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Joseba Eceolaza: "En la izquierda no supimos estar a la altura del dolor de las víctimas de ETA"

Con el libro ‘ETA: la memoria de los detalles’, el exparlamentario de Batzarre intenta rectificar la “insensibilidad” social que ha existido hacia las víctimas, “sobre todo desde la izquierda”

Joseba Eceolaza fue concejal de Zizur Mayor y parlamentario foral (2007-2011)
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Joseba Eceolaza fue concejal de Zizur Mayor y parlamentario foral (2007-2011)
Joseba Eceolaza fue concejal de Zizur Mayor y parlamentario foral (2007-2011)

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Iñigo Salvoch

Publicado el 30/05/2022 a las 06:00

Cuando Joseba Eceolaza Latorre (Pamplona, 1979) echa hoy la vista atrás siente que ha contraído una deuda personal y colectiva, como parte de los movimientos de izquierda, con las víctimas de ETA. Se estrenó a los 23 años con Batzarre de concejal en Zizur Mayor y a los 27 saltó al Parlamento bajo el paraguas de Nafarroa Bai (2007-2011). “Nos teníamos que haber rebelado con más contundencia contra la amenaza de ETA -reflexiona- y haber sido más humanos en la cercanía. Yo hacía política tranquilo, hablaba de justicia social y de libertad, mientras mis compañeros de corporación de UPN miraban los bajos de sus coches al salir del Pleno y enterraban a Tomás Caballero y a José Javier Múgica”. Activista de la Memoria y uno de los impulsores de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra (AFFNA36), Eceolaza intenta rectificar años “de olvido” e “insensibilidad” con su nuevo libro.

¿Conocer al detalle el dolor sufrido por las víctimas es un buen antídoto frente a la legitimación del terrorismo?

El poder pedagógico está sobre todo en los detalles. Acercarnos a las vivencias concretas de las víctimas, más allá del día o del hecho del atentado, nos ayuda a empatizar más con las personas que han sufrido. Y eso genera conciencia.

¿Cuáles de las vivencias que ha conocido por sus investigaciones y entrevistas a las víctimas le han conmovido más?

Hay dos tipos de detalles que son los que más me han impactado: los que tienen que ver con la soledad de las viudas de los guardias civiles y los que tienen que ver con la revictimización y la crueldad del mundo que apoyó a ETA.

¿Por ejemplo?

Manuel Zamarreño, concejal del PP, va paseando por Pasajes y alguien le grita desde un balcón: ¡Zamarreño, te vamos a matar! Y al poco lo matan y alguien deja una botella de cava en su portal. Su hija, Naiara Zamarreño, encuentra pegatinas a favor de ETA en su taquilla del Instituto y en las escaleras se cruza con compañeros que le gritan ¡Gora ETA! Hay un caso de un chico que se llama Mohamed y es policía en Zaragoza. Tiene una hija con discapacidad. Como no puede pagar la atención de su hija con el sueldo exiguo de policía pide el traslado al País Vasco para así cobrar los pluses. Lo ametrallan en las ventas de Irún. Su mujer, Aísa, se tiene que volver a Ceuta con su hija discapacitada en un avión Hércules con toda la soledad del mundo. Manuel Indiano regenta una humilde tienda de chucherías y apenas tiene mil pesetas en el bolsillo para comer y llegar a fin de mes. Él es concejal del PP en Zumárraga. Su mujer, Encarni Carrillo, se marcha del pueblo porque no soporta la idea de cruzarse con alguien que hubiera podido tener algo que ver con el asesinato.

DAR A LUZ CON LOS ESCOLTAS EN LA PUERTA

También en su libro cita historias muy duras ocurridas en Navarra...

La parlamentaria de UPN Eva Górriz se ve obligada a dar a luz con dos escoltas en la puerta. José Javier Múgica, concejal de Leitza de UPN, vio cómo fue atacado su coche y su comercio antes de ser asesinado. Alfredo García, alcalde socialista de Ansoáin, recibe en el verano en que matan a Miguel Ángel Blanco una camiseta con manchas ensangrentadas y le hacen una pintada: ‘Alfredo, tú vas a ser el siguiente’... Una de las cosas que más me ha impactado en estas víctimas es la certeza de la muerte. El periodista José Luis López de Lacalle se junta con los hermanos Landaburu en la plaza de la Música de Zarautz,. Antes de despedirse les dice: ‘¡Tened cuidado, vienen a por nosotros! Al poco, lo asesinaron. Juan Frommknecht, director general del Gobierno de Navarra con UPN les advierte a sus compañeros de partido: “¡Tened cuidado porque esto va en serio!”.

Todo eso pasó ante nuestros ojos y no hace tantos años...

A mí me hace preguntarme un montón de cosas. ¡Qué viciada estaba la política y la sociedad para que hubiera un sector de la sociedad que sabía que podía ser asesinado y para que otra parte de la sociedad ejerciéramos nuestra actividad política con normalidad!

¿Es su autocrítica como político de izquierdas?

Por mi experiencia como activista de la memoria Histórica, detecto que en la Transición la experiencia de pasar página y olvidar fue muy negativa para la sociedad y para las víctimas. Se creyó que la reconciliación y la convivencia estaban por encima de la justicia, pero una cosa forma parte de la otra. No puede haber reconciliación en ausencia de justicia. La izquierda en la que yo he militado le dio un plus de rebeldía a ETA derivado del mito antifranquista. Creímos en la ETA buena y en la ETA mala y en el libro intento desmontar esa tesis a través de la contabilización de los atentados de esa época. Y en tercer lugar, en la izquierda no hemos considerado las víctimas de ETA como nuestras víctimas. Cuando nos hemos acercado a su dolor, lo hemos hecho lleno de matices, llenos de peros y llenos de contextualizaciones políticas; creo que ya es hora de acercarnos al dolor de las víctimas de ETA con la limpieza de quien abraza a una persona que ha sufrido.

¿Siente que tiene también un debe personal por sus posiciones como concejal en Zizur Mayor y parlamentario de Nafarroa Bai?

El libro está escrito en primera persona. Asumo, por tanto, un debe personal, pero también hay una crítica a mi ámbito ideológico y una reflexión sobre como hemos actuado como sociedad. En mi caso, cada vez que había un atentado de ETA mantenía conversaciones íntimas y muy humanas con Luis María Iriarte, entonces alcalde de Zizur Mayor. Pero es cierto que estaban matando a compañeros políticos y que nos teníamos que haber rebelado de una forma más contundente contra la amenaza que vivían. En mis intervenciones en Zizur Mayor critiqué con dureza a ETA, pero también soltaba unos mítines terribles sobre derechos sociales y libertad para irme después a casa tranquilo mientras mis compañeros de corporación de UPN se quedaban mirando debajo del coche. Yo hacía política sin amenazas y ellos enterraban a Tomás Caballero y a Múgica. Ante esa situación de anomalía política teníamos que haber sido mucho más contundentes en la crítica y más humanos en la cercanía.

¿Cómo explica que la izquierda en esos años pudiera condenar en el Parlamento de Navarra los sufrimientos del pueblo palestino y del saharaui y al mismo tiempo ser tan tibia respecto al sufrimiento causado por ETA en las calles de Pamplona?

Planteo esa cuestión en el libro. Cómo pudimos ser tan solidarios con mil causas y tan ciegos al daño que estaban sufriendo compañeros nuestros. Yo llegué a invitar al pleno del Ayuntamiento de Zizur a la abogada de Rigoberta Menchú para denunciar la presión que estaban sufriendo los políticos en Guatemala, Nicaragua y Chiapas. Es una gran pregunta. Cómo éramos capaces de llegar a tantas causas y no ser conscientes de la que había entre nosotros. Hay muchos debes y este libro, aunque tarde, pretende corregirlos. Unos debes que creo que no son exclusivos de la izquierda. Creo que la sociedad y las instituciones tampoco estuvieron a la altura del nivel de violencia que estaban recibiendo determinadas personas. Salvo las excepciones de Gesto por la Paz y asociaciones como Covite, que es posterior, que sí salieron a la calle, el resto de la sociedad teníamos una solidaridad pasiva. Sabíamos que eso estaba mal, pero no lo expresábamos en la calle tanto como se necesitaba.

LOS ‘ONGI ETORRI’ Y PACTOS CON BILDU

¿Hasta qué punto se dio la espalda a las víctimas?

Hay que romper el mito de que las víctimas de ETA han estado llenas de subvenciones públicas y de apoyo. La soledad que siguen sintiendo hoy las víctimas de ETA es muy fuerte, especialmente las viudas de policías y guardias civiles, así como los familiares de los acusados de chivatos y traficantes. Para ellos ha sido terrible.

ETA ya fue derrotada. ¿Va a resultar más difícil acabar con la legitimación de su existencia y del uso de la violencia para lograr unos fines políticos?

La desaparición de ETA hay que ponerla en contexto. ETA dejó de asesinar no porque hiciera una reflexión ética, sino porque se le hacía imposible seguir matando y porque ya no era rentable políticamente seguir matando. La sociedad, incluso su propio mundo, cada vez se alejaban más de ella. Pero después de parar de matar, uno de los grandes retos es parar de odiar. En todos los procesos post violencia, una de las grandes preocupaciones es la garantía de no repetición. En nuestro caso está prácticamente descartada la aparición de una nueva ETA, como ocurrió con el IRA, por lo que el esfuerzo debe centrarse en que no se repitan las ideas y valores que hicieron posible la justificación de la muerte. La memoria y el recuerdo de lo sucedido no basta por si solo, hay que tener valores y una construcción ética suficiente como para deslegitimar la violencia.

¿Son los ‘ongi etorri’ un palo en la rueda de la convivencia, además de una humillación a las víctimas?

Sí, en el camino de la convivencia son muy negativos los ‘ongi etorris’ y la consideración social hacia los victimarios. Si a la gente joven se le transmite la idea de que un preso que ha asesinado o que ha colaborado en un asesinato es alguien ejemplar que merece un homenaje público, se les está trasladando que tal vez tuvo sentido matar en algún momento. Pero también es malo para los presos porque les coloca en el momento anterior del atentado. La cárcel no ha pasado para ellos. Y entiendo que las víctimas se sientan humilladas, porque la sociedad también se siente humillada.

Hasta que no se desprenda definitivamente la izquierda abertzale de la mochila de ETA, ¿cuál debe ser la relación política del resto de fuerzas? ¿Ve legítimos los pactos políticos con EH Bildu?

La izquierda abertzale esta haciendo su proceso por fascículos, pero tiene que afrontar definitivamente y para siempre todos los efectos negativos que ha tenido su apoyo a la violencia, empezando por reconocer el daño injusto causado y que los valores autoritarios que defendió son negativos. Y sin entrar a la letra pequeña de los pactos, me parece acertado pensar, como recientemente dijo Josu Elespe, hijo de un concejal socialista asesinado por ETA, que debe ser compatible el debate normal en las instituciones con EH Bildu y la exigencia de las tareas que tiene pendientes por su apoyo a ETA. Pero la velocidad de la política no ayuda a veces a cerrar la herida y creo que es un error correr demasiado. Cometeríamos otra vez el mismo error de la Transición si hiciéramos como que aquí no ha pasado nada. Para cerrar bien las heridas no hay atajos y el espacio de la política no puede permitírselos.

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