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Historias familiares

Los virus de otoño atacan de nuevo

¿No ha acabado la pandemia? Vale, no tenemos covid pero los contagios escolares y el frío están haciendo estragos

Ampliar ¡Cuánto aprendimos los de mi generación sobre el cuerpo humano con estos dibujos animados! Con la serie ‘Érase una vez... la vida’ pusimos ‘cara’ a los virus, las bacterias, los glóbulos rojos y blancos... Yo aún me los sigo imaginando así, como esta imagen, en la que un virus (de color verde y amarillo) huye aterrado ante la amenaza de un glóbulo blanco. Creada por el productor y cineasta francés Albert Barillé (1987), fue la tercera parte de otras series educativas: ‘Érase una vez... el hombre’ (1978) y ‘Érase una vez... el espacio’ (1982)
¡Cuánto aprendimos los de mi generación sobre el cuerpo humano con estos dibujos animados! Con la serie ‘Érase una vez... la vida’ pusimos ‘cara’ a los virus, las bacterias, los glóbulos rojos y blancos... Yo aún me los sigo imaginando así, como esta imagen, en la que un virus (de color verde y amarillo) huye aterrado ante la amenaza de un glóbulo blanco. Creada por el productor y cineasta francés Albert Barillé (1987), fue la tercera parte de otras series educativas: ‘Érase una vez... el hombre’ (1978) y ‘Érase una vez... el espacio’ (1982)
  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 02/10/2022 a las 06:00
¡Tantas ganas que tenía de que llegara septiembre, la vuelta al colegio y las rutinas escolares para esto! Para encadenar durante dos semanas fiebres, toses, afonías, mocos y dolores de garganta. Míos o de mis hijos. Y de muchos de los que me rodean. Compañeros, amigos, sobrinos... están con gripe, catarros, enfriados o ¡yo qué sé qué! ¿Pero esto qué es? ¿No se había acabado la pandemia? Vale, no tenemos covid pero los contagios en colegios (piojos incluidos) y el cambio de tiempo repentino están haciendo estragos. Que sí, que me quejo por quejarme. Que es lo normal en estas fechas. Y que ya estábamos hartos del calor y queríamos sustituir las sandalias por los botines. ¿Pero tan de repente? El jueves me armé de paciencia, y entre toses y la garganta como una lija, enrollé mis vestidos de tirantes y camisetas de manga corta. Los metí en una caja de plástico, de la que saqué los pantalones de pana y los jerseys de cuello vuelto. Me sentí contenta y triste al mismo tiempo. Alegre por dar paso a una nueva estación, con sus ilusiones sin estrenar. Y triste por lo que se queda atrás, entre los pliegues de esas faldas y camisetas de tirantes. Ese tiempo que ya pasó y que no volverá. ¿Por qué la vida corre tan rápido y cada vez más?
El caso es que estoy hasta el moño de los virus (y las bacterias, sus primas hermanas). No sé por qué me gustan más las segundas que los primeros. Será porque las tengo más controladas. El otro día supliqué a mi médico, sin suerte, que me recetara un antibiótico para la garganta. “No te lo puedo dar porque la prueba de streptotest (una especie de test de antígenos en las amígdalas) ha salido negativa”, insistió. Vaya, que mi dolor de garganta no estaba causado por bacterias (mis amigas) sino por virus (mi enemigos). “¿Y no me puedes recetar por si acaso y así me quedo más tranquila. ¡Por favor!”, imploré sin éxito. Los médicos odian que les digan lo que tienen qué hacer. Normal. Como los periodistas, cuando una fuente nos “sugiere” cómo tenemos que titular la información que le atañe. O los maestros, cuando los padres les adoctrinan sobre cómo deben enseñar a sus hijos o les critican por disfrutar de tantas vacaciones. Lo sé. Me pasé en mi insistencia. Y lo peor es que no conseguí nada y salí de la consulta habiendo perdido una hora de una preciosa tarde de lluvia y con recetas de ibuprofeno y paracetamol. En fin. Cuando mis hijos eran pequeños, yo daba palmas si les recetaban antibiótico. Porque en mi mente de madre histérica y exagerada, pensaba que se iban a curar antes. Error. Craso error. Pido disculpas a los pediatras y médicos que me leáis pero así funciona mi cerebro. Un poco obsesivo en ocasiones. Cada uno con sus taras.
Sigo pensando en mis enemigos los virus. Y no puedo evitar visualizarlos como unos gusanillos con el cuerpo ajedrezado en amarillo y verde y una cara de malos malísimos con tres cuernos rojos, a juego con su nariz de payaso. Es la imagen que conservo de ellos desde los 11 años. Cuando veía, sentada en el sofá de casa de mis padres, con una servilleta sobre la falda plisada del uniforme para que no cayeran las migas del bocadillo de chorizo al suelo, esos dibujos animados de ‘Érase una vez... la vida’. Esa producción tan educativa que nos mostraba el cuerpo humano como una caverna por la que circulaban como por autopista bien controlada los glóbulos rojos, los glóbulos blancos, los virus y las bacterias que accedían a las células y los órganos. Ya sé que voy a parecer la abuela cebolleta pero ahora no se emiten dibujos como los de entonces. De los que entretenían y enseñaban al mismo tiempo. Yo, al menos, ignorante en materia científica, acumulo en el disco duro de mi memoria toda la información de lo que aprendí entonces. No la he olvidado. Aunque pueda parecerlo por mi insistencia con los antibióticos...
Así que, nada. Habrá que armarse de paciencia y contraatacar al bando enemigo siendo más listos que él. Con nuestras armas, estrategias y yendo de avanzadilla. Abandonando ya las sandalias que han hecho más que su papel y rescatando las botas, las cazadoras y hasta los abrigos, si hace falta. Queríamos librarnos de las mascarillas. Pero nos hemos olvidado de que, además del covid, hay otros bichitos amarillos y verdes pululando. Seguiré cambiando mis armarios, llenándolos de gabardinas y preparándolos para el otoño y el invierno que ya llaman a la puerta para quedarse largo tiempo y dejarnos los pies fríos. Mal que no pese. ¿O no?
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