La investigación de una pamplonesa encuentra las raíces navarras de un linaje histórico de Chile

Una investigación de la pamplonesa Raquel Idoate, a partir del hallazgo de documentación detallada, sitúa en la casa Larrañenea, de Arantza, el origen de una saga con huella en la política e Iglesia del país americano: los Larrain

Raquel Idoate Ancín, autora del libro ‘Larrain, Araníbar y Apezteguía. Las aventuras de tres linajes de Arantza (Navarra) en Chile y Cuba’
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Raquel Idoate Ancín, autora del libro ‘Larrain, Araníbar y Apezteguía. Las aventuras de tres linajes de Arantza (Navarra) en Chile y Cuba’
Raquel Idoate Ancín, autora del libro ‘Larrain, Araníbar y Apezteguía. Las aventuras de tres linajes de Arantza (Navarra) en Chile y Cuba’

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Natxo Gutiérrez

Publicado el 10/09/2023 a las 06:00

Como detective que sigue un rastro hasta resolver un enigma sostenido en suspense, Raquel Idoate Ancín, licenciada de 39 años de edad en Humanidades por la Universidad de Navarra y doctora en Patrimonio, Sociedades y espacios de Frontera por la UPNA, se dejó guiar por su experiencia y sabiduría tras encontrar “unas cajas que parecían llevar décadas sin abrir”. El hallazgo se produjo en una vivienda de Elizondo, que había pertenecido a una saga clave en la emigración a América en el siglo XIX. Los Fort, pilares del puente abierto con el nuevo continente en la guía de miles de navarros en busca de un mejor porvenir, habilitaron de forma indirecta una nueva vía de investigación. En aquellas cajas, cubiertas por la lámina del olvido, “se conservaba una documentación que, vista en detalle” ofrecía “los secretos mejor guardados de una familia de la Montaña navarra: los Larrain”. “Escrituras de matrimonios, testamentos, registros de propiedades, cuentas y, sobre todo correspondencia”, componían el insigne descubrimiento que, a los ojos, de una historiador -en este caso historiadora-, era poco menos que un tesoro falto de pulir. El remitente de las últimas misivas, Carlos Larrain, “autor del libro La familia Larrain, publicada en 1982 por la Academia Chilena de la Historia, a la que él pertenecía”, había buscado respuestas al interrogante de los orígenes de su linaje, pudiente en el país americano, que brindó a su Administración altos cargos de influencia y responsabilidad, entre ellos ministros, y a su Iglesia, hombres tocados con el color púrpura o morado de su orden jerárquico.

Por la historia relatada sobre su familia, a la que alude sucintamente Idoate sin deseo de adentrarse en pormenores del linaje en su país de destino, se sabe que los descendientes de “las dos principales figuras que se instalaron en el actual Chile, Santiago y Martín José de Larrain y Vicuña, tío y sobrino respectivamente, fundaron las dos sagas más importantes de Larrain en el país americano. La primera de la rama llamada Los Marqueses y la segunda, origen de los Ochocientos”. En ambas recayeron sendos títulos de marqueses - Marqués de Larrain y Marqués de Montepío-. La segunda línea aportó nombres a distintos estamentos “como Joaquín de Larrain y Salas, primer presidente del Congreso Nacional de Chile; su hermano José Vicente, canónigo de la catedral de Santiago de Chile; el político Vicente de Larrain y Aguirre; Manuel de Vicuña y Larrain, primer arzobispo de Santiago de Chile; y Francisco Ramón Vicuña y Larrain, que llegó a ser presidente de la República”.

El libro recién publicado, con portada del pintor Juan Carlos Pikabea, de Lesaka, “es una respuesta” a las preguntas que permanecieron sin resolverse en la mente de Carlos Larrain. En la búsqueda de sus raíces, logró contactar con el Archivo Real y General y, según creencia de la autora navarra, es posible que recibiese información de su propio abuelo, Florencio Idoate, en calidad entonces de director del depósito de la historia navarra.

Los detalles proporcionados en aquel primer cauce de comunicación entre Chile y Navarra no lograron despejar del todo la incógnita. Carlos Larrain mantuvo la premisa del Señorío de Larrain, en Adiós, como punto de partida. “Desde aquí - decía- los Larrain habrían salido con dirección al Norte de Navarra hacia el año 1500”. Con la documentación en su poder, la nueva hipótesis, manejada por la historiadora pamplonesa, corrige tal posibilidad y apunta directamente al norte, más en concreto, a Arantza, en Cinco Villas. “La familia hunde sus raíces en la Montaña navarra, en clara vinculación con la casa Larrañenea, de Arantza”. La conclusión figura en su último libro, Larrain, Araníbar y Apazteguía. La aventura de tres linajes de Arantza (Navarra) en Chile y Cuba.

EL PODER DE LAS FERRERÍAS

Por vicisitudes posteriores, asociadas a enlaces matrimoniales que contrajeron descendientes del primer Larrain del que se tiene registro en la investigación -Joanes, marido de Juana Juangorena, “también conocida como Changorena”-, el apellido se desvinculó de Larrañenea. “Llegado el siglo XVIII, y por primera vez desde que hay constancia, -escribe Raquel Idoate-, la sucesión a la casa Larrañenea recae en una mujer”. Los hijos varones del matrimonio Larrain-Vicuña “habían escogido caminos alejados del hogar, bien por marchar a Indias, bien por elegir el sacerdocio”. La casa quedó en manos de una sucesora, de nombre María Magdalena, que contrajo matrimonio con “una persona bien posicionada en la zona y con posibilidades económicas: Pedro Francisco Azpeteguía Jaureguía, escribano real con destino en Lesaka”. Claro está, el apellido Larrain fue perdiéndose en Arantza cuando, curiosamente, “abunda en otras zonas de la Comunidad foral y, sobre todo, en países de América Latina, como Chile”.

Un siglo antes, los Larrain ya habían comenzado a tender un puente con América, una vez formalizada una unión matrimonial de con una descendiente de Miguel de Vicuña y Mariana de Araníbar, dueños del Palacio de Araníbar, enclavado entre Arantza e Igantzi. El enlace forjó el destino de ambos linajes -Larrain y Araníbar- en la pujante economía metalúrgica de la zona. Ferrerías las hubo en Arantza, como la perteneciente al Palacio de Araníbar, Elborbide e Iguereta. El método de extracción del mineral, similar al empleado por los romanos, se apoyaba en movimientos de tierra con agua a presión. Por muy enrevesados que sean o estén focalizados en un asunto concreto, los relatos hilvanan la historia de los pueblos que, como dice Raquel Idoate, es “la historia de todos”.

Prisionero durante dos años en un barco pirata

La anécdota no escapa a la historia rescatada por Raquel Idoate sobre los Larrain y su origen en Arantza. Francisco de Larrain y Zozaya obtuvo el grado de capitán de la marina mercante y como tal mandó construir el barco San Francisco Javier en Ecuadro. Con él se proponía alcanzar el Puerto del Callao, en Perú, sólo que a los “cinco días de zarpar” fue “apresado por el enemigo pirata”, según describe en sus memorias y reproduce la historiadora pamplonesa. Para él y sus 42 compañeros de tripulación comenzó “un tormento que se prolongó durante algo más de dos años” de cautiverio. Después de múltiples peripecias, incluida la de testigo de abordajes con sustracciones de “toda la plata y armas que podían”, el descendiente de la Casa Larreñenea recuperó su libertad.    

El ingenio “más grande del mundo” para producir azúcar en Cuba

Las nuevas generaciones, con origen común en Larreñenea, de Arantza, tomaron nuevo rumbo en el siglo XIX. Así como cambiaron de destino -Cuba-, su filiación tampoco estuvo anunciada por el apellido Larrain, sino por Apezteguía por la sucesión que fue instaurándose desde la unión de María Magdalena -primera mujer heredera de Larreñenea- y Pedro Francisco Apezteguía Jaureguía, escribano real en Lesaka.

En todo movimiento migratorio, el precedente establecido por familiar, amigo o vecino sirve de faro para seguir su senda. En este caso los Azpeteguía -subraya Raquel Idoate en su libro-, “conocían la presencia en Cuba de los Alzuri y Zozaya, también originarios de Arantza”. “Alzuri -señala la autora- se convirtió en el primer eslabón de una importante cadena migratoria, una red que se tejió con decenas de navarros de las Cinco Villas de la Montaña que salieron con destino a Cuba entre 1803 y 1871”. La nueva corriente empujó a los Apezteguía a la isla del Caribe.

Los cambios de legislación en España a partir de 1840 “posibilitaron la emigración de miles de navarros” a Cuba. Por mediación de Francisco Antonio Alzuri, José Faustino Apezteguía “pudo emprender su propio negocio y atraerse a su familia, llegando a constituirse como una de las fortunas azucareras más grandes de la isla”.

Uno de sus hermanos, Martín Felipe, llegó a ser “propietario del ingenio azucarero Constancia”, en realidad, una fábrica de extracción y procesamiento de azúcar.

El denominado ingenio -después bautizado con el epígrafe de Central-, fue descrito “como el más grande del mundo” en 1889, bajo la gestión de Julio Apezteguía. Tenía una capacidad anual de producir 160.000 sacos de azúcar. El proyecto alcanzó tales dimensiones que cuatro años antes el Ministerio de Ultramar de España había legalizado un entramado de líneas ferroviarias que surcaban las fincas de los Apezteguía.

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