y 26 años. No solo tiene energía sino que la proyecta. Y buen humor. Es risueña, optimista, habladora y sonríe sin parar pero, sobre todo, lucha desde que nació a los siete meses y vivió sus primeros días, “adelante y atrás”, en una incubadora.
“Siempre les digo a mis hijos que la vida no es color de rosa. Que hay que tirar hacia adelante y cuando las cosas vienen mal, coger el toro por los cuernos, como se suele decir”. Afirma que no quiere dar pena aunque sabe muy bien qué es sufrir terapia tras terapia, primero en el Hospital Universitario de Navarra y después en la Clínica Universidad de Navarra. Ahora se siente feliz y asegura que tiene suerte por vivir en una ciudad donde la sanidad, pública y privada, es muy muy buena. Y se aferra a su ley vital: “Me agarro a la vida”.
UN LADRÓN EN CASA
La relación de Rosa María con el cáncer se forjó poco a poco. “Siempre tenía dolor de huesos. Estaba cansada y el médico me dijo que tenía anemia”. Los tratamientos no revertían la situación y durante un año pasó desde gastroenteritis hasta neumonía. “Me cogí de todo”. Con la neumonía se le disparó la velocidad de la sangre. “El médico me dijo que eso era como un ladrón cuando entra en casa. Algo pasa”. Era marzo de 2015 y le remitieron a Medicina Interna, en el Hospital de Navarra. Gammapatía monoclonal. “¿Qué es eso?, pregunté. Me dijeron que unas células campaban a sus anchas pero yo sabía que era algo malo. Me lo pusieron muy negro”. Reconoce que se asustó. “Es muy duro. Se lo dije a mi hermana y a mi marido pero no a mis hijos. Uno estaba estudiando, aunque luego me enteré de que lo sabía, y el pequeño tenía la fiesta de graduación. ¿Cómo le iba a arruinar ese día tan bonito?”.
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“Pensé que se habían equivocado. No aceptaba lo que me habían dicho”. De hecho, salió de urgencias con fiebre y se fue a trabajar. Llegó a pedir una segunda opinión con Jesús San Miguel, en la CUN. “Me gusta saber a qué me tengo que enfrentar porque preparas tu cuerpo aunque sea duro”. Tras esa visita entendió qué le pasaba. “Le dije al médico que no me quería morir, que quería conocer a mis nietos. Tenía 49 años. Y él me dijo que iba a conocer más que eso. Me dio esperanza”.
ESPÁRRAGOS Y MELOCOTONES
Los siguientes años fueron un rosario de pruebas y tratamientos. En 2016 llegó el autotrasplante de médula ósea, un tratamiento duro que le dejó secuelas. Con la quimioterapia que le aplicaron, lloraba. “Me acordaba de toda la gente que pasa por esto. Hasta que no te ocurre no sabes qué es, por mucho que te lo cuenten. Y lloraba por los demás, por todo lo que sufre mucha gente”, explica. “Me quedé sin pelo y estuve un mes sin comer. Me estaba consumiendo pero no tenía ganas”.
La elección, de la mano de los nutricionistas, era suya: purés, bolsa de alimentación enteral o comida. Y se ríe al recordar su lucha con cada comida y los aliados que encontró: espárragos y melocotones en almíbar. “Son fáciles de tragar”. Habla como si hubiese estado en una guerra de la que había que salir como fuera. Y su familia, con ella. Fueron con una pancarta que vió desde su habitación porque no podían subir. De hecho, guarda la foto y la enseña entre risas: ‘¡Rosa, te queremos!’, se lee entre un grupo numeroso. “Por eso no me puedo ir. Tengo que estar aquí por ellos”.
En aquellos días le dijeron que quizás saldría en silla de ruedas, “Me empeñé en andar. Iba por el pasillo, con el palo de los sueros y los tratamiento, todos los días”. El efecto duró un año, relata. Después, tratamientos de consolidación ocho meses, Daratumumab (un anticuerpo monoclonal que actúa como los anticuerpos humanos), otros ocho meses... Era como ganar cada minuto de vida. Hasta que llegó una nueva fase en su proceso. “Los médicos me dijeron que ya me habían puesto todo lo que tenían y me mandaron a la Clínica Universitaria para iniciar otras terapias”.
LAS NUEVAS TERAPIAS
Casi cinco años después del diagnóstico, en 2019, Rosa María llegó a la Clínica Universidad de Navarra para participar en un ensayo de un tratamiento con CAR-T (una terapia para que un tipo de células inmunitarias luchen contra el cáncer. “Es parecido a un autotrasplante pero cogen las células de las defensas. Lo pasé mal. Se me fue la cabeza y me quedé con 40 kilos pero fue un tratamiento muy bueno”, explica.
“Nunca flaqueé ni pensé que me iba a morir. Sabía que estaba mala, pero siempre confiaba en el día siguiente”. Casi ocho años después del diagnóstico se sintió ella misma. “Podía pensar, decidir, estaba en lo mío y en lo de los demás. Volvía a empezar a vivir”. Tras un tiempo, recayó pero volvió a la carga con un nuevo ensayo de un tratamiento con anticuerpos biespecíficos, una nueva terapia que se dirige también a potenciar el sistema inmune.
Ahora lleva quince meses sin tratamiento y está feliz. “No me lo creo”. Acude cada mes a revisión y no piensa, aunque el día anterior a la consulta reconoce que tiene miedo. En este camino, asegura que no se ha sentido nunca sola y ensalza la labor de los sanitarios, médicos, enfermeras y el resto del personal. “Su labor es envidiable. Me han ayudado mucho”.
“Siempre hay una esperanza. Diría a las personas que pasan por esta enfermedad que hay muchos tratamientos. Tengo los mejores en la CUN. No hay que tirar la toalla ¿Por qué no voy a salir?”. Y anima a participar cuando los profesionales ofrecen nuevas terapias. “Sabía que en la CUN estaba en buenas manos. Me han dado la oportunidad de vivir”. Lo mejor, añade, es no pensar en el tratamiento sino centrarse en que es un medio para pelear contra la enfermedad. “Pero no te engañan”, recalca.
A POR EL REY LEÓN
Rosa María se aferra a la vida. Le cuesta andar y tiene dificultades de habla, entre otras secuelas. Pero su energía sigue intacta. “La vida es divina, un regalo. Tiene sus males pero merece la pena luchar”. Con todo es realista. “Haces planes pero, a la vez, no los haces. Mi doctora me decía: vive la vida. Y lo hago cada momento”.
Por eso, aprecia cada pequeño momento. Sale a andar, aunque arrastre la pierna. Dedica tiempo a la repostería, a los fritos y otras delicias culinarias. Y le encanta preparar tapper para sus hijos. También es importante para ella cuidar de su casa. “Me han insistido en que contrate a una persona para limpiar la casa pero no quiero. Es una rehabilitación. Paso la mopa, me siento. Si no lo hago estaré en las últimas”. Su vida es tranquila. “No todo es malo”, recalca. Y, como otros pacientes afectados, afirma que hay un antes y un después. ¿Qué cambia? Muchas cosas, dice. Valora mucho la vida. “No doy importancia a muchas cosas, a tonterías por las que antes te preocupabas”.
En sus años de lucha contra el cáncer no quiere pasar por alto la importancia de la familia, de estar acompañada. Su marido, Domingo Merchán, ha sido su bastón en cada fase de su enfermedad, su “alma gemela”. “Me transmite energía y paz”, dice. Y afirma con cierto pesar que le ha hecho “una faena” durante todos estos años. “Es muy importante tener alguien a tu lado en quien apoyarte”, insiste. También destaca la necesidad de compartir pensamientos y problemas con personas que pasan por una situación similar, bien en asociaciones u otras entidades. “Siempre te entiende mejor alguien que pasa algo parecido”.
¿Y ahora? Ver un musical. “Nunca he visto uno y me hace mucha ilusión”. Es el momento. Estas navidades ha venido en forma de regalo por parte de sus hijos. “Vamos a ver El Rey León”, dice entre risas. Un plan que espera emocionada. Un plan sencillo pero que ahora es su meta y obedece a lo que le pide a la vida: ¡vivir!. “Quiero conocer a mis nietos, si vienen, seguir participando de la vida de mis hijos”, aunque tiene muy claro que tienen que hacer su vida. “Tienen que seguir con su camino. Lo último sería que no pudieran hacer algo por mi situación”.
Día a día. Minuto a minuto de lucha para llegar a este oasis. Y un secreto: el humor, mucho humor porque cuando decae es cuando comienza a verse todo negro.